Esta entrada fue publicada en el Blog Sentido Común (http://sentido-comun.com) el 20 de febrero de 2013
DE CÓMO ALEJAR UNA MALÉFICA SONRISA
Érase una vez una niña de ocho años, enjuta, de piel blanquecina, pelo castaño, ojos vivarachos y andares desgarbados. Vivía en un pequeño pueblo de una provincia que podría ser Sevilla, aunque bien podía haber sido cualquier otro de esta vasta comunidad autónoma llamada Andalucía. Un pueblo cualquiera, en cualquier caso, con sus casas blancas, sus plazas empedradas y su estatua de no sé qué prohombre en el paseo principal.
La niña vivía feliz en su pueblo, con sus padres, que la querían y cuidaban, pero que a la vez le permitían desarrollarse y crecer en libertad; jugando en cuatro dimensiones, yendo al colegio encantada, paseando con sus amigos y amigas, leyendo cada vez más, escuchando cada vez más música, y disfrutando de los alrededores del pueblo, bosques de frondosa naturaleza que le hacían sentirse viva.
Un día, al volver a casa tras jugar un partido de baloncesto con sus compañeros del colegio, se sintió mal. Llevaba días notándose algo cansada; al subir las escaleras, al sentarse en el suelo del patio a recuperar aire tras un intenso juego, e incluso al levantarse por la mañana, pero no le había dado importancia. Sin embargo, ese día se sintió especialmente mal, como nunca se había sentido. Parecía que alguien sonreía maléficamente mientras le estaba retorciendo por dentro. Y supo que algo iba mal.
Lo que sucedió después fue como un veloz relámpago en una oscura noche. Médicos, pruebas, pinchazos, rostros de intensa preocupación en sus padres, miradas comprensivas, abrazos reconfortantes pero temblorosos, lágrimas, caricias, desazón… Estaba muy enferma. Podía o no curarse. La muerte la miraba de frente. Así, sin más. De pronto, hubo de saber que la vida acababa de girarse en el sentido opuesto hacia el que ella la estaba dirigiendo. De pronto, durante un tiempo, puede que demasiado, no podría salir a disfrutar de los bosques que rodeaban su pueblo, jugar a saltar como locos con sus amigos, escuchar música en casa de sus amigas. De pronto, sintió la sensación de estar cayendo por un precipicio sin fin, y cuanto más rápido caía, más maléfica sonaba la sonrisa de aquel retorcido dolor que la invadía desde dentro.
Tras esos primeros días, donde todo se volvió cabeza abajo, sintió que las piezas volvían lentamente, como flotando, a recomponerse cada una en su lugar. Pero sabía que el nuevo puzle que configuraba su vida estaba hecho de otras piezas. Lo importante es que una a una fueran encajando suavemente.
Tras el nuevo orden establecido, con visitas al médico, pruebas extrañas, quimioterapias, pastillas, unos días agotada y otros no tanto, llegó el momento de pensar en el colegio.
- ¿Qué pasa con el colegio, mami, papi? – preguntó la niña.
- No te preocupes, cariño, nos han dicho en el colegio que aunque no puedas ir, existe la posibilidad de que un profesor o una profesora vengan aquí, a casa, y te traigan los libros, los apuntes y los temas que estáis dando en clase, te los expliquen y luego puedas hacer hasta los exámenes. Así no perderás el curso – contestó la madre.
- ¿De verdad? Pero… eso suena bastante bien – repuso ella ilusionada.
- Sí, suena muy bien. Verás como te va a gustar mucho – animó la madre.
Dicho y hecho, a los pocos días de haber dejado de asistir al colegio, llegó a su casa una chica joven, una voluntaria que colaboraba con una ONG encargada de gestionar estos profesores voluntarios en toda Andalucía, y que estaba allí para ser su profesora durante todo el curso. Había estado en el colegio, hablando con el tutor de la niña, con el orientador, con la directora. Todos habían se habían mostrado muy atentos con ella, le habían proporcionado los materiales, el plan de estudios, las fechas clave para los exámenes, y la habían animado y felicitado por el trabajo que se encontraba presta a llevar a cabo.
Desde la ONG, además, le habían dicho: Tienes que apoyarla en el estudio, pero hay algo más: tienes que ser su amiga, su consejera, su apoyo y también el de su familia. Y, lo que es más importante, tienes que intentar amortiguar la maléfica sonrisa que la está retorciendo por dentro. Sabemos que es utópico, pero tu conciencia solidaria, tu dedicación y tu preparación harán que todo esto sea más fácil. Todos tenemos puestos nuestros mayores esfuerzos en esto. Además, tienes al colegio y a nosotros para apoyarte y acompañarte en todo este tiempo.
Pasaron varios meses. Durante tres días a la semana, la chica voluntaria llegaba a casa de la niña a las cinco de la tarde, y merendaban juntos, la niña, ella, la madre y el padre. Siempre que podían se encontraban los cuatro en torno a la mesa. Media hora después, la niña aprendía con esfuerzo los temas que la chica voluntaria le enseñaba; se divirtió con ella, pues además era muy entretenida. A veces, sus amigos la visitaban, y también se reía con ellos.
Llegó el final del curso. Por primera vez, la chica pudo salir de casa a hacer los exámenes del colegio. Aprobó todo y pasó de curso. Tuvo un verano difícil porque no pudo ir de vacaciones y la chica voluntaria ya no iba a su casa. Y aunque todavía escuchaba a veces la maléfica sonrisa que la retorcía por dentro, cada vez la escuchaba con menos intensidad, como si se fuese alejando poco a poco. Finalmente un día, un par de años después, dejó de oírla por completo. Y supo que durante aquellos meses, aquella chica voluntaria a la que nunca olvidaría había contribuido, de alguna manera, a alejarla definitivamente de su interior.
Save the Children ha llevado a cabo, desde 1999 hasta 2012, el Programa de Atención Socioeducativa Domiciliaria, con el apoyo de la Consejería de Educación y las delegaciones provinciales de Educación de las ocho provincias andaluzas. En estos catorce años, hemos atendido a más de 2.000 niños y niñas, y colaborado con más de 500 voluntarios.
A partir de febrero de 2013, la Consejería de Educación es la encargada de implementar directamente este programa, en su decidida apuesta por continuar asegurando el acceso a la educación de todos los niños y niñas.
Desde Save the Children queremos agradecer a la Consejería, las delegaciones provinciales y los centros educativos su compromiso con nosotros en estos años. Y especialmente, a nuestros voluntarios, las familias y a todos los niños y niñas que nos han dado una lección que nunca podremos olvidar.





