Un compañero recién llegado a Somalia comparte con todo detalle y sinceridad sus sensaciones durante su trabajo en terreno. Durante estos días compartiremos sus post porque nos parece importante recordar que detrás de organizaciones como la nuestra hay un montón de personas que trabajan muy duro pero que, sobre todo, sienten.
Este era mi primer viaje a Mogadiscio. Un avión pequeño, apenas 25 asientos. Una hora y media de vuelo en un día bastante nublado. Empezamos a descender y empiezo a ver el mar. La playa desde arriba parece increible. Preciosa, arena blanca, agua totalmente azul. Pero desierta.
Los aviones patrullan la costa. Helicópteros y aviones caza. Casi se puede palpar el peligro con las manos.
Nos esperan en el aeropuerto y, en un coche, nos llevan al hotel. Guardas armados nos escoltan detrás de nuestro coche. Las carreteras, igual que la playa, están totalmente desiertas.
Los edificios se levantan y se caen a ambos lados – todos están agujereados, algunos se mantienen en pie a duras penas. Las balas y las bombas marcan todo lo que alcanzo a ver.
Me han dado un chaleco antibalas pero se por experiencia que es mucho más dificil hablar con las familias y los niños con una barrera tan evidente como un chaleco antibalas. Decido no llevarlo.
Nuestro hotel está muy vigilado. Nos reunimos con el coordinador de terreno y con miembros de una de las asociaciones locales con las que trabajamos en Mogadiscio, El Centro para la Paz y la Democracia. Nos informan de todo meticulosamente, no podemos cometer errorres en un ambiente tan peligroso como el que vive actualmente la ciudad.
Compartimos oficina con el Centro para la Paz. No hay ningún signo, ningún cartel que indique que trabajamos allí. De nuevo, razones de seguridad.
Nuestros documentos no llevan logo, nuestras camisetas tampoco. Y sin embargo, todo los compañeros y compañeras trabajando aquí siguen los valores y la misión de Save the Children hasta en el detalle más insignificante.
El fantasma de la violencia
Después de comer, nos dirigimos hacia los campos de desplazados. Una visión desgarradora. Pequeños y abarrotados. Apenas hay espacio para respirar. He estado en muchos campos de desplazados antes, pero los de aquí son diferentes. El fantasma de la violencia y de la gerra está por todas partes.
Las familas viven en minúsculas chozas levantadas con restos de ropa y ramas de los árboles. Algunas de las chozas se han reforzado con mosquiteras. Pero muy pocas tienen lonas de plástico, lo que significa que no tienen ninguna protección frente a las lluvias.

En cada choza, las familias disponen de los utensilios más básicos y, solo quizás, una alfombra sobre la que dormir. Los niños están muy sucios. No hay suficiente agua para beber o para asearse. Todas las caras que me encuentro parecen agotadas de la lucha constante por sobrevivir aquí, en Mogadiscio.
En seguida puedes ver los reveladores signos de la falta de agua. Heridas en la piel que se infectan porque no hay agua para limpiarlas. Ya se han identificado muchos casos de sarampión y diarrea.
Hablar con las familias
Empecé mi trabajo hablando con los hombres y mujeres del campo de desplazados. Les hago las entrevistas con muchas preguntas: de dónde traen el agua, cuánta agua consiguen traer, cuánta necesitan, cuanto tienen, donde hacen sus necesidades, qué utilizan para recoger el agua, si se lavan las manos…
El trabajo aquí está en proceso, pero es dolorosamente lento. Y hay mucho que hacer. El agua y la comida son las preocupaciones principales. Supervivencia básica. No podemos pensar siquiera en ayudar a esta gente a prosperar- por ahora ayudarles a sobrevivir es nuestra principal preocupación.
Transmitir su desesperación
Las personas con las que hablo no dudan en expresar su desesperación. Me cuentan que vinieron a Mogadiscio porque no tenían agua en sus poblados. La mayoría llegan aquí tras días y días andando.
Hay muy poca verdura para comprar aquí. Con las mismas estructuras que utilizan para los hogares, se han levantado también pequeñas tiendas en las que apenas se venden uno o dos tipo de verduras. La gente no compra una pieza entera de verdura, todo se compra por partes.
Ataque bomba
Mientras andamos veo como un niño se esconde. Al ver a los guradias que van detrás de nosotros, con su armas, el niño echa a correr. Los guardias van con ropa normal pero sus armas, sin duda, tienen el efecto de un uniforme.
Nos vamos hacia el hotel justo antes del atardecer.
A la mañana siguiente salimos muy temprano. Todo está muy tranquilos y las calles desiertas. Siento como si Mogadiscio estuviera inspirando fuerte, como si la ciudad estuviera relajándose.
No me imaginaba por qué. Pasamos delante de edificios gubernamentales, con colas de estudiantes esperando para recoger las notas de examenes. Pocos minutos más tarde estamos despegando en el avión.
Y apenas media hora después, una bomba explota cerca del mismo edificio gubernamental donde había tanta gente esperando. Más de 100 personas muertas, entre ellas, los estudiantes.