Estradas para la Categoría ‘Sin categoría’

En Mogadiscio

14 de Octubre de 2011 | 6:23 pm

Un compañero recién llegado a Somalia comparte con todo detalle y sinceridad sus sensaciones durante su trabajo en terreno. Durante estos días compartiremos sus post porque nos parece importante recordar que detrás de organizaciones como la nuestra hay un montón de personas que trabajan muy duro pero que, sobre todo, sienten.

Este era mi primer viaje a Mogadiscio. Un avión pequeño, apenas 25 asientos. Una hora y media de vuelo en un día bastante nublado. Empezamos a descender y empiezo a ver el mar. La playa desde arriba parece increible. Preciosa, arena blanca, agua totalmente azul. Pero desierta.

Los aviones patrullan la costa. Helicópteros y aviones caza. Casi se puede palpar el peligro con las manos.

Nos esperan en el aeropuerto y, en un coche, nos llevan al hotel. Guardas armados nos escoltan detrás de nuestro coche. Las carreteras, igual que la playa, están totalmente desiertas.

Los edificios se levantan y se caen a ambos lados – todos están agujereados, algunos se mantienen en pie a duras penas. Las balas y las bombas marcan todo lo que alcanzo a ver.

Me han dado un chaleco antibalas pero se por experiencia que es mucho más dificil hablar con las familias y los niños con una barrera tan evidente como un chaleco antibalas. Decido no llevarlo.

Nuestro hotel está muy vigilado. Nos reunimos con el coordinador de terreno y con miembros de una de las asociaciones locales con las que trabajamos en Mogadiscio, El Centro para la Paz y la Democracia. Nos informan de todo meticulosamente, no podemos cometer errorres en un ambiente tan peligroso como el que vive actualmente la ciudad.

Compartimos oficina con el Centro para la Paz. No hay ningún signo, ningún cartel que indique que trabajamos allí. De nuevo, razones de seguridad.

Nuestros documentos no llevan logo, nuestras camisetas tampoco. Y sin embargo, todo los compañeros y compañeras trabajando aquí siguen los valores y la misión de Save the Children hasta en el detalle más insignificante.

El fantasma de la violencia

Después de comer, nos dirigimos hacia los campos de desplazados. Una visión desgarradora. Pequeños y abarrotados. Apenas hay espacio para respirar. He estado en muchos campos de desplazados antes, pero los de aquí son diferentes. El fantasma de la violencia y de la gerra está por todas partes.

Las familas viven en minúsculas chozas levantadas con restos de ropa y ramas de los árboles. Algunas de las chozas se han reforzado con mosquiteras. Pero muy pocas tienen lonas de plástico, lo que significa que no tienen ninguna protección frente a las lluvias.

En cada choza, las familias disponen de los utensilios más básicos y, solo quizás, una alfombra sobre la que dormir. Los niños están muy sucios. No hay suficiente agua para beber o para asearse. Todas las caras que me encuentro parecen agotadas de la lucha constante por sobrevivir aquí, en Mogadiscio.

En seguida puedes ver los reveladores signos de la falta de agua. Heridas en la piel que se infectan porque no hay agua para limpiarlas. Ya se han identificado muchos casos de sarampión y diarrea.

Hablar con las familias

Empecé mi trabajo hablando con los hombres y mujeres del campo de desplazados. Les hago las entrevistas con muchas preguntas: de dónde traen el agua, cuánta agua consiguen traer, cuánta necesitan, cuanto tienen, donde hacen sus necesidades, qué utilizan para recoger el agua, si se lavan las manos…

El trabajo aquí está en proceso, pero es dolorosamente lento. Y hay mucho que hacer. El agua y la comida son las preocupaciones principales. Supervivencia básica. No podemos pensar siquiera en ayudar a esta gente a prosperar- por ahora ayudarles a sobrevivir es nuestra principal preocupación.

Transmitir su desesperación

Las personas con las que hablo no dudan en expresar su desesperación. Me cuentan que vinieron a Mogadiscio porque no tenían agua en sus poblados. La mayoría llegan aquí tras días y días andando.

Hay muy poca verdura para comprar aquí. Con las mismas estructuras que utilizan para los hogares, se han levantado también pequeñas tiendas en las que apenas se venden uno o dos tipo de verduras. La gente no compra una pieza entera de verdura, todo se compra por partes.

Ataque bomba

Mientras andamos veo como un niño se esconde. Al ver a los guradias que van detrás de nosotros, con su armas, el niño echa a correr. Los guardias van con ropa normal pero sus armas, sin duda, tienen el efecto de un uniforme.

Nos vamos hacia el hotel justo antes del atardecer.

A la mañana siguiente salimos muy temprano. Todo está muy tranquilos y las calles desiertas. Siento como si Mogadiscio estuviera inspirando fuerte, como si la ciudad estuviera relajándose.

No me imaginaba por qué. Pasamos delante de edificios gubernamentales, con colas de estudiantes esperando para recoger las notas de examenes. Pocos minutos más tarde estamos despegando en el avión.

Y apenas media hora después, una bomba explota cerca del mismo edificio gubernamental donde había tanta gente esperando. Más de 100 personas muertas, entre ellas, los estudiantes.

Desde Somalia, buscar los caminos para ir a la escuela

27 de Septiembre de 2011 | 12:44 pm

Nuestra compañera Lisa Deters nos escribe desde Somalia, donde trabaja dando respuesta en educación a la emergencia.

Para muchos niños en Somalia, la llegada de septiembre significaba el comienzo de un nuevo curso escolar. Sin embargo, para una enorme cantidad de ellos, la escuela sigue siendo algo totalmente inaccesible.

Sólo en el la parte sur y centro del país, se estima que más de 1.8 millones entre los 5 y los 17 años están fuera de la escuela. Una cifra que ha aumentando de un modo espectacular con el influjo de desplazados internos que ha generado la crisis alimentaria en el país

La educación protege

Los niños y niñas desplazados se enfrentan a riesgos muy serios. La falta de comida y agua, la desaparición de un hogar y un colegio estable y la vulnerabilidad frente al abuso y la explotación.

Para los niños que se exponen a todos estos riesgos, la educación resulta esencial para ofrecer protección en un ambiente seguro. En él, los niños son capaces de adquirir conocimientos y habilidades esenciales para su propia supervivencia y en él también logran el acceso a otros servicios esenciales como son la comida, la salud o la higiene.

Y es ésta una de las razones principales por las que el equipo de emergencias de Save the Children trata de convertir el acceso a las escuelas una prioridad. Y la misión no es algo nuevo para el equipo, estamos construyendo sobre una experiencia de más de 20 años en el país.

Camellos y libros

Como miembro del equipo de emergencias, en mi trabajo se incluyen, entre otras cosas, presentar propuestas para asegurar la financiación de la educación en este contexto. Ello supone buscar continuamente alternativas para tratar de que los niños y las niñas, a pesar de la emergencia, reciban educación. Y se puede lograr de muchas maneras, como por ejemplo, el proyecto que tenemos de servicio de biblioteca en camellos que recorre la región somalí de Etiopía y que reparte libros y materiales de lectura entre las comunidades nómadas.

Otro proyecto que desarrollamos en Somalia y con el que se pretende reforzar la formación de los profesores, está especialmente enfocado en la educación de las niñas y utiliza metodologías de enseñanza que incorpora materiales desarrollados por el personal somalí local.

Esta semana está siendo muy intense pero tremendamente inspiradora ya que, al redactor y desarrollar las propuestas, hemos indagado en profundidad en el trabajo que Save the Children ha desarrollado durante años y en la creatividad que se ha buscado siempre para tratar de aunar educación, alimentación y salud en nuestros programas educativos.

Por ejemplo, dado el elevado número de niños y niñas que sufren desnutrición severa, estamos buscando oportunidades para poder integrar programas de desarrollo de la primera infancia con la respuesta en nutrición que ya estamos ofreciendo. Una de estas oportunidades es, por ejemplo, incluir dentro de nuestras clínicas de nutrición actividades de juego y desarrollo para los niños y niñas menores de 5 años.

Pero, para ser honesta, conseguir fondos para la educación en emergencias sigue siendo un reto demasiado grande. Y aquí, en Somalia, la financiación de la educación ha sido nefasta. Como resultado de ello, los programas educativos se enfrentan a terribles problemas para poder cumplir con los derechos y las necesidades de los niños y niñas somalíes.

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Curso avanzado sobre respuesta a emergencias en terreno

22 de Septiembre de 2011 | 10:32 am

Tengo muchas ganas de compartir con vosotros la increíble experiencia del último curso al que he tenido la oportunidad de asistir, pero a la vez por las características del mismo no puedo compartir los detalles del contenido, ¿cómo lo hago? Pues empezando por el principio, verdad?

Save the Children cuenta con un curso muy completo de capacitación para personal humanitario que pretenda responder a una emergencia desde terreno. El curso completo cuenta con 3 fases: una semana de aprendizaje presencial donde se combinan teoría y práctica; 4 meses de enseñanza a distancia con una plataforma virtual buenísima (las clases son on-line pero a tiempo real, así pues tienes la oportunidad incluso de levantar la mano para hacer una pregunta!) y finalmente 2 semanas presenciales donde puedes poner en práctica todo el conocimiento adquirido. El cómo lo pones en práctica, ese es el secreto!

Quien quiera formarse como personal humanitario, animaros a este curso, bien vale la pena!!

Y para todos aquellos que seguís de cerca la actuación de la Unidad de Emergencias de Save the Children España, informaros que 4 de sus miembros han participado ya de este curso. Mi oportunidad ha sido este año en su Séptima edición, y ha sido gracias al apoyo financiero de la Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo (AECID).

Etiopía: “La gente no se va a creer que existe un lugar así en la tierra”

29 de Agosto de 2011 | 1:59 pm

“Cuéntales que has estado en un lugar donde no hay comida, donde no tienen agua, ni escuelas, ni clínicas”.

“Cuéntales que has estado en ese lugar. La gente no será capaz de creer que existe un lugar así en la tierra.”

Esto es lo que los ancianos de un poblado etíope cercano a la frontera con Somalia me contaban cuando les pregunté si tenían algún mensaje para la gente que leería el blog.

Tristemente, existen muchos lugares como este en el Cuerno de África.

Millones de personas continúan enfrentados al riesgo del hambre y parece muy probable que la situación empeore en los próximos meses.

Un paisaje transformado

Antes de visitar los campos de refugiados quería visitar los poblados etíopes cerca de la frontera con Somalia para conocer y hablar con la gente a la que más ha afectado la sequía.

Llegamos a Bardale para encontrarnos con los ancianos en una de las reuniones que celebran en el poblado. Los debates se centraban en la terrible situación provocada por la falta de lluvia.

“Esta zona estéril, seca y cubierta de polvo donde estamos sentados solía ser verde y llena de una vegetación exuberante. Durante los últimos 4 años, se han convertido en un desierto delante de nuestros ojos”, explicaba uno de los ancianos.

Ahora los cadáveres del ganado están dispersos en el paisaje.

Y los que no han muerto por la sequía lo hacen por comer las bolsas de plástico que se quedan pegadas a las ramas y los arbustos. Para los animales hambrientos, las bolsas deben parecerles hojas frescas”.

El ganado es normalmente el único recurso de vida para la gente que vive en Bardale. Muchos hombres dicen que el número de animales ha decrecido muy rápidamente, primero fue muriendo el ganado que solía pastar en el campo, después las cabras y finalmente las ovejas.

“Ni siquiera podemos venderlas, el precio del mercado está ahora a mitad de lo que estaba el año pasado y apenas hay compradores que quieran este débil ganado”, nos cuenta un hombre.

La pérdida del ganado significa que mucha gente en Bardale no puede disfrutar de las comidas de un día viéndose forzados a presenciar como la salud de sus hijos se va deteriorando por la falta de alimentos.

Debe ser agonizante para sus padres. ¿Qué le dirías a tu hijo o tu hija si te pidiesen la cena sabiendo que no hay nada que darles?

Buscando vías para sobrevivir

A pesar del hecho de que incluso los más mayores nos contaban que nunca habian vivido una situación así de horrible, la determinación y fuerza para buscar soluciones es tremendamente inspiradora.

Ya que la mayoría son analfabetos y sin ningún tipo de formación, trasladarse a otras zonas para buscar trabajo se hace muy difícil.

Perforar la tierra en busca de agua y hacer pozos es muy caro, el agua está muy profunda y está muy salada.

Aunque agradecen profundamente los esfuerzos y la ayuda de la comunidad humanitaria, son lo suficientemente sabios como para saber que las cisternas de agua y las distribuciones de alimentos son solo soluciones temporales.

No hay mucho que puedan hacer ya en este punto de la sequía, aparte de esperar que los cielos se abran y llegue la lluvia.

Las previsiones para los próximos meses nos son muy esperanzadoras y la mayoría de la gente se resigna frente al hecho de que no habrá nueva cosecha hasta el próximo año.

Incluso si la cosecha es buena, seguirá siendo escasa.

Mientras que la atención de los medios se centra en la vida en los campos de refugiados, la situación en muchos poblados en los que permanece la gente es igual de desesperada.

Después de llegar a Bardale, quedó totalmente claro que queda mucho trabajo por hacer si queremos evitar una gran catástrofe. Aún mayor de la que estamos asistiendo. Y escuchar a los ancianos de este lugar no puede dar más fuerza para seguir trabajando.
Un texto que nuestro compañero Khurram Masood ha compartido desde Etiopía.

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Sentirse seguro dentro de un campo de refugiados

23 de Agosto de 2011 | 9:40 am

Nuestro compañero Gabriel Nehrbass comparte una cuidada descripción de un fin de semana de trabajo en el campo de refugiados de Kobe, en Etiopía.

Voy a intentar resumir el fin de semana pasado para compartir lo que son los días de trabajo en un lugar en el que la sequía y sus consecuencias marcan la vida diaria de las personas.

Imagina una continua tormenta de polvo que distorsiona tu visión y se mete por tu nariz -por tu boca- cada vez que respiras. Imagina un desierto rojo oxidado con miles de tiendas de campaña blancas salpicando el horizonte hasta allá donde te alcanza la vista. Trata de visualizar a padres con la tristeza acoplada a sus ojos y niños sin sonrisa en sus rostros. Estamos en el campo de refugiados de Kobe, en Etiopía, donde 24.000 personas recién llegadas han sido realojadas. Hay otros dos campos con su total capacidad cubierta (40.000 personas en cada uno de ellos) y esta semana abrirá un cuatro para refugiar a las personas que siguen llegando. Cada día 300 personas llegan desde Somalia, 2.400 cada semana. Llegan desde distintas partes del país, desde distintas culturas y con dialectos diferentes.

Todo lo que queda atrás con la huida

Muchos adultos pero muchos más niños y niñas se encuentran en riesgo. La mayoría están demasiado delgados y sufren desnutrición debido a la huida y a la sequía que azota en sus hogares. Apenas muestran energía para hablar. Sin embargo, te acercas a un hombre, a una mujer o a un niño, sonríes y les tiendes tu mano para saludarles y decir “hola, como estás” con las pocas palabras que conoces del idioma somalí y su expresión revive en un segundo. Sonríen y con su sonrisa alcanzas a captar un atisbo de quienes son y de todo lo que han dejado atrás.

Apenas hace unas semanas las personas que ahora tengo a mi alrededor eran maestros, pastores, granjeros, comerciantes. Algunos de los niños iban a la escuela (otros muchos no) mientras que otros se dedicaban a ayudar a sus familias con el ganado. Tenían vidas en familia, sueños, esperanzas y aspiraciones, como tú y como yo. Y ahora están aturdidos, desconcertados frente a un futuro incierto.

En estos campos no hay ningún sitio para que los niños jueguen o se sienten seguros. Hay extraños por todas partes. Es difícil determinar en todo momento quién vive dentro del campo y quién viene de las zonas colindantes. Durante el día, muchos niños se esconden en las tiendas donde viven con sus familias y solo algunos de ellos se atreven a jugar entre los arbustos que rodean las inmediaciones de los campos.

La cruda realidad de los centros de tránsito

El centro de tránsito arroja una imagen incluso más dura. Los niños caminan entre basura y heces. Están escuálidos. Tiendas improvisadas con cartones y ramas ofrecen escaso refugio a los recién llegados. Aquí, en estos centros de tránsito, las familias tendrán que esperar hasta que les concedan la documentación necesaria para acreditarse como refugiados. Esto puede llevar unos días o pueden ser semanas de espera. Apenas te cuentan lo que les ha ocurrido durante las dos últimas semanas. ¿qué vieron?, ¿qué dolor les acompañó durante su trayecto?, ¿a quién perdieron?, ¿qué aspectos de su experiencia pesarán sobre ellos para el resto de sus vida?, ¿cuánto tiempo se quedarán en los campos?, ¿cuánto va a durar la sequía en el Cuerno de África?

Visita una de nuestros centros nutricionales (que también son tiendas de campaña) y el nudo en tu corazón se intensifica. Los niños están tan delgados que la ropa no cubre los huesos que sobresalen. La mayoría de ellos mantienen una mirada tan fija en sus caras que apenas te ven; otros levantan su cabeza muy levemente para apenas mirarte. No hay sonrisas.

Puesta en marcha de los espacios seguros

Este fin de semana estoy aquí para comenzar con el programa de protección en este nuevo campo de refugiados así como en el centro de tránsito que se ha creado a la entrada, centrándose en la creación de espacios seguros de juego. Al mismo tiempo sigo coordinando el incremento de nuestros programas de distribución de alimentos por todas las regiones de sur. La sequía a lo largo y ancho de todo el Cuerno de África es una crisis mucho mayor que el enorme flujo de refugiados y sin embargo, nuestro trabajo en protección de la infancia es siempre prioritario.

Antes de la construcción de los centros de espacio seguro, tuvimos que realizar las pertinentes negociaciones con distintos niveles del gobierno, reunirnos con el comité de refugiados, planificar con ACNUR, reunir a todo el personal y hacer entrevistas entre los refugiados, comprar todo el material, negociar con un constructor y describir con dibujos la localización y las dimensiones del primero de los espacios seguros, las letrinas y la vaya alrededor. Nada es fácil y nada se puede hacer sin movilizar un montón de trámites.

Todo eso fue el sábado. Para el domingo por la mañana la construcción de dos espacios seguros ya estaba terminada. Estuvimos trabajando toda la noche, haciendo todo lo posible por lograr avanzar rápidamente. La mañana del domingo estuve con la formación de los supervisores de los centros; todos ellos llevan trabajando tiempo en los campos de refugiados. Y son gente excepcional no solo por la forma en la que realizan su trabajo sino por el modo en el que tratan al resto de refugiados, como si fueran hermanos y hermanas. La personificación de la empatía.

Los centros ya están funcionando. Los niños y niñas refugiados, de todas las edades, vienen a los espacios seguros precisamente para eso, para sentirse seguros frente al daño y el abuso, para jugar, expresar lo que sienten, aprender, descansar, socializar con sus iguales y para, simplemente, ser niños.

Espacios para más de 17.000 niños y niñas

Pero los espacios también sirven para identificar y ofrecer soluciones a cuestiones de abuso infantil en los campos; desde abuso y violencia sexual, a identificación de menores no acompañados y casos médicos que deberían ser remitidos a nuestros programas o a programas de otras organizaciones como Médicos sin Fronteras. De las observaciones que recogemos en estos espacios, desde Save the Children trabajamos a todos los niveles con la administración de los campos, los padres, los niños, el comité de refugiados y otras organizaciones para resolver los problemas.

Miles de niños pasarán por aquí esta primera semana de funcionamiento de los espacios y seguiremos incrementando el programa teniendo en cuenta de que, solo en este campo, hay más de 17.000 niños y niñas.

Llego rendido a mi cama el domingo por la noche y el lunes, a las 5 de la mañana, el coche ya me está esperando para dirigirme a las afueras del campo y volver de nuevo a mi trabajo habitual de coordinación de las distribuciones de alimentos. Me siento muy afortunado por haber podido participar en la puesta en marcha del programa de protección y espacios seguros en el campo. Nunca me olvidaré de este fin de semana de color polvo, de tristeza y de delgadez extrema pero, sobre todo, de la sonrisa que llega después de preguntar en mi pobre somalí “hola, ¿cómo estás?”

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Refugiados y voluntarios. La solidaridad en los campos

18 de Agosto de 2011 | 10:18 am

Nuestra compañera Shana nos escribe desde Somalia.

El campo de refugiados de Malkadida está aproximadamente a 25 kilómetros de nuestra oficina de Bokomayo, al norte de Etiopía. Un camino de ida y vuelta que recorremos cada día y por el que el coche levanta cada día el mismo polvo que va siempre en la misma dirección. Visualmente es como si la carretera dividiese el horizonte en dos paisajes diferentes: a la izquierda, un polvo espeso y casi blanco cubre la vegetación y la tierra; a la derecha, el terreno rocoso de rojo acanelado contrasta con el verde de la vegetación y el color casi púrpura de las ramas desnudas. A medida que ascendemos por la montaña el precioso panorama se agranda y justo bajo el horizonte comienza a aparecer la capa blanca de tiendas de campaña del campo de refugiados de Malkadida. Y más allá, sigue aún el mar blanco con las tiendas del campo de Kobe. Si no fuera tan consciente de que estamos en medio de una emergencia, podrías pensar que todo este océano de tejados blancos bien podrían ser preciosos poblados en medio de este altiplano totalmente desértico.

Al acercarnos a las tiendas, ya dentro del campo, niños y niñas de todas las edades comienzan a salir y con la palma hacia arriba nos muestras sus manos extendidas. Junto a los puntos de agua, veo a distintos grupos de niños con jarras y barriles que llenarán de agua, a veces, hasta con 5 litros, un peso bastante por encima del que muchos de ellos deberían cargar. Más allá de los límites del campo puedo ver a las niñas y las mujeres cargando con la madera a su espalda, un recorrido regular que tienen que tomar y que demasiado a menudo les expone al riesgo de la violencia sexual.

Todas estas imágenes te dan una perspectiva de la innumerable cantidad de riesgos y condiciones de inseguridad entre las que viven los niños, las niñas y los jóvenes en estos campos. Estamos llevando a cabo un estudio rápido en los campos de Malkadida y Kobe para entender mejor cual es la situación de la infancia y como podemos apoyar a los miembros de la comunidad y a la gestión del campo para mejorar la seguridad, la protección y el desarrollo de los niños y las niñas refugiados.

Los informes estiman que existen miles de niños y niñas separados de sus padres, que han llegado solos al campo de refugiados. A menudo, madres somalíes con sus propios hijos con una difícil situación a la que enfrentarse, se ocupan de estos niños y les cuidan para que no estén solos. Nuestros voluntarios en protección infantil (ellos mismos también refugiados), han identificado ya más de 800 de estos niños a los que luego damos apoyo para que puedan quedarse con familias de acogida.

Es increíble comprobar la dedicación que ofrecen los voluntarios, ya sea visitando una tras otra las familias que cuidan a los niños y niñas más vulnerables o llevando a cabo campañas de concienciación entre los miembros de la comunidad para discutir sobre los riesgos y las situaciones peligrosas de las que deben proteger a los niños en los campos. Uno de los voluntarios me comentaba como estas formaciones y charlas han ayudado incluso a cambiar el modo en que él mismo trata a sus propios hijos, ofreciéndoles más cariño y protección.

Con la gran cantidad de refugiados que llegan cada día y con tantas familias y niños que necesitan ayuda, estos voluntarios se enfrentan a un reto enorme. Pero su compromiso es enormemente inspirador y la sonrisa que su trabajo genera en los niños me deja otro recuerdo de su fuerza y su resiliencia.

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“En su mirada ves tristeza profunda pero una gran determinación”

18 de Agosto de 2011 | 10:11 am

Nuestra compañera Lourdes acaba de llegar de Kenia después de estar allí ofreciendo apoyo en la respuesta a la emergencia del Cuerno de África. Desde allí nos escribió para describirnos la situación.

Les ví llegar en una carretilla. La empujaba un hombre joven, sobre ella una mujer excepcionalmente guapa, como la mayoría de las somalíes, y extremadamente delgada con un niño en brazos. Se pusieron en fila para recibir alimentos hasta que puedan registrarse en el campo de refugiados. Me llamó la atención cómo el papá jugaba a levantar la carretilla para hacer reír a su bebé. Un pequeño juego y una gran sonrisa en mitad de tanta tragedia. No pude evitar acercarme a hablar con ellos, a preguntarles por su historia. Quince días caminando, quince días empujando una carretilla para traer a su mujer, que no tiene movilidad en las piernas, y su bebé de dos años hasta Dadaab.

Hubi ha llegado sola con sus seis hijos. Perdió a dos en tan sólo un mes y decidió escapar de la sequía y el hambre. Su marido es un hombre mayor y no ha podido completar el camino. Se tuvo que quedar en uno de los pueblos por los que pasaron y espera que se reúna pronto con ella.

Afortunadamente no está sola, en Dadaab se ha encontrado con familiares que la van a ayudar a levantar una pequeña choza en la que se refugiará con sus hijos hasta que pueda registrarse en uno de los tres campos de refugiados. Un proceso que llevaba dos semanas y que ahora se ha ampliado hasta cuatro por el gran número de refugiados que están llegando hasta aquí.

Nathifa tiene 26 años y ha llegado hasta aquí con su marido y sus cuatro hijos. Comenzó el viaje con cinco pero a su bebé se le escapó la vida por el camino. Faduma perdió a su marido en Somalia y hizo el viaje sola con sus siete niños, dos de ellos nunca llegaron a Dadaab.

En este rincón del Cuerno de África, todos y cada uno de los 16.000 refugiados que esperan en las afueras de los campos a ser registrados tienen una historia triste que contar. Como si no fuese suficiente que lo hayan perdido todo, sus cultivos y su ganado, que hayan tenido que abandonar su hogar, su tierra, sus raíces, que hayan tenido que viajar durante días y noches interminables sin casi agua o alimentos, la mayoría además ha vivido la tragedia la perder a algún hijo por el camino, algunos incluso al llegar a Dadaab, cuando pensaban que lo peor ya había pasado.

Cuando estás sentada a su lado sobre la tierra ocre, escuchando sus historias, no puedes llorar. En cierto modo es como si no tuvieses derecho porque ellas no lloran. En su mirada ves una tristeza profunda pero también una gran determinación. Tienen que ser fuertes para el resto de sus hijos, que se abrazan a ellas buscando refugio, el mismo que ellas han venido a buscar a Dadaab.

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Kenia: en busca del agua, debajo de la tierra

10 de Agosto de 2011 | 1:52 pm

Nuestro compañero Mark nos escribe desde Kenia. Mark es especialista en agua y saneamiento y, en cada emergencia, se ocupa de aconsejar y planificar nuestra respuesta para llevar agua limpia a las comunidades y las personas afectadas.


Mejorar el acceso al agua en el norte de Kenia no es una propuesta sencilla: en este momento, los ríos y arroyos sencillamente no existen y cuando la lluvia finalmente llegue es probable que lo haga en forma de inundaciones.

El agua es la segunda prioridad para cada persona con la que he hablado en el norte de Kenia. Primero está la comida. Pero incluso las soluciones vienen acompañadas de problemas. Perforar el suelo, por ejemplo, requiere permisos gubernamentales que llegan a un ritmo excesivamente lento y muy a menudo provocan conflictos entre clanes rivales. Los recursos hídricos valen mucho y, por tanto, son el origen de muchos encuentros violentos.

A menudo las bombas y generadores están estropeados o los comités necesitan diesel, por lo que, incluso si la gente consigue lo que quiere, ayudarles a gestionar lo que tienen resulta todavía esencial.

¿Cuando llegarán las lluvias?

Estoy en Nairobi después de realizar una serie de valoraciones en Wajir oriental, un área fuertemente afectada por la actual sequía en la región. Esta zona de Kenia es muy llana de manera que calcular e incrementar la cantidad de agua de lluvia recogida a través de recipientes de almacenamiento de agua no será fácil sin un estudio topográfico serio e incluso de este modo, no dejo de preguntarme: ¿cuándo va a llegar realmente la próxima lluvia?

Pararse y guardar algo del agua del río en su curso natural puede ser posible, sin embargo, tenemos que tener en mente las necesidades de la gente que vive río abajo. Las presas en las subsuperficie ya han sido cavadas, creando corrientes de agua subsuperficiales.

Alrededor de la ciudad de Wajir, el agua subterránea está curiosamente demasiado próxima a la superficie, a pesar de que el nivel ha disminuido gradualmente en los últimos meses. Consecuentemente se van formando un montón de pozos naturales que ha hecho que la gente de las zonas colindantes se haya trasladado a la ciudad. Trabajando y elaborando propuestas con los directamente implicados, hemos encontrado una forma de reforzar la resiliencia de esta comunidad: junto con ellos, identificaremos los pozos superficiales más estratégicos y pagaremos para cavar un poco más hondo y lograr sacar más agua a la superficie.

Trabajando sin parar

Distribuir agua a través de camiones tanque es siempre el último recurso ya que resulta totalmente insostenible. Sin embargo, en una de las zonas que visitamos con el equipo, Barjenai, la gente ha llegado con los animales dado que el estanque era la única fuente en millas a la redonda. Los animales no sobrevivirían otro viaje más y el estanque ya se está secando. Así que, en este caso, transportar el agua puede ser la única vía para evitar la catástrofe.

Veo como mis compañeros trabajan sin parar y no me cabe duda de que muchos niños y niñas están vivos hoy gracias a sus esfuerzos. En la ciudad de Wajir, Hasan, unos de los compañeros que trabaja al norte del país estaba en la ciudad para una sesión de planificación. “En mi familia eran pastores pero hace unos años decidimos establecernos en Elwak y buscar un trabajo”, me comentaba. “Nos dimos cuenta de que el calentamiento global estaba haciendo muy difícil nuestra vida. Imposible, más bien”.

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Somalia: Aisha, Mohammed y la esperanza

5 de Agosto de 2011 | 1:37 pm

Nuestra compañera Rachel Palmer escribe desde Somalia.

Es horrible admitirlo pero después de pasar dos semanas en Bosasso, Puntlandia, escuchando un montón de historias horribles y viendo la imagen de cientos y cientos de niños con desnutrición, llega un punto en que empiezas a acostumbrarte.
Si quieres hacer bien tu trabajo no te queda más remedio que asimilar poco a poco lo que oyes, lo que ves.
Así era hasta hoy.

Hoy conocí a una pequeña de apenas 4 meses que sufre desnutrición severa. Aisha. Empecé a hablar con la que creía que era su madre, Faouma, que la sujetaba en brazos en la clínica mientras me contaba la sucesión de acontecimientos que la llevaron a traer a Aisha hasta el centro.
De pronto se hizo evidente que la joven no era en realidad la madre de Aisha. Me contó que su madre murió el día después de dar a luz a Aisha. Murió a causa del intenso sangrado que sufrió en su casa, una choza en uno de los campos de desplazados internos de Bosasso.

Aisha entró en la clínica de estabilización el 30 de julio pesando apenas 2 kg y con complicaciones más allá de la desnutrición severa que sufre.

Faouma era amiga y vecina de la madre de Aisha y cuando murió ya le había prometido que cuidaría de su bebé. Faouma ya tiene 9 hijos. Dejó de dar el pecho al más pequeño para poder alimentar a Aisha, que ha estado enferma desde que nació.

Pensaba que esto ya era suficientemente desgarrador y me estaba costando mucho contener las lágrimas. No podía evitar pensar que le iba a deparar a Aisha el futuro en un país donde 1 de cada 4 niños mueren antes de su quinto cumpleaños y donde sólo el 17% de la población sabe leer y escribir.

Inmediatamente después de esta conversación, la realidad golpea de nuevo. El médico trajo a la sala al pequeño Mohammed, de casi 2 años. Era el hermano de Aisha, al que cuidaba otro vecino y que también había sido admitido en la clínica. También sufría desnutrición y apenas pesaba poco más de 6 kg.

Imagina

29 de Julio de 2011 | 2:01 pm

Imagina que vives en un pueblo rural con tu familia. Lo primero que haces al levantarte cada día es mirar al cielo y buscar una nube cargada de agua. El aire es espeso y caliente y sientes cómo las partículas de arena se te pegan en la piel, en los ojos, en el paladar. Un año más de sequía, van demasiados ya. Has perdido seis vacas y ocho cabras por falta de alimento. Llevas meses intentando engañar el hambre de tus hijos con una comida al día pero no pueden continuar así. Estás totalmente desesperado y no tienes a dónde ir.

Vendes el poco ganado que te queda aunque está en tan mal estado que a penas te dan nada por él. Con el poco dinero que consigues compras alimentos y te pones en marcha. Caminas durante 23 días con toda tu familia, aprovechando las noches para engañar a la sed. Tu objetivo es llegar a un lugar donde te han contado que te pueden ayudar. Ese lugar se llama Dadaab. Es el campo de refugiados más grande y más antiguo del mundo. Y esta es la historia de las más de las más de 1.200 personas que están llegando diariamente hasta este lugar, a 90 kilómetros de la frontera con Somalia.

El camino hacia Dadaab está salpicado de cadáveres de animales. Una señal inequívoca de que el agua y la vida están directamente relacionados. La tierra es de color rojo y el sol implacable, a pesar de que esta no es la época del año más cálida. Osman un hombre de 35 años llegó aquí con su mujer Amina, de 23, hace cuatro semanas. El tiempo que tardaron en registrarlos como refugiados. Perdieron a uno de sus cinco hijos en el camino. Les conocí en el hospital de IFO, uno de los tres campamentos que juntos son conocidos como Dadaab. Cuando llegué acababan de bañar a su hija Yusra de 14 meses que llegó hasta aquí deshidratada y desnutrida.

En todo el Cuerno de África las sequías prolongadas de los últimos años están obligando a las familias a abandonar sus hogares en busca de ayuda. En toda la región diez millones de personas dependen de la ayuda humanitaria para sobrevivir. Solo a Dadaab, desde enero de 2011 han llegado más de 60.000 personas, aproximadamente 40.000 son niños y niñas. La mayoría llegan descalzos y tan sólo con lo que tienen puesto y un 17% sufren malnutrición severa. Desde Save the Children estamos trabajando para mitigar las necesidades más inmediatas de los niños, niñas y sus familias en la región proporcionándoles alimentos, agua potable, medicinas y atención sanitaria.

Osman y Amina nos despidieron con la esperanza de que Yusra se recupere para poder verla crecer y compartir su vida con ella. Las familias que llegan a Dadaab solo quieren una cosa, que sus niños sobrevivan. No desean que se conviertan en médicos o abogados, ni siquiera que les cuiden cuando sean mayores, sólo quieren verles crecer.

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