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Relato desde Mali: “No siento paz en mi cabeza”

15 de Febrero de 2013 | 2:48 pm

El siguiente post ha sido escrito por nuestra compañera en Mali, Annie Bodmer-Roy.

Con esta frase terminaba su testimonio Aissatou, la joven de 15 años a la que entrevisté ayer. Habíamos estado hablando durante casi una hora, tenia muchas cosas que contarme. Y lo más sorprendente es que fuera capaz de contármelo después de todo por lo que ha pasado.

Forzada a abandonar su hogar hace más de un año, Aissatou estaba embarazada de ocho meses. Tenía entonces 14 años y apenas un mes después daba a luz a su hijo Salam mientras  huia, teniéndose que alojarse en Gao.

Todavía recuerda el día en que los rebeldes entraron en su pueblo; las palabras llegan duditatibamente al principio, en pequeñas piezas. “Tenía mucho miedo”, comienza. Le preguto qué estaba haciendo antes de que el ataque comenzase. “Me estaba divirtiendo, estaba jugando con mis amigas. Todo el mundo estaba fuera, era viernes.”

“Primero escuchamos los disparos”, recuerda. “Creíamos que era el ejército. Después empezamos a ver a la gente correr por todas partes.” Aissatou me cuenta que empezó a correr también, directamente hacia su casa. Y allí se quedó durante dos días seguidos, sin salir ni un segundo.

Fue el tercer día cuando finalmente decidió salir para saber qué había pasado. Una de sus amigas había resultado herida por una bala. Estaba viva pero necesitaba urgentemente atención sanitaria y había tenido que huir hacia un campo de refugiados en Níger.

La familia de Aissatou también había resultado directamente afectada. Mientras describe lo que había ocurrido, su relato comienza a apresurarse al tratar de encontrar lo antes posible las palabras exactas. Me cuenta que su cuñado fue acusado de robo y después trata de explicarme que bajo el control de los rebeldes, el castigo frente a este tipo de delitos es la amputación. Aissatou me cuenta que vio a su cuñado después de se le aplicara el castigo: su mano le fue amputada de su muñeca.  Su mirada se dirige a sus propias manos mientras me cuenta el terrible relato, dibujando con el dedo índice de su mano una linea invisible sobre la muñeca de su mano izquierda. “No era verdad”, me explica mirándome a los ojos. “Él no había robado nada”.

Pero el golpe más duro para Aissatou fue lo siguiente, lo que le sucedió a su amiga Ines. Y es en ese momento, al contarme la historia de su amiga Ines, cuando las palabras salen solas de su boca. Me mira directamente a los ojos y puede ver entonces los horrorosos acontecimientos que vuelven a proyectarse en su mente mientras trata de describirlos.

“Los rebeldes entraron en el poblado y se llevaron a las niñas; no a las mujeres, solo a las niñas. Tenían 15, 16 y 17 años. Dijeron que necesitaban a las niñas para prepararles la comida. Las metieron en sus coches y se las llevaron al bosque. Y allí las dejaron después de violarlas, pero antes de irse, volvieron a golpearlas. Lo se porque mi amiga fue una de esas niñas. Había 16 niñas en total. Mi amiga Ines tiene solo 15 años. Entonces tenia 14, como yo – íbamos al colegio juntas”, el rostro de Aissatou, junto a su relato, refleja una auténtica imagen de lo que le sucedió a su amiga Ines.

“Me contó que la cogieron por la fuerza. La amenazaron con sus armas para forzarla a acostarse con ellos. Había 20 hombres y solo 16 niñas, por lo que algunos de los hombres compartieron a la misma niña para violarla. Ines tuvo suerte: solo abuso de ella un hombre. Sin embargo, después de terminar la golpeó hasta cinco veces con una vara grande antes de que lograse escapar.”

Golpeada y abusada, la compañera de colegio de 14 años de Aissatou huyó del bosque pero, en medio de la confusion, se calló al suelo al llegar a la carretera. Aissatou me explica que así fue como la encontraron los hombres del poblado que la llevaron de vuelta a casa. Ines le contó su historia a su compañera de clase antes de que Aissatou cogiese a su hermano y la llevase al hospital. Aissatou y su familia huyeron del pueblo al día siguiente. Desde entonces –hace más de un año- no ha vuelto a saber nada de Ines.

Cuando termina su historia, Aissatou hace una breve pausa. Mira al suelo por un segundo totalmente insimismada. “Incluso ahorra, incluso estando aquí”, comienza, “…no logro olvida lo que ocurrió. Mi cabeza está llena del recuerdo de todos estos eventos –lo que le ocurrió a mi familia,  lo que le ocurrió a mis amigos…” Me mira una última vez tratando de que yo logre entenderla.

“No siento paz en mi cabeza”

*los nombres de las niñas han sido modificados por la protección de sus identidades.

Tratando de superar el estrés

6 de Julio de 2011 | 3:16 pm

Mi nombre es Rikke Gormsen. Estoy trabajando con Save the Children en Libia como consejero de protección infantil.

Los niños reaccionan frente al estrés y el trauma de maneras distintas. Recuerdo que cuando tenía nueve años más o menos, viendo una película de miedo con mi hermana mayor, lo pasé muy mal. Tuve pesadillas las dos noches siguientes y no paraba de llamar a mi madre para que viniese conmigo.

Imaginaros como pueden estar sintiéndose los niños a los que estamos dando apoyo en Libia; niños que en muchas ocasiones han visto como herían o incluso mataban a sus familiares; cuyas casas han sido destruidas por morteros o granadas; niños que han perdido el contacto con sus hermanos y han sido ellos mismos atacados por hombres armados. Niños y niñas que han huido de la violencia.

Imagina como reaccionan cuando escuchan cualquier sonido fuerte. Estamos hablando con padres que dicen que sus hijos muestran graves signos de estrés y depresión como pueden ser las pesadillas continuas, los gritos por al noche, los silencios constantes durante el día…

Construyendo resiliencia

Una de las maneras con las que tratamos de resolver estos problemas es a través de los talleres de Resiliencia Infantil. Tuve la suerte de participar en alguno de ellos la semana pasada.

Los talleres consisten en 16 sesiones que se desarrollan en 15 lugares distintos en torno a Bengasi. En torno a 18 niños y niños de entre 10 y 14 años acuden a cada taller; la mayoría de ellos están desplazados desde otras zonas del país como Ajdabia y Misrata.

También nos reunimos con sus padres -muchos de los cuáles también lo están pasando muy mal- a los que aconsejamos sobre como identificar problemas en el comportamiento de sus hijos y les ofrecemos herramientas para tratar de paliarlos.

Expresar y cooperar

En el taller, dirigido por dos facilitadores que recibieron cuatro días de formación especial por parte de especialistas de Save the Children, se utilizan juegos, concursos, actividades y debates para animar a los niños a expresar sus sentimientos, mejorar la cooperación entre ellos y las buenas relaciones con los adultos, centrarse en el futuro con positivismo, construir su confianza y desarrollar mecanismos para afrontar los problemas.

Normalmente los facilitadores son profesores, psicólogos o trabajadores sociales, de manera que pueden aprovechar la formación que reciben más allá de los talleres.

En uno de los talleres en los que participé, se pedía a los niños escribir en un papel algunas cosas sobre ellos mismos, cosas que pensasen que les definían, tanto positivas como negativas. Luego seleccionaban las tres cosas que prefiriesen y se las leían en alto al resto del grupo. “Me gusta el fútbol” fue la elección de la mayoría de los chicos, así como “Me gustan mis profesores” y “Quiero mucho a mis amigos”, que también fueron muy recurrentes.

Me gustó especialmente el hecho de que muchos de ellos también comentaron lo orgullosos que se sentían de ser libios.

También hicieron muchos concursos con la música como protagonista y, en todos, se ponía mucho énfasis en el respeto y el orden. Para cada taller se establecían una serie de reglas básicas desde la primera sesión y entre todos elaboraban un póster donde las escribían. Entre las normas predominaba la de respetar al opinión del resto de compañeros, escuchar y no hablar cuando los otros estuviesen hablando, mantener el espacio limpio y ordenado, etc

Me quedé impresionado de lo cercanos y abiertos que se mostraban los niños y las niñas, teniendo en cuenta que la mayoría de ellos venían de ciudades distintas y habían sufrido situaciones muy violentas.

Todos mostraron un gran interés por lo que el resto de niños y los facilitadores decían, riéndose la mayor parte del tiempo. Sin embargo, cuando empezaron a hablar de sus experiencia en el conflicto, su cara se transformaba, su voz se apagaba y los gestos mostraban una profunda timidez.

Los facilitadores les respondían con palabras de apoyo, pidiendo al resto que también compartiese su experiencia, tratando de mostrarles que su miedos y todo lo que habían vivido era algo compartido con más gente. El darse cuenta de lo que a uno le pasa también le pasa a mucha gente es siempre aliviador porque profundiza nuestro sentimiento de pertenencia.

Volver a casa

Al final del taller estuve hablando con Khalifa, de 10 años. Khalifa le había dicho al grupo que ese iba a ser su último día porque su padre iba a llevarse a la familia de vuelta a Ajdabia. No pudo evitar mostrar la pena que le daba abandonar la calma relativa que había disfrutado en Bengasi así como dejar a los amigos que había hecho durante las seis semanas que llevaba desplazado.

También me contó que tenía miedo de volver a Ajdabia, temía la inseguridad. Algo comprensible para un niño que ha presenciado como destruían su casa. Estaba triste porque había perdido todos sus juguetes pero se consideraba muy afortunado porque no le había pasado nada a ninguno de sus familiares.

Cuando le pregunté lo que había aprendido después de los talleres, con sólo 10 años me ofreció una respuesta tremendamente madura: “amistad, y eso no se consigue a través de regalos o juegos, sino por amor”.

En Libia estamos trabajando en respuesta a la emergencia fundamentalmente con programas de protección. Además, a través del convenio de emergencia de la Agencia Española de Cooperación y Desarrollo (AECID) estamos apoyando el trabajo de atención a la salud de los niños, las niñas y sus familias.

Ajdabia

Libia: en busca de un lugar para jugar

30 de Junio de 2011 | 12:32 pm

Uno de nuestros compañeros en terreno nos escribe desde Libia. Por razones de seguridad no incluimos su nombre pero si aprovechamos para darle las gracias por transmitirnos de esta manera el trabajo que se está realizando.

Mientras el conflicto continúa en Libia y sigue presente en los medios de comunicación de todo el mundo, Save the Children sigue ayudando a aquellos que han huido de la violencia para la relativa –muy relativa- paz de Bengasi, la segunda ciudad tomada por los rebeldes más grande del país.

Los niños que han sido traídos de sus casas y expuestos a la violencia pueden reír, jugar y recuperarse psicológicamente de unas imágenes y unos sonidos a los que ningún niño debería exponerse jamás. Ese es el objetivo con el que establecimos los espacios seguros.

Toboganes de agua

Nuestro equipo en terreno nos cuenta como los niños y niñas de uno de los espacios seguros crearon un improvisado tobogán de agua. Colocaron cuatro colchonetas de goma (las mismas que se utilizan en los gimnasios) al final de cada tobogán y los niños se pusieron bolsas de plástico. Mientras un niño se lanzaba a todo velocidad por el tobogán, otro le esperaba a la salida echando cubos de agua y jabón sobre la colchoneta y sobre él a su salida. Echándole un poquito de imaginación, disfrutaron tanto como si hubieran estado en un Aquaparck de las grandes ciudades europeas.

Tregua

Son ratos de imaginación y de juego, y durante ese tiempo la violencia y la devastación que estos niños han presenciado, la poca certeza frente al futuro que esa situación les genera…todo eso se aparta para un lado y quedan las sonrisas.

Estamos trabajando muy duro para ayudar a los niños y niñas de Libia que logran huir de la violencia. Hemos establecido nueve espacios seguros en Bengasi con los que llegamos a más de 1.500 niños y niñas. Ellos usan estos espacios para jugar, bailar, cantar y pintar; se les brinda la oportunidad de socializar y volver a ser niños otra vez.

Creando un ambiente seguro para los niños y animándoles a hablar sobre su experiencia, se les ayuda a dejar fluir sus emociones y evitar que generen problemas psicológicos en el futuro.

Trabajamos muy de cerca con las familias y las comunidades para ayudarles a entender las necesidades de estos niños y niñas y como pueden ayudares a recuperarse.

Esta es solo la punta del iceberg en la crisis humanitaria por la que está pasando Libia. Las organizaciones todavía no tenemos acceso a las zonas más afectadas. A medida que el conflicto empeora, aumenta hasta cifras muy preocupantes el número de niños y niñas atrapados sin una atención básica. El peso de la presión internacional debe ser directo y tiene que poner un fin definitivo a este conflicto. Si no queremos ser testigos de toda una generación perdida, con todas las implicaciones sociales y económicas que ello supone para el país y para la región, nos tienen que permitir ayudar a estos niños.

Huyendo del conflicto

Y cuando no podemos llegar a ellos, entonces tienen que permitirles que ellos lleguen a nosotros. El movimiento libre y voluntario es un derecho fundamental de los seres humanos. Sin él, amplios sectores de la población mundial perderían acceso a otros derechos básicos y fundamentales como pueden ser su educación y su salud.

El desplazamiento forzoso de la población o la negación a los niños y sus familias de huir de la violencia, es un grave crimen sobre los derechos del niño y aquellos responsables de tal prohibición deben dar cuentas por ello.

Pero mientras tanto, en Bengasi no dejamos de trabajar. Recientemente organizamos un día de “fiesta” – de nuevo, una palabra relativa- para más de 200 niños y niñas desplazados procedentes de Ajdabiya. Bailamos, cantamos y pintamos. En el Teatro de Bengasi también organizamos una tarde de actividades donde nos reunimos con más de 1.000 padres y niños. Hemos editado la primera edición de un periódico escrito y diseñado totalmente por los niños y niñas, en las que se incluyen relatos, dibujos y pinturas.

Haciendo que los niños se involucren en este tipo de actividades, les ayudamos a redescubrir su sentido de pertenencia. Esa sensación de estabilidad y cohesión social que representa un paso fundamental para ayudarles.

Y está funcionando. En lugar de imágenes de tanques y soldados, los niños y las niñas reflejan en sus dibujos a sus amigos y a sus familias jugando.

A través del Convenio AECID de ayuda humanitaria centramos una parte de nuestro trabajo en mejorar el acceso de calidad a servicios primarios de salud de las comunidades, especialmente a los menores y sus madres en Benghazi y sus alrededores a través de una estrecha colaboración con el Ministerio de Salud y la oficina de Atención Primaria de Salud.

Crisis en Abyei: 40.000 niños huyen de la violencia

28 de Mayo de 2011 | 8:46 am

Un compañero nos escribe desde Sudán sobre la crisis de violencia que se vive en la región de Abyei. Por motivos de seguridad, preferimos no señalar su nombre.

La actual crisis en la región de Abyei amenaza la estabilidad del ya de por sí frágil acuerdo entre el norte y el sur de Sudán, con mucha gente en terreno temiendo que pueda hacer estallar un conflicto mayor. Ciudades enteras de la región se han quedado prácticamente vacías después de que miles de personas empezasen a huir hacia el sur desde el pasado fin de semana, cuando el Ejército de Jartum se hizo con el control de esta zona petrolera cuya soberanía se disputan el Norte y el Sur de Sudán.  Las últimas estimaciones oficiales (ofrecidas por las autoridades de Sur Sudán) hablan de más de 150.000 desplazados.

La situación está teniendo un impacto enorme sobre los niños.

Por ahora, Save the Children calcula que hasta 40.000 niños y niñas han huido del repentino estallido de violencia. Muchos serán separados de sus familias y serán testigos de situaciones que ningún niño debería presenciar.

Amenaza de violencia

Estuve en Abyei hace unas semanas y me quedé perplejo por la constante amenaza de violencia que parece dominar en el ambiente, incluso ya entonces.

Hablé con Awen, un hombre de 70 años que estaba a cargo de sus dos nietos, “estamos preocupados y tenemos miedo. Los niños no pueden jugar fuera como solían hacer. A veces tenemos que estar moviéndonos entre distintos poblados de familiares, pero así es muy difícil lograr que la cosecha se salve. Y sino lo logramos, los niños no tendrán suficiente comida. Tenemos que estar preparados para huir”.

Estoy completamente seguro que a estas alturas Awen ya se habrá visto obligado a huir.

La región se ha visto sitiada por grupos armados, milicias y fuerzas del gobierno. La ferocidad y la imposibilidad de predecir el desarrollo del conflicto lo hacen demasiado peligroso para que Save the Children pueda trabajar como debería. Y esto tiene que cambiar porque sabemos que las necesidades de alimento, refugio y protección para los niños y las niñas están siendo y van a ser enormes.

Niños y niñas atemorizados

Los niños van a ser los principales afectados por la situación y por la realidad de la que están siendo testigos directos. Atemorizados por lo que oyen, por el sonido de las balas y por el fuego de las casas. Ya estamos respondiendo a la emergencia por todo el norte y el sur del país, pero requerimos que se establezca de modo inmediato un cordón humanitario para poder acceder a Abyei.

La última vez que estuve allí, saqué decenas de fotos con todos los niños deseando pasar delante de la cámara, saltado y riendo sin parar.

Luego conocí a Akout, que tiene ocho años. Ella no quería posar y ni siquiera sonreía. Cuando le pregunté qué le pasaba, me respondió: “Tengo miedo, tengo miedo de que me maten”. Una respuesta que ningún niño debería verse nunca obligado a pensar.

Libia: la crisis humanitaria se esconde tras las bombas

19 de Mayo de 2011 | 3:00 pm

Mientras el mundo observa como los enfrentamientos recorren toda Libia, la crisis humanitaria “colateral” se agrava cada día. Mientras las ciudades permanecen sitiadas, su población sigue siendo olvidada, toda esa población que ha tenido que huir de sus casas para evitar la violencia, se queda escondida tras el protagonismo informativo de las bombas, del conflicto.

El conflicto en Libia está impidiendo el acceso de miles de personas a los alimentos esenciales y los servicios sanitarios básicos, dejando una huella muy profunda en la mente de los más pequeños que ven interrumpida además su educación.

Desde Save the Children llevamos mucho tiempo reclamando el acceso a Misrata y otras ciudades del oeste fuertemente golpeadas por el conflicto, pero la situación de seguridad representa un problema constante. Los bombardeos, las balas de los francotiradores y los enfrentamientos callejeros están generando cada vez más necesidades humanitarias que no logran verse cubiertas. Incluso en ciudades relativamente más tranquilas como Bengasi se escuchan los continuos disparos día tras día.

A pesar del enorme desafío que supone la situación de inestabilidad que vive el país, nuestros compañeros en Libia trabajan a contrarreloj para llegar tantos niños y niñas como sea posible. Nuestro programa de protección en Bengasi alcanza cada día a más de 1.000 niños y niñas. Estamos incrementando nuestros proyectos para lograr llegar a los 18.000.

Los niños y niñas que huyen hacia Bengasi u otras zonas colindantes, nos hablan de escenas de las que ningún niño debería ser testigo nunca. Y los enfrentamientos son continuos poniendo a más y más niños en riesgo. La experiencia demuestra que los niños y niñas que presencian tales atrocidades a menudo se encierran en sí mismos y no pueden o quieren hablar de ello con nadie. Algunos dejan de comer y dormir, encontrando muy difícil relacionarse con otras personas. Estamos ayudando a estos niños a enfrentarse a la situación y a lo que han vivido y presenciado.

Espacios para jugar, espacios para olvidar

Mano a mono con nuestros socios locales, estamos formando a profesores, psicólogos y médicos sobre como comunicar con y como ofrecer apoyo a los niños y las niñas. Juntos, hemos establecido espacios de juego seguro para los niños y niñas que han huido de la violencia, para que jugando, también puedan sentirse capaces de hablar de su experiencia. Y funciona. De hecho, la próxima semana los propios niños y niñas van a publicar su primer periódico.

Las noticias seguirán centrándose en los misiles, las bombas y las batallas diarias. Nosotros continuaremos centrados en tratar de poner una sonrisa en la cara de los niños y las niñas.

Crisis en Libia: Esperando en la frontera

10 de Abril de 2011 | 7:38 am

Nuestra compañera Victoria se encuentra en la frontera entre Libia  y Túnez. Desde allí nos explica la situación de las más de 10.000 personas que se encuentran en los campos de refugiados, 335 de las cuáles son niños y niñas.

He trabajado el último mes en la respuesta de emergencia de Save the Children al conflicto de Libia: primero desde El Cairo, apoyando a nuestro equipo situado en la frontera entre ambos países, y ahora desde Túnez. La situación en Libia permanece extremadamente insegura, tanto que para nosotros también resulta peligroso llegar y asistir a los refugiados en el oeste del país. Sin embargo, estamos preparados y esperando poder entrar a ayudar tan pronto como nos sea posible.

El equipo de Save the Children en el este se encuentra asentado en Bengasi, detectando cuáles son las necesidades más urgentes de los menores y sus familias y dedicándose a repartir los bienes básicos. Nos llegan informes desde ciudades como Ajdabiya, Brega y Misrata, donde se han producido intensos enfrentamientos entre las fuerzas de Gadaffi y la oposición lo que ha hecho que los suministros de agua, comida y medicamentos hayan descendido peligrosamente. Estamos muy preocupados por el bienestar de los niños en estas ciudades.

Aquí en la frontera con Túnez, Save the Childen ha instalado Espacios Seguros de Juego en los campos de refugiados, que acogen no tanto a libios como a emigrantes trabajadores que han escapado solos o con sus familias, lo que supone una situación especial. A principios de abril, había personas de 29 países distintos en los campos, desde Zimbawe a Pakistán, de Jordania a Togo. Los grupos más numerosos son de Sudan, Somalia, Eritrea y Chad. Hay alrededor de 10.000 personas en los campos, de los cuales unos 335 son menores.

Se estima que todos los días entre 2.000 y 3.000 refugiados cruzan la frontera. Algunos se quedan poco tiempo en los campos antes de regresar a sus países de origen pero los procedentes de lugares como Eritrea, Iraq, Palestina y Somalia, donde también existen conflictos armados violentos, todavía no saben dónde ir ni qué hacer en su próximo destino.

Rayana, Razan y Ahmed

Rayana, Razan y Ahmed nacieron en Libia aunque sus padres son naturales de Darfur, Sudán, de donde emigraron en busca de trabajo. Durante muchos años han vivido en Libia hasta debido al conflicto que azota al país se vieron obligados a abandonar repentinamente su hogar. Ahora se refugian en un campo temporal de Túnez con sus padres, esperando para volver a Sudán.

Rayana y Razan acudían a una escuela para sudaneses en Tripoli, pero el centro cerró a finales de febrero por las protestas populares. Los menores me contaron que oyeron el “ta ta ta” de los disparos en las calles de su ciudad. Rayana asegura que no le asustaban, aunque cree que a su madre sí. En palabras de Razan: “Cuando oí los disparos estaba asustado y pensé que algunos podrían entrar en casa”.

Las familias de Rayana y Razan siempre se sintieron bienvenidas en Libia y mantenían buenas relaciones con sus vecinos tras la reciente crisis. Sin embargo, después de que se acusara al régimen de Gaddafi de contratar mercenarios del África subsahariana, empezaron a tratarles con suspicacia. Ya no se sentían seguros y las mujeres temían que cuando sus maridos salían de casa no les volvieran a ver más.

Cuando sus padres decidieron abandonar Libia y trasladarse a Túnez, Rayana y Razan tuvieron que empacar rápidamente sus pertenencias. Tan sólo lo básico. Rayana olvidó su osito de peluche y ahora lo echa de menos. Ambos extrañan sus juguetes y la escuela. Cuando sean mayores, ambos quieren ser medicos, aunque Rayan duda también si ser ingeniero.

Sus madres son inflexibles: no volverán a Libia. Aunque también están preocupadas por el futuro que les espera en Sudan y cuánto tiempo tendrán que esperar en los campos de refugiados.

Aliviando las heridas de una guerra

31 de Marzo de 2011 | 3:52 pm

Acabo de pasar una semana en Sri Lanka visitando un proyecto ubicado en el norte del país.

A final de mayo del 2009 terminó la guerra entre los Tigres Tamiles y las fuerzas armadas gubernamentales tras casi 30 años de conflicto armado. Se trata de un país fragmentado entre tamiles y cingaleses. Han sido años muy duros en los que no ha habido ningún respeto para los derechos humanos. Se han usado minas antipersona, bombardeos a colegios y hospitales, ataques suicidas y reclutamiento de menores, torturas, ataques indiscriminados contra población civil, desapariciones… . Ambas partes implicadas han escrito una de las historias más tristes de los últimos años en esta parte del mundo.

Save the Children con financiamiento del Gobierno Vasco está apoyando la reparación y equipamiento de 12 escuelas en 4 de los 5 distritos de las provincia del Norte. No sólo se trata de la reparación de las mismas sino que se trabaja para construir espacios amigables y seguros para la infancia. Para conseguir este propósito es necesario invertir en construcción, dotarles de letrinas, apoyar instalaciones deportivas y recreativas, dotarles de equipamiento, mobiliario, materiales escolares, incentivar la participación de los comités de padres y profesores y garantizar los estándares mínimos de educación que Save the Children realiza en sus intervenciones en el ámbito educativo.

Hay que tener en cuenta que la mayoría de las escuelas fueron ocupadas por el ejército en alguno de los tramos de la guerra, especialmente en la fase final cuando las fuerzas armadas gubernamentales fueron ganando terreno a los tigres tamiles. Actualmente hay un contexto de máximo control por parte del gobierno respecto al trabajo de las ONGs. Se trata de una situación post bélica en la que mucha población está retornando a sus lugares de origen. Es difícil encontrar gente que no hay perdido algún familiar durante el conflicto a que no haya sido desplazado por las amenazas de los enfrentamientos armados. Solo por dar un dato actual, todavía quedan 100.000 refugiados tamiles en la India esperando regresar a sus lugares de origen en los que han sido destruidos y ocupados durante los últimos años.

A pesar de todas las desgracias que han sufrido en las zonas donde se ubica nuestro proyecto, los niños y niñas continúan sonriendo, disfrutan en el colegio, incluso regresan cuando han terminado las clases, sueñan con ser doctores/as y profesores y profesoras, algunos de ellos y ellas caminan varios kilómetros todos los días para poder llegar a clase, también los padres hacen contribuciones para pagar a los profesores y profesoras. Después de este viaje reconfirmo que nosotros y nosotras también debemos hacer un esfuerzo para mejorar su situación educativa.

Quiero aprovechar este artículo para agradecer personalmente a las personas que participaron en la formulación y la presentación de la propuesta ya que gracias a estas personas y al compromiso del equipo de Save the Children en Sri Lanka ubicado en las oficinas del Norte han posibilitado que más de 6000 niños y niñas del norte del país puedan ejercer su derecho de acceso a la educación después de una guerra que ha pasado desapercibida para la mayoría de la sociedad española.