La televisión, la radio, los periódicos, internet. Por una parte, garantes ficticios de verdades absolutas. Lo ha dicho la tele es un “no se hable más”. Por otra, una pequeña gran ventana al mundo que nos informa de lo de aquí y de lo de allá, que nos acerca a otras realidades. Noticias, cifras, estadísticas, imágenes que nos suenan familiares, que nos parece haber visto antes. El año pasado nos llegaban imágenes de la sequía en Cuerno de África, este año de la sequía en el Sahel. Fotos de madres, de niños, de hambre y desnutrición. ¿Cuál es la diferencia? ¿Será que nos hemos vuelto inmunes al dolor ajeno? No lo creo.
Si nos paramos un minuto no a mirar si no a ver de verdad, no a oír sino a escuchar de verdad, el estómago se nos sigue encogiendo, la piel reacciona y nos horrorizamos ante lo que ocurre en países a miles de kilómetros de distancia. Pero, ¿cuál es el mecanismo que nos permite mirar sin ver y oír sin escuchar? ¿Cuál es el mecanismo que nos permite olvidar, dos minutos después de ver imágenes sobre la sequía en Sahel, lo que está ocurriendo aquí?
Personas anónimas, lejanas, desconocidas.
Yo tengo una tesis, por supuesto es mía y puede que sea equivocada, pero es esta: no les conocemos. Más de 18 millones de personas afectadas y más de un millón niños y niñas en peligro de desnutrición. Cifras genéricas, caras genéricas de niños, de mujeres, de familias de las que no sabemos, ni nunca llegaremos a saber, nada. Sin embargo, detrás de cada una de esas cifras hay un niño, una madre, un padre, con una historia. Pero también con una forma de reírse, de moverse, de mirar, de caminar, de respirar.
Hoy he conocido a Oumou, tiene dos años y el pelo anaranjado, un síntoma de desnutrición. Su forma de reírse me recuerda a la de Pablo, el hijo de un amigo. A Oumou le entra vergüenza al conocernos, dos extraños en su pueblo, y encima blancos, más raros no podemos ser. Se tapa la cara con las dos manos, pero tarda media hora en despegarse de las faldas de su madre y en corretear a nuestro alrededor, eso sí, sin acercarse mucho. Igual que Pablo cada vez que llego unas semanas sin verle. Pablo tiene medio año menos que Oumou pero está mucho más grande. Llos dos tienen la misma risa traviesa y las mismas ganas de jugar, de cogerlo todo, y el mismo mal genio cuando les quitan cosas de las manos porque se pueden hacer daño.
En la tele y en los periódicos vemos niños tristes, niños que tienen hambre, pero los niños que tienen hambre siguen siendo niños y, si no están muy débiles, siguen queriendo jugar. Corren, se caen, lloran, montan pataletas cuando sus madres les bañan y sobre todo se ríen. Oumou se ríe y su madre también. A pesar de que este año casi ha recogido cosecha, a pesar de que época de lluvias y no hay una sola nube en el cielo, a pesar de haber perdido a cuatro de sus seis vacas, a pesar de la preocupación porque Oumou siga cogiendo peso y porque sus otros cuatro hijos puedan seguir yendo a la escuela, a pesar de todo, Kadiata Moussa coge a su bebé en brazos y se ríe.
Si la televisión pudiese teletransportarnos a pueblos como Sabar II, donde sentarnos a tomar té con las mujeres y los hombres del pueblo, donde jugar con los niños, conozcer su nombre, sus gestos, su historia, su risa, sus juegos favoritos, sería imposible olvidarnos de ellos al apagar el televisor o cerrar el periódico. Se parecen demasiado a los nuestros.
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Esta entrada ha sido escrita por nuestra compañera Lourdes Collado, respondable de comunicación externa que está apoyando desde Mauritania la respuesta a la emergencia que vive el país.





