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La perversión de las cifras

23 de Agosto de 2012 | 1:33 pm

La televisión, la radio, los periódicos, internet. Por una parte, garantes ficticios de verdades absolutas. Lo ha dicho la tele es un “no se hable más”. Por otra, una pequeña gran ventana al mundo que nos informa de lo de aquí y de lo de allá, que nos acerca a otras realidades. Noticias, cifras, estadísticas, imágenes que nos suenan familiares, que nos parece haber visto antes.  El año pasado nos llegaban imágenes de la sequía en Cuerno de África, este año de la sequía en el Sahel. Fotos de madres, de niños, de hambre y desnutrición. ¿Cuál es la diferencia? ¿Será que nos hemos vuelto inmunes al dolor ajeno? No lo creo.

Si nos paramos un minuto no a mirar si no a ver de verdad, no a oír sino a escuchar de verdad, el estómago se nos sigue encogiendo, la piel reacciona y nos horrorizamos ante lo que ocurre en países a miles de kilómetros de distancia. Pero, ¿cuál es el mecanismo que nos permite mirar sin ver y oír sin escuchar? ¿Cuál es el mecanismo que nos permite olvidar, dos minutos después de ver imágenes sobre la sequía en Sahel, lo que está ocurriendo aquí?

Personas anónimas, lejanas, desconocidas.

Yo tengo una tesis, por supuesto es mía y puede que sea equivocada, pero es esta: no les conocemos. Más de 18 millones de personas afectadas y más de un millón niños y niñas en peligro de desnutrición. Cifras genéricas, caras genéricas de niños, de mujeres, de familias de las que no sabemos, ni nunca llegaremos a saber, nada. Sin embargo, detrás de cada una de esas cifras hay un niño, una madre, un padre, con una historia. Pero también con una forma de reírse, de moverse, de mirar, de caminar, de respirar.

Hoy he conocido a Oumou, tiene dos años y el pelo anaranjado, un síntoma de desnutrición. Su forma de reírse me recuerda a la de Pablo, el hijo de un amigo.  A Oumou le entra vergüenza al conocernos, dos extraños en su pueblo, y encima blancos, más raros no podemos ser. Se tapa la cara con las dos manos, pero tarda media hora en despegarse de las faldas de su madre y en corretear a nuestro alrededor, eso sí, sin acercarse mucho. Igual que Pablo cada vez que llego unas semanas sin verle. Pablo tiene medio año menos que Oumou pero está mucho más grande. Llos dos tienen la misma risa traviesa y las mismas ganas de jugar, de cogerlo todo, y el mismo mal genio cuando les quitan cosas de las manos porque se pueden hacer daño.

En la tele y en los periódicos vemos niños tristes, niños que tienen hambre, pero los niños que tienen hambre siguen siendo niños y, si no están muy débiles, siguen queriendo jugar. Corren, se caen, lloran, montan pataletas cuando sus madres les bañan y sobre todo se ríen. Oumou se ríe y su madre también. A pesar de que este año casi ha recogido cosecha, a pesar de que época de lluvias y no hay una sola nube en el cielo, a pesar de haber perdido a cuatro de sus seis vacas, a pesar de la preocupación porque Oumou siga cogiendo peso y porque sus otros cuatro hijos puedan seguir yendo a la escuela, a pesar de todo, Kadiata Moussa coge a su bebé en brazos y se ríe.

Si la televisión pudiese teletransportarnos a pueblos como Sabar II, donde sentarnos a tomar té con las mujeres y los hombres del pueblo, donde jugar con los niños, conozcer su nombre, sus gestos, su historia, su risa, sus juegos favoritos, sería imposible olvidarnos de ellos al apagar el televisor o cerrar el periódico. Se parecen demasiado a los nuestros.

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Esta entrada ha sido escrita por nuestra compañera Lourdes Collado, respondable de comunicación externa que está apoyando desde Mauritania la respuesta a la emergencia que vive el país.

El valor de unos zapatos

22 de Agosto de 2012 | 10:48 am

Hasta hoy nunca me había parado a contar los pares de zapatos que tengo en el armario. Sandalias para el verano, chanclas para la playa, zapatillas de deporte, zapatos de vestir, zapatos para bailar, botas de agua. Más de los que necesito, sí, pero nunca había pensado que eran demasiados, nunca me había parado a pensar en su valor, hasta hoy.

El responsable de esta refexión se llama Ousmane Mamadou Gueye. Es un chaval de ojos grandes al que, de entrada, cuesta arrancarle una sonrisa. Ousmane nos saluda tímidamente y se sienta sobre una esterilla a charlar con nosotros. Está descalzo y tiene la cara y los brazos manchados de barro. Ha estado en el campo ayudando a remover la tierra para la siembra.

No está seguro de su edad, pero sus vecinos aseguran que tiene 10 años. Su madre está enferma en el hospital y su padre, un señor mayor con el rostro curtido por años de sol mauritano y varias sequías, sale cada día a buscar algún trabajo en los pueblos cercanos. Hay días que vuelve con algo de comida para Ousmane y sus tres hermanos pequeños y otros que vuelve sin nada. “Con la sequía no comemos mucho. Si comemos al medio día no cenamos y si cenamos no comemos al día siguiente”.

Además, con la sequía hay menos trabajo y Ousmane no podrá ir a la escuela el curso que viene. “Mi padre me ha dicho que no iré a la escuela pública el año que viene porque no puede comprarme zapatos”. Él y su hermana continuarán asistiendo a la escuela islámica, donde aprenden el Corán, pero Ousmane quiere seguir estudiando en la escuela pública donde aprenden árabe, francés y matemáticas.

La escuela está a dos kilómetros de Sabar II, el pueblo de Ousmane y recibe a niños de dos pueblos cercanos. “No tendré zapatos para caminar hasta la escuela” nos explica. Pero el problema no son sólo los zapatos. Los niños necesitan uniforme, cuaderno, lápices, bolígrafos y libros. Enviar a Ousmane y a su hermana a la escuela cuesta 5.000 ouguiyas, 13,50 euros, por año. Menos de lo que cuestan un par de zapatos en cualquier tienda de Madrid o Barcelona. Un pasaporte para un futuro mejor, para romper el ciclo de la pobreza en este pueblo del sur de Mauritania.

Ousmane no tiene zapatos pero sí sueños “quiero aprender para ser profesor cuando sea mayor y poder enseñar a otros niños”. Le preguntamos por su deporte favorito y por fin nos regala una gran sonrisa. Lo que más le gusta es jugar al fútbol con sus amigos. No podía ser de otra manera.

Un verano más, una maleta más

6 de Agosto de 2012 | 12:47 pm

Soy Lourdes Collado, responsable de comunicación en Save the Children. Estos días escribiré desde Mauritania donde estoy para apoyar el trabajo de los compañeros que están respondiendo a la emergencia alimentaria que afecta al país y a la región del Sahel.

Repaso la lista mentalmente: ropa fresca, crema solar, anti-mosquitos, cámara de fotos, chaqueta por si refresca por la noche, sandalias… sí, parece que está todo. Un verano más, una maleta más, un nuevo viaje, otro país, el mismo continente.

Nos vamos a África, un año más. El año pasado fue Kenia, este Mauritania. Dos países, dos regiones, un mismo problema que se repite cíclicamente, un año tras otro: la escasez de lluvias, la escasez de cosechas, el incremento del precio de los alimentos y el hambre.

Burkina Faso, Mali, Mauritania, Níger, y, en total más de 18 millones de personas afectadas y más de un millón niños y niñas en peligro de desnutrición. Cifras, números, cantidades que asustan por su magnitud.

Vamos con las maletas cargadas de materiales para nuestros compañeros de Mauritania, pero volveremos con ellas más llenas aún. Llenas de nombres, de caras, de historias, de miradas tristes y también de sonrisas. Tan llenas de historias que nos tendremos que sentar encima para poder cerrarlas, como hacemos ahora, a escasas tres horas de embarcar en el avión.

Próximo destino: Nouakchott

El periodo de Soudure

27 de Junio de 2012 | 2:25 pm

Bárbara Mineo, Coordinadora de Acción Humanitaria, escribe tras una reciente visita a nuestros proyectos en Mauritania.

En años normales el período que va de Junio a Septiembre se conoce en Mauritania como el período de Soudure.  Se trata del periodo más difícil del año en el que las familias tienen pocas reservas alimentarias y se dedican a sembrar para la nueva cosecha.

Este año, el periodo de Soudure se ha  anticipado y las familias han agotados sus reservas mucho antes que el mes de Junio. La escasa cosecha del año anterior, la pérdida de animales y los escasos recursos económicos disponibles de las familias más vulnerables son las causas más inmediatas de la actual crisis en Mauritania, pero no las únicas.

Durante mi última visita en Mauritania, la semana pasada, he recorrido muchos kilómetros en coche  para llegar hasta los pueblos en los que Save the Children está interviniendo. El paisaje es muy desolador y la situación de las familias también.

Bajo estas duras condiciones climáticas, (una media de 40 grados) y con un déficit energético debido a la insuficiencia alimentaria, las familias, principalmente niños/as y mujeres, se encargan de esta segunda siembra con la esperanza de poder cosechar algunos “condiments” -  básicamente hortalizas -  para alimentarse.

Ahora es el momento más crítico. Ahora es necesario seguir apoyando a las familias a superar la fase más dura del año y esperar a que la cosecha sea mejor que al año anterior.

¿Tan sólo una nueva sequía en Mauritania?

4 de Mayo de 2012 | 3:25 pm

Nuestro compañero Iñaki Olazabal nos escribe desde Mauritania un análisis sobre la situación que ha llevado a que Mauritania se encuentre, de nuevo, en medio de una crisis alimentaria. No es una la causa, son muchas.

Otra vez. Mauritania se encuentra en riesgo de sufrir una crisis alimentaria en los próximos meses. Según los datos de Oxfam, con los quien trabaja conjuntamente Save the Children en el país, más de un cuarto de la población (700.000 personas), corren riesgo de sufrir inseguridad alimentaria. En 2002, 2005, 2008 y 2010, diferentes crisis han golpeado a la población mauritana que se dedica a la economía de subsistencia. Los niños y las mujeres, como siempre, son los principales perjudicados.

¿Esta nueva crisis se debe sólo a otra sequía?

Más del 70% de los alimentos que se consumen en Mauritania son importados. Mauritania es un buen ejemplo de un país dependiente de factores externos que cada vez son menos estables. Según la FAO, los precios mundiales de los alimentos subieron en marzo por tercer mes consecutivo debido a la especulación y a la subida del precio del petróleo y de otros productos derivados (como  fertilizantes), entre otros factores. Además, con la mala cosecha de este año, en Mauritania los precios han aumentado con respecto al año pasado: el mijo, un 50 %; el maíz, un 60 %; y el sorgo un 100%.

Como recuerdan Save the Children y Oxfam en la declaración para acabar con el hambre, se puede acabar con este tipo de crisis en cualquier parte del mundo independientemente de las condiciones climáticas propias de cada zona. No es cierto que no haya alimentos suficientes para satisfacer las necesidades de la población mundial a bajo precio.

Según la FAO, más de un 80% de la tierra cultivable de Mauritania no se cultiva. Los avances científicos en producción y las nuevas técnicas de cultivo, junto con la experiencia acumulada en la zona del río Senegal en las últimas décadas (algunas con buenos resultados), podrían triplicar los rendimientos de los suelos mauritanos.

Muchos problemas han estado vinculados a la apuesta por el monocultivo, especialmente el del arroz, que no puede competir con el arroz importado. Algunas iniciativas se centraron en la exportación de alimentos a países extranjeros. Estas iniciativas requieren grandes inversiones pero no están dirigidas directamente a paliar los problemas de subsistencia de la población mauritana. Además, los ingresos son inciertos y muy dependientes de los mercados internacionales. Otras iniciativas han pretendido cambiar de un plumazo las formas tradicionales de explotación agro-ganadera. No han tenido éxito.

Tanto el gobierno, como las organizaciones internacionales, llevan meses preparando una respuesta para la situación que se avecina. El gobierno mauritano instaló varios cientos de tiendas de proximidad con productos básicos subvencionados como arroz, aceite, azúcar, trigo o pasta. Estos productos son vendidos con descuentos de entre el 40% y el 60% en relación al precio del mercado. Esta medida solo ha beneficiado a una pequeña parte de la población y no es sostenible a largo plazo. Los precios siguen siendo demasiado altos para asegurar a la población el derecho a la alimentación. Estos cambios bruscos de los precios impiden cualquier tipo de planificación o inversión a largo plazo.

Mauritania es un pequeño país que no tiene más de tres millones y medio de habitantes y una superficie como dos veces la de España. En un país con tanto espacio y tan malas comunicaciones, las políticas de desarrollo rural han atendido demasiado a los mercados internacionales buscando soluciones a gran escala pero olvidándose de los pequeños agricultores y ganaderos.

¿Cómo podemos evitar esta situación recurrente?

Muchas situaciones recurrentes de crisis alimentaria, como en el caso de Mauritania, podrían evitarse con decisiones políticas tomadas en el país y en otras zonas del planeta.

Debemos exigir a nuestros gobernantes que terminen con la especulación en los mercados internacionales de alimentos para que se estabilicen los precios. Mientras esto no ocurra podemos trabajar promoviendo los mercados locales a pequeña escala y las actividades tradicionales dependientes de la demanda local. Debemos exigir a nuestros gobernantes que apoyen la gobernanza en las políticas agrícolas, que fomenten la diversificación, la biodiversidad y la producción local, el empoderamiento de las organizaciones de agricultores y ganaderos, el acceso al crédito rural, y que aseguren el Derecho a la alimentación a través del acceso a la tierra, al agua, y a los recursos de una forma sostenible.

Mientras no haya un consenso claro y unánime con respecto a estas cuestiones, se seguirá trabajando en cada crisis para mitigar impactos y salvar vidas, se seguirán mejorando los procedimientos de respuesta y de coordinación, pero estas crisis alimentarias se seguirán repitiendo.

A través del Convenio AECID de ayuda humanitaria estamos ofreciendo una repuesta integrada a la inseguridad alimentaria en las zonas de Gorgol y Brakna, reforzando los mecanismos de supervivencia ante la crisis alimentaria de las poblaciones vulnerables con un enfoque de protección de los derechos de la infancia.

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Historias de reencuentros en Etiopía

30 de Noviembre de 2011 | 2:50 pm

Nuestro compañero Getachew Dibaba comparte una preciosa historia de reencuentros desde el campo de refugiados de Boqolmayo, en Etiopía.

Kedeja Adem, de 34 años, llegó a Etiopía con sus cuatros hijas y uno de sus hijos desde Somalia, hace tres años, cuando su país sufría el conflicto que supuso multitud de retos físicos, emocionales y psicológicos para su población. También para Kedeja, que se vio obligada a trasladarse a este campo de refugiados de Boqolmayo. Aunque se encuentra en un lugar mucho más seguro para ella y para sus hijos, no ha dejado de sentir el dolor de haber dejado a sus otros dos hijos en su país, junto a su madre.

“Incluso sintiéndome segura en este campo, estaba muy preocupada de mis dos hijos y de la familia que he dejado en Somalia. No sabía qué hacer para ayudarles”, comenta Kedeja.

Cuando el flujo de refugiados comenzó en julio debido a la sequía extrema y el conflicto que asolaba el país vecino, Kedeja pensó que mucha gente se desplazaría hacia Etiopía, pero nunca creyó que también sus dos hijos tomarían esa decisión. Tampoco estaba segura de cómo personas que se conocían podrían encontrarse en los campos de refugiados, teniendo en cuenta que cada día llegaban más de 1000 personas a Dolo para trasladarse a cada uno de los cuatro campos asentados en esta zona fronteriza entre Somalia y Etiopía.

“Estaba muy triste y solía llorar todos los días”, nos cuenta Kedeja, recordando el tiempo de separación entre ella y sus hijos.

El reencuentro

Hablamos en pasado de la tristeza porque a veces, las cosas cambian. Para Kedeja todo cambió cuando se produjo la reunificación con sus dos hijos, Meslah y Assad, que llegaron a Dolo en agosto y pudieron encontrar a su madre gracias a Save the Children.

“Lloré, lloré mucho pero esta vez era la alegría la que me hacía llorar. Nunca creí que volvería a verles”, cuenta Kedeja. “Agradezco mucho a las personas de Save the Children haber hecho el esfuerzo para ayudarme a reunirme con ellos”.

“Estábamos con nuestra abuela, pero cuando murió no teníamos ningún sitio donde ir”, nos cuenta Meslah. “Siempre tuve la esperanza de que volvería a encontrarme con ella algún día. Cuando llegamos a Dolo, le dijimos a la gente del campo que queríamos encontrar a nuestra madre. Después de unos días nos trajeron al campo de Boqolmayo y encontramos a nuestra madre. Me puse muy contento de verla de nuevo, muy feliz”, insiste Meslah, que tiene ahora 16 años.
“Quiero recibir educación aquí y algún día convertirme en médico”, continúa Mesah.

El programa de protección de Save the Children ayuda a buscar y reunificar en los campos a los niños y niñas que han sido separados de sus familias. También hemos establecido un Comité de Protección en los campos en los que los miembros son los propios refugiados y que no solo se ocupan de ayudar a la reunificación sino que también protegen a los niños y niñas de cualquier peligro.

Una vez que la emergencia llega a este nivel, solo tienes unos días para actuar

20 de Julio de 2011 | 8:17 pm

Nuestra compañera Catherine Carter nos escribe desde Somalia.

Cuando llegué a Dadaab, la primera persona que conocí había huido de Somalia.  Después de señalarme a sus pies ensangrentados me contó que había andando todo el camino con sus dos hijos a cuestas.

Me contó que la arena estaba tan caliente que acabó quemándose los pies. Su marido se había quedado para tratar de proteger su hogar. No sabía si volvería a verle jamás.

La siguiente persona con la que hablé también tuvo que caminar. Durante todo un mes. Le resultó difícil cuanto tiempo había sido porque “todos los días parecían el mismo: andar bajo el calor abrasador, sentir el hambre en su estómago, tratar de calmar a sus hijos.

Declaración oficial de hambruna

Y lo mismo con la siguiente persona; la siguiente y así sucesivamente. Recuerdo mirar alrededor del centro, a todos los somalíes haciendo cola, a todos los niños, muchos todavía cubiertos por la arena del trayecto…ahí fue cuando me di cuenta de la verdadera  magnitud de la situación de la que estaba siendo testigo.

Esta mañana la ONU ha declarado oficialmente situación de hambruna en Somalia. Save the Children ha respondido a hambrunas y hambrunas extremas durante más de 90 años.

Esa fue nuestra primera misión, en 1919, cuando Eglatyne Jebb empezó a hablar en nombre de los bebés afectados por la desnutrición durante la I Guerra Mundial.

En 1921 Eglantyne citaba a un niño armenio con el que había hablado. “Miles de personas…cansadas, enfermas y hambrientas. Tuve que llevar en brazos a mi hermano pequeño. Un día noté que no se movía ni lloraba. Llamé a mi madre y en seguida se dio cuenta de que estaba muerto. No teníamos nada para darle de comer.”

Más de 90 años después de aquello hoy me encuentro con los mismos testimonios.

Sabemos lo que ocurre cuando las familias están desesperadas. He escuchado testimonios de familias que obligan a sus hijos a comer hojas para llenar sus estómagos.

Hemos presenciado situaciones en las que los niños estaban tan débiles por falta de alimento que se veían incapaces de sacar energía para masticar.

Hemos visto a madres dar a sus hijos barro para comer y rezando para que les mantuviese con vida un día más. Una vez que el hambre alcanza este grado, apenas tienes unos días para poder actuar.

Estamos salvando vidas

Save the Children está actuando. Hemos multiplicado por tres la escala de nuestra respuesta en todo Somalia.

Somos muy pocas las organizaciones operativas en Somalia y con nuestra respuesta pretendemos llegar a más de medio millón de los niños y las familias más afectados por la hambruna.

Pero no podemos hacerlo solos.

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La sequía y la guerra: la lucha por vivir en Somalia

13 de Julio de 2011 | 2:25 pm

Sonia Zambakides, es la responsable de Emergencias en Somalia.

“Esta sequía nos ha dejado en la miseria y la guerra se ha llevado lo poco que nos quedaba”, me contaba la joven Habiba, de 28 años, al llegar a Bosaso, al norte de Somalia.

Habiba había viajado durante 8 días en un camión lleno de gente desde Mogadishu con dos de sus hijos: Mona, que tiene 3 años, e Ismael, que solo tiene 3 meses. Todos sufren desnutrición severa. Habiba ya no puede alimentar a su bebe Ismael porque ha dejado de dar leche y el pequeño ha estado enfermo con vómitos y diarrea desde que nació.

Habiba tiene un tercer hijo que se llevó su abuela. Ellos también huyeron. Lo último que Habiba supo de ellos fue que estaban en una ciudad en el centro de Somalia hace dos semanas y desde entonces no tiene idea de donde están ni de si están bien.

Los robos

Habiba se las había apañado para reunir 40 dólares y tener algo para huir hacia Bosaso. Su marido había sido asesinado en Mogadishu y no era seguro seguir allí. Nos contó que se había gastado todo el dinero en viaje en camión y que no le quedaba nada para comprar comida para ella y sus hijos.

Durante el trayecto, el camión tenía que parar constantemente por los grupos militares y los  que viajaban veían como les robaban lo poco que les quedaba. Y mientras, cada vez que el camión paraba, Habiba se dedicaba a pedir a la gente comida y agua, aún a sabiendas de que corría el riesgo de ser arrestada o detenida.

La explosión

Pero el viaje cada vez iba a peor. Cuando llegaron a las afueras de Galkayo, una ciudad que bordea Somalia central y Puntland, el camión explotó. Habiba nos mostró las quemaduras en todo su brazo y pierna derecha; cuando el camión empezó a arder, ella estaba en la cabina del camión y le llegaron todas las llamas. No ha recibido ningún tratamiento para sus quemaduras y no puede permitirse una visita al hospital o comprar medicamentos. Cuando llegó a Bosaso, su ropa estaba quemada y hecha pedazos y tampoco tenía ropa para cambiar a sus hijos.

Tristemente, Habiba es solo una de las muchas personas que están llegando desde otras partes de Somalia, totalmente hundidos en la miseria, desesperados por encontrar un lugar seguro para sus familias. Han perdido su cosecha, su ganado y no tienen dinero. Están luchando para poder sobrevivir con apenas una comida al día o sin comer en todo el día.

Cuando llegaron aquí, las cosas no estaban mucho mejor en los campos de refugiados. La gente está viviendo en muy malas condiciones. No hay letrinas o instalaciones para lavarse, muchas de las viviendas están hechas de cartón y piezas de chapa.

Muchas de las mujeres intentan encontrar trabajo ocasional como limpiadoras o cocineras, para ganar dinero y poder alimentar a sus familias. Eso significa que tienen que dejar a sus hijos solos todo el día, los mas mayores cuidando de los más pequeños.

“Estoy contenta de estar en un lugar donde hay paz y no más disparos y bombas”, añade Habiba. “Ahora necesito encontrar un lugar para vivir e ingresos para poder dar de comer a mis hijos.”

Save the Children está alimentando a más de 9.000 niños y niñas en los 60 centros de alimentación que tenemos establecidos en Somalia central y Puntland, pero necesitamos expandir nuestro trabajo para ofrecer comida para las madres y sus hijos, refugio y atención sanitaria, y educación y protección para aquellos niños que están solos todo el día cuidando de sus hermanos.

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