Entradas añadidas ‘cuerno de África’

2011. Un año de emergencias, un año de respuestas.

9 de Enero de 2012 | 4:20 pm

Nuestra compañera Catherine nos resume el que ha sido uno de los años más intensos para el equipo internacional de emergencias de Save the Children.

2011 ha sido uno de los años más intensos para el equipo de emergencias de Save the Children en todo el mundo. El más intenso en nuestros más de 90 años: 45 emergencias en 38 países diferentes.

Y en cada una de estas 45 emergencias, siempre, los primeros días resultan críticos. Es muy siempre, una línea que marca la diferencia entre la vida y la muerte. Cuanto más rápido se responda a una emergencia, más vidas se lograrán salvar.

Este año llevamos aviones a zonas de conflicto, nos enfrentamos a la amenaza nuclear en Japón, lanzamos respuestas frente a un número enorme de inundaciones, sequías y terremotos.

Y hoy, 31 de diciembre, seguimos trabajando a un ritmo constante, con precaución, pero sin descanso, en países dominados por el conflicto. A lo largo de todo este año que hoy acaba hemos logrado llegar a más de 3.3 millones de niños y niñas en situaciones de emergencia.

Hemos usado barcas destartaladas para distribuir ayuda entre las familias de Sri Lanka, donde las peores lluvias en 100 años habían forzado a las personas a abandonar sus hogares. Fuimos capaces de responder de inmediato, distribuyendo paquetes de comida y artículos esenciales entre más de 4.000 personas.

Apenas unos días después, Brasil sufría también unas fuertes lluvias que causaron enormes desprendimientos, provocando la muertes de alrededor de 500 personas y dejando sin acceso a multitud de hogares y escuelas. Dimos apoyo a más de 9.000 niños y niñas y les ayudamos a superar la situación.

Libia

Los violentos enfrentamientos en Libia expusieron a miles de niños y niñas en peligro, dejando a las familias sin gasolina, agua o electricidad.

Un grupo de emergencia entró en Libia, bajo riesgo extremo, para distribuir artículos esenciales entre las familias y ayudando a los niños y niñas aterrorizados, incapaces de huir de las escenas de violencia y muerte. Las paredes de nuestra oficina quedaron empapeladas de mapas del país, necesitábamos saber al instante el recorrido que seguían los enfrentamientos para saber por donde podíamos acceder para ofrecer ayuda.

Japón

En marzo del año pasado, un enorme terremoto golpeó la costa este de Japón, seguido de un terrible tsunami y múltiples réplica que provocaron la muerte de más de 15.000 personas.

La destrucción hizo que cientos de miles de niños, niñas y familias se quedaran ningún tipo de refugio y dejó a muchos niños y niñas separados de sus padres en medio del pánico y el caos. Desde Save the Children lanzamos una acción inmediata, con un llamamiento que nos permitió llegar a más de 5.000 personas.

Costa de Marfil

La violencia en Costa de Marfil puso en peligro a miles de niños y niñas que quedaron atrapados en sus hogares, por el temor de huir. Muchos otros escaparon con sus familias – o separados de ellas- a campos de desplazados en su país o en la vecina Liberia.

Desde el principio de la emergencia, estuvimos allí distribuyendo ayuda inmediata (alimentos, jabón, mantas y colchones). Nuestros compañeros y compañeras trabajaron sin descanso para reunir a los niños y niñas que se habían visto separados de sus familias y apoyando a todos aquellos que más ayuda precisaban.

Cuerno de África

Millones de niños y niñas se ha visto expuestos al hambre extrema tras la devastadora sequía que sufrió toda la región del Cuerno de África. Nosotros ya estábamos allí cuando se lanzaron las primeras alertas. De hecho, mucho antes de que se hicieran oficiales y junto con muchas otras organizaciones que estábamos en terreno, lanzamos alarmas importantes de la situación que ya se predecía.

Los medios de comunicación mundiales empezaron a informar de la situación en junio. El número de personas en riesgo fue creciendo vertiginosamente: de los 7 millones en el mes de junio a los 13 millones de personas afectadas en la actualidad. La del Cuerno de África representa nuestra respuesta más importante en los más de 90 años de trabajo.

Sin el dinero que contamos en nuestro Fondo de Emergencias tendríamos que haber espearado a que los medios mundiales empezaran a informar para así poder justificar nuestros llamamientos. Sin embargo, gracias a vuestro apoyo y a los muchos años de trabajo y experiencia, no tenemos que esperar. Ya estamos allí.

Historias de reencuentros en Etiopía

30 de Noviembre de 2011 | 2:50 pm

Nuestro compañero Getachew Dibaba comparte una preciosa historia de reencuentros desde el campo de refugiados de Boqolmayo, en Etiopía.

Kedeja Adem, de 34 años, llegó a Etiopía con sus cuatros hijas y uno de sus hijos desde Somalia, hace tres años, cuando su país sufría el conflicto que supuso multitud de retos físicos, emocionales y psicológicos para su población. También para Kedeja, que se vio obligada a trasladarse a este campo de refugiados de Boqolmayo. Aunque se encuentra en un lugar mucho más seguro para ella y para sus hijos, no ha dejado de sentir el dolor de haber dejado a sus otros dos hijos en su país, junto a su madre.

“Incluso sintiéndome segura en este campo, estaba muy preocupada de mis dos hijos y de la familia que he dejado en Somalia. No sabía qué hacer para ayudarles”, comenta Kedeja.

Cuando el flujo de refugiados comenzó en julio debido a la sequía extrema y el conflicto que asolaba el país vecino, Kedeja pensó que mucha gente se desplazaría hacia Etiopía, pero nunca creyó que también sus dos hijos tomarían esa decisión. Tampoco estaba segura de cómo personas que se conocían podrían encontrarse en los campos de refugiados, teniendo en cuenta que cada día llegaban más de 1000 personas a Dolo para trasladarse a cada uno de los cuatro campos asentados en esta zona fronteriza entre Somalia y Etiopía.

“Estaba muy triste y solía llorar todos los días”, nos cuenta Kedeja, recordando el tiempo de separación entre ella y sus hijos.

El reencuentro

Hablamos en pasado de la tristeza porque a veces, las cosas cambian. Para Kedeja todo cambió cuando se produjo la reunificación con sus dos hijos, Meslah y Assad, que llegaron a Dolo en agosto y pudieron encontrar a su madre gracias a Save the Children.

“Lloré, lloré mucho pero esta vez era la alegría la que me hacía llorar. Nunca creí que volvería a verles”, cuenta Kedeja. “Agradezco mucho a las personas de Save the Children haber hecho el esfuerzo para ayudarme a reunirme con ellos”.

“Estábamos con nuestra abuela, pero cuando murió no teníamos ningún sitio donde ir”, nos cuenta Meslah. “Siempre tuve la esperanza de que volvería a encontrarme con ella algún día. Cuando llegamos a Dolo, le dijimos a la gente del campo que queríamos encontrar a nuestra madre. Después de unos días nos trajeron al campo de Boqolmayo y encontramos a nuestra madre. Me puse muy contento de verla de nuevo, muy feliz”, insiste Meslah, que tiene ahora 16 años.
“Quiero recibir educación aquí y algún día convertirme en médico”, continúa Mesah.

El programa de protección de Save the Children ayuda a buscar y reunificar en los campos a los niños y niñas que han sido separados de sus familias. También hemos establecido un Comité de Protección en los campos en los que los miembros son los propios refugiados y que no solo se ocupan de ayudar a la reunificación sino que también protegen a los niños y niñas de cualquier peligro.

La tercera calamidad: llega la lluvia a Mogadiscio

19 de Octubre de 2011 | 3:45 pm

Han empezado las lluvias. En un país agotado por la sed, donde miles de personas y una gran cantidad del ganado ha muerto como consecuencia de la sequía, podrías pensar que la llegada de la lluvia es la mejor noticia que pueden recibir.

Y nuestra oficina de Somalia es todo un hervidero de actividad – pero no porque lo estemos celebrando.

Mientras que la lluvia será muy bien recibida en muchas áreas de la región, en Mogadiscio estamos organizando con urgencia una nueva respuesta: la de las lluvias y las consecuentes inundaciones.

Triple calamidad

Las paredes de nuestra oficina ya estaban cubiertas con mapas de Somalia y las rutas de acceso. El coordinador de nuestro equipo sobrevive a base de una dieta de cigarros y este que me estoy tomando, ya es el cuatro café del día.

Todo el mundo está agotado. La de Somalia ya es una triple calamidad – sequía, después las inundaciones y, por encima de todo, el constante estado de guerra.

Y son las personas que viven en los campos las que se encuentran al borde de la supervivencia.

Los campos

Los campos en Mogadiscio se denominan campamentos para desplazados internos. Estas personas han huido des sus hogares, temiendo su seguridad o desesperados por encontrar algo para comer o, en el peor de los casos, empujados por ambas situaciones.

Las familias vienen a Mogadiscio con la esperanza de encontrar algo –un poco de comida, agua limpia o un lugar seguro donde sobrevivir. Los buenos sitios ya están cogidos –hay edificios, casas y tiendas improvisadas. Hay otro terreno cerca, en peores condiciones pero que, de igual modo, ya está cogido por aquellos que no pueden permitirse los edificios, las casas ni las tiendas.

El único espacio que queda libre para vivir es donde nadie quiere ir. Son las tierras más bajas, con tendencia a inundarse o bien en las fueras de los asentamientos, siempre los más peligrosos.

O puede ser un lugar donde se junten todas las peores condiciones, con el campamento de Sigale, peligroso y localizado en un lugar en donde las inundaciones son una amenaza. Pero estás desesperado y te vas a quedar.

Ahora han llegado las lluvias y ya se han apoderado del campo, que ya está completamente rodeado por un remolino de agua y barro.

Las letrinas se han inundado y todo está sucio. Tus hijos todavía juegan porque son niños, pero juegan en una agua demasiado sucia que probablemente les hará ponerse enfermos.

No tienes ningún sitio donde lavarte las manos, hacer la comida y mucho menos lavar la ropa. Es peligroso y además es indigno. Y lo mismo seguirá ocurriendo durante todo el mes, porque ese es el tiempo que duran aquí las lluvias.

Es solo cuestión de tiempo que las enfermedades transmitidas por el agua empiecen a extenderse. El terreno está fértil: el lugar está mugriento y sobrepoblado.

Los niños y las niñas ya están muy débiles por la falta de comida, mucho más susceptibles frente a las enfermedades.

Hay mucho trabajo por hacer durante este mes, que se suma a la respuesta a la crisis alimentaria. Podemos intentar reconducir el agua, ayudar a drenarla fuera del campo, traer la mayor cantidad de suplementos sanitarios frente a la transmisión de enfermedades, etc.

Mogadiscio está catalogada como “la ciudad más peligrosa de la tierra”. Resulta paradójico pensar que incluso la lluvia –que tanto se ha esperado en el país y en todo la región- haya pasado a ser una brutal amenaza.

En Mogadiscio

14 de Octubre de 2011 | 6:23 pm

Un compañero recién llegado a Somalia comparte con todo detalle y sinceridad sus sensaciones durante su trabajo en terreno. Durante estos días compartiremos sus post porque nos parece importante recordar que detrás de organizaciones como la nuestra hay un montón de personas que trabajan muy duro pero que, sobre todo, sienten.

Este era mi primer viaje a Mogadiscio. Un avión pequeño, apenas 25 asientos. Una hora y media de vuelo en un día bastante nublado. Empezamos a descender y empiezo a ver el mar. La playa desde arriba parece increible. Preciosa, arena blanca, agua totalmente azul. Pero desierta.

Los aviones patrullan la costa. Helicópteros y aviones caza. Casi se puede palpar el peligro con las manos.

Nos esperan en el aeropuerto y, en un coche, nos llevan al hotel. Guardas armados nos escoltan detrás de nuestro coche. Las carreteras, igual que la playa, están totalmente desiertas.

Los edificios se levantan y se caen a ambos lados – todos están agujereados, algunos se mantienen en pie a duras penas. Las balas y las bombas marcan todo lo que alcanzo a ver.

Me han dado un chaleco antibalas pero se por experiencia que es mucho más dificil hablar con las familias y los niños con una barrera tan evidente como un chaleco antibalas. Decido no llevarlo.

Nuestro hotel está muy vigilado. Nos reunimos con el coordinador de terreno y con miembros de una de las asociaciones locales con las que trabajamos en Mogadiscio, El Centro para la Paz y la Democracia. Nos informan de todo meticulosamente, no podemos cometer errorres en un ambiente tan peligroso como el que vive actualmente la ciudad.

Compartimos oficina con el Centro para la Paz. No hay ningún signo, ningún cartel que indique que trabajamos allí. De nuevo, razones de seguridad.

Nuestros documentos no llevan logo, nuestras camisetas tampoco. Y sin embargo, todo los compañeros y compañeras trabajando aquí siguen los valores y la misión de Save the Children hasta en el detalle más insignificante.

El fantasma de la violencia

Después de comer, nos dirigimos hacia los campos de desplazados. Una visión desgarradora. Pequeños y abarrotados. Apenas hay espacio para respirar. He estado en muchos campos de desplazados antes, pero los de aquí son diferentes. El fantasma de la violencia y de la gerra está por todas partes.

Las familas viven en minúsculas chozas levantadas con restos de ropa y ramas de los árboles. Algunas de las chozas se han reforzado con mosquiteras. Pero muy pocas tienen lonas de plástico, lo que significa que no tienen ninguna protección frente a las lluvias.

En cada choza, las familias disponen de los utensilios más básicos y, solo quizás, una alfombra sobre la que dormir. Los niños están muy sucios. No hay suficiente agua para beber o para asearse. Todas las caras que me encuentro parecen agotadas de la lucha constante por sobrevivir aquí, en Mogadiscio.

En seguida puedes ver los reveladores signos de la falta de agua. Heridas en la piel que se infectan porque no hay agua para limpiarlas. Ya se han identificado muchos casos de sarampión y diarrea.

Hablar con las familias

Empecé mi trabajo hablando con los hombres y mujeres del campo de desplazados. Les hago las entrevistas con muchas preguntas: de dónde traen el agua, cuánta agua consiguen traer, cuánta necesitan, cuanto tienen, donde hacen sus necesidades, qué utilizan para recoger el agua, si se lavan las manos…

El trabajo aquí está en proceso, pero es dolorosamente lento. Y hay mucho que hacer. El agua y la comida son las preocupaciones principales. Supervivencia básica. No podemos pensar siquiera en ayudar a esta gente a prosperar- por ahora ayudarles a sobrevivir es nuestra principal preocupación.

Transmitir su desesperación

Las personas con las que hablo no dudan en expresar su desesperación. Me cuentan que vinieron a Mogadiscio porque no tenían agua en sus poblados. La mayoría llegan aquí tras días y días andando.

Hay muy poca verdura para comprar aquí. Con las mismas estructuras que utilizan para los hogares, se han levantado también pequeñas tiendas en las que apenas se venden uno o dos tipo de verduras. La gente no compra una pieza entera de verdura, todo se compra por partes.

Ataque bomba

Mientras andamos veo como un niño se esconde. Al ver a los guradias que van detrás de nosotros, con su armas, el niño echa a correr. Los guardias van con ropa normal pero sus armas, sin duda, tienen el efecto de un uniforme.

Nos vamos hacia el hotel justo antes del atardecer.

A la mañana siguiente salimos muy temprano. Todo está muy tranquilos y las calles desiertas. Siento como si Mogadiscio estuviera inspirando fuerte, como si la ciudad estuviera relajándose.

No me imaginaba por qué. Pasamos delante de edificios gubernamentales, con colas de estudiantes esperando para recoger las notas de examenes. Pocos minutos más tarde estamos despegando en el avión.

Y apenas media hora después, una bomba explota cerca del mismo edificio gubernamental donde había tanta gente esperando. Más de 100 personas muertas, entre ellas, los estudiantes.

“En su mirada ves tristeza profunda pero una gran determinación”

18 de Agosto de 2011 | 10:11 am

Nuestra compañera Lourdes acaba de llegar de Kenia después de estar allí ofreciendo apoyo en la respuesta a la emergencia del Cuerno de África. Desde allí nos escribió para describirnos la situación.

Les ví llegar en una carretilla. La empujaba un hombre joven, sobre ella una mujer excepcionalmente guapa, como la mayoría de las somalíes, y extremadamente delgada con un niño en brazos. Se pusieron en fila para recibir alimentos hasta que puedan registrarse en el campo de refugiados. Me llamó la atención cómo el papá jugaba a levantar la carretilla para hacer reír a su bebé. Un pequeño juego y una gran sonrisa en mitad de tanta tragedia. No pude evitar acercarme a hablar con ellos, a preguntarles por su historia. Quince días caminando, quince días empujando una carretilla para traer a su mujer, que no tiene movilidad en las piernas, y su bebé de dos años hasta Dadaab.

Hubi ha llegado sola con sus seis hijos. Perdió a dos en tan sólo un mes y decidió escapar de la sequía y el hambre. Su marido es un hombre mayor y no ha podido completar el camino. Se tuvo que quedar en uno de los pueblos por los que pasaron y espera que se reúna pronto con ella.

Afortunadamente no está sola, en Dadaab se ha encontrado con familiares que la van a ayudar a levantar una pequeña choza en la que se refugiará con sus hijos hasta que pueda registrarse en uno de los tres campos de refugiados. Un proceso que llevaba dos semanas y que ahora se ha ampliado hasta cuatro por el gran número de refugiados que están llegando hasta aquí.

Nathifa tiene 26 años y ha llegado hasta aquí con su marido y sus cuatro hijos. Comenzó el viaje con cinco pero a su bebé se le escapó la vida por el camino. Faduma perdió a su marido en Somalia y hizo el viaje sola con sus siete niños, dos de ellos nunca llegaron a Dadaab.

En este rincón del Cuerno de África, todos y cada uno de los 16.000 refugiados que esperan en las afueras de los campos a ser registrados tienen una historia triste que contar. Como si no fuese suficiente que lo hayan perdido todo, sus cultivos y su ganado, que hayan tenido que abandonar su hogar, su tierra, sus raíces, que hayan tenido que viajar durante días y noches interminables sin casi agua o alimentos, la mayoría además ha vivido la tragedia la perder a algún hijo por el camino, algunos incluso al llegar a Dadaab, cuando pensaban que lo peor ya había pasado.

Cuando estás sentada a su lado sobre la tierra ocre, escuchando sus historias, no puedes llorar. En cierto modo es como si no tuvieses derecho porque ellas no lloran. En su mirada ves una tristeza profunda pero también una gran determinación. Tienen que ser fuertes para el resto de sus hijos, que se abrazan a ellas buscando refugio, el mismo que ellas han venido a buscar a Dadaab.

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Kenia: en busca del agua, debajo de la tierra

10 de Agosto de 2011 | 1:52 pm

Nuestro compañero Mark nos escribe desde Kenia. Mark es especialista en agua y saneamiento y, en cada emergencia, se ocupa de aconsejar y planificar nuestra respuesta para llevar agua limpia a las comunidades y las personas afectadas.


Mejorar el acceso al agua en el norte de Kenia no es una propuesta sencilla: en este momento, los ríos y arroyos sencillamente no existen y cuando la lluvia finalmente llegue es probable que lo haga en forma de inundaciones.

El agua es la segunda prioridad para cada persona con la que he hablado en el norte de Kenia. Primero está la comida. Pero incluso las soluciones vienen acompañadas de problemas. Perforar el suelo, por ejemplo, requiere permisos gubernamentales que llegan a un ritmo excesivamente lento y muy a menudo provocan conflictos entre clanes rivales. Los recursos hídricos valen mucho y, por tanto, son el origen de muchos encuentros violentos.

A menudo las bombas y generadores están estropeados o los comités necesitan diesel, por lo que, incluso si la gente consigue lo que quiere, ayudarles a gestionar lo que tienen resulta todavía esencial.

¿Cuando llegarán las lluvias?

Estoy en Nairobi después de realizar una serie de valoraciones en Wajir oriental, un área fuertemente afectada por la actual sequía en la región. Esta zona de Kenia es muy llana de manera que calcular e incrementar la cantidad de agua de lluvia recogida a través de recipientes de almacenamiento de agua no será fácil sin un estudio topográfico serio e incluso de este modo, no dejo de preguntarme: ¿cuándo va a llegar realmente la próxima lluvia?

Pararse y guardar algo del agua del río en su curso natural puede ser posible, sin embargo, tenemos que tener en mente las necesidades de la gente que vive río abajo. Las presas en las subsuperficie ya han sido cavadas, creando corrientes de agua subsuperficiales.

Alrededor de la ciudad de Wajir, el agua subterránea está curiosamente demasiado próxima a la superficie, a pesar de que el nivel ha disminuido gradualmente en los últimos meses. Consecuentemente se van formando un montón de pozos naturales que ha hecho que la gente de las zonas colindantes se haya trasladado a la ciudad. Trabajando y elaborando propuestas con los directamente implicados, hemos encontrado una forma de reforzar la resiliencia de esta comunidad: junto con ellos, identificaremos los pozos superficiales más estratégicos y pagaremos para cavar un poco más hondo y lograr sacar más agua a la superficie.

Trabajando sin parar

Distribuir agua a través de camiones tanque es siempre el último recurso ya que resulta totalmente insostenible. Sin embargo, en una de las zonas que visitamos con el equipo, Barjenai, la gente ha llegado con los animales dado que el estanque era la única fuente en millas a la redonda. Los animales no sobrevivirían otro viaje más y el estanque ya se está secando. Así que, en este caso, transportar el agua puede ser la única vía para evitar la catástrofe.

Veo como mis compañeros trabajan sin parar y no me cabe duda de que muchos niños y niñas están vivos hoy gracias a sus esfuerzos. En la ciudad de Wajir, Hasan, unos de los compañeros que trabaja al norte del país estaba en la ciudad para una sesión de planificación. “En mi familia eran pastores pero hace unos años decidimos establecernos en Elwak y buscar un trabajo”, me comentaba. “Nos dimos cuenta de que el calentamiento global estaba haciendo muy difícil nuestra vida. Imposible, más bien”.

A través del Convenio AECID de ayuda humanitaria estamos trabajando en reforzar los servicios sanitarios de atención primaria para las comunidades afectadas por la sequía en el distrito de Mandera occidental.

Somalia: Aisha, Mohammed y la esperanza

5 de Agosto de 2011 | 1:37 pm

Nuestra compañera Rachel Palmer escribe desde Somalia.

Es horrible admitirlo pero después de pasar dos semanas en Bosasso, Puntlandia, escuchando un montón de historias horribles y viendo la imagen de cientos y cientos de niños con desnutrición, llega un punto en que empiezas a acostumbrarte.
Si quieres hacer bien tu trabajo no te queda más remedio que asimilar poco a poco lo que oyes, lo que ves.
Así era hasta hoy.

Hoy conocí a una pequeña de apenas 4 meses que sufre desnutrición severa. Aisha. Empecé a hablar con la que creía que era su madre, Faouma, que la sujetaba en brazos en la clínica mientras me contaba la sucesión de acontecimientos que la llevaron a traer a Aisha hasta el centro.
De pronto se hizo evidente que la joven no era en realidad la madre de Aisha. Me contó que su madre murió el día después de dar a luz a Aisha. Murió a causa del intenso sangrado que sufrió en su casa, una choza en uno de los campos de desplazados internos de Bosasso.

Aisha entró en la clínica de estabilización el 30 de julio pesando apenas 2 kg y con complicaciones más allá de la desnutrición severa que sufre.

Faouma era amiga y vecina de la madre de Aisha y cuando murió ya le había prometido que cuidaría de su bebé. Faouma ya tiene 9 hijos. Dejó de dar el pecho al más pequeño para poder alimentar a Aisha, que ha estado enferma desde que nació.

Pensaba que esto ya era suficientemente desgarrador y me estaba costando mucho contener las lágrimas. No podía evitar pensar que le iba a deparar a Aisha el futuro en un país donde 1 de cada 4 niños mueren antes de su quinto cumpleaños y donde sólo el 17% de la población sabe leer y escribir.

Inmediatamente después de esta conversación, la realidad golpea de nuevo. El médico trajo a la sala al pequeño Mohammed, de casi 2 años. Era el hermano de Aisha, al que cuidaba otro vecino y que también había sido admitido en la clínica. También sufría desnutrición y apenas pesaba poco más de 6 kg.

Imagina

29 de Julio de 2011 | 2:01 pm

Imagina que vives en un pueblo rural con tu familia. Lo primero que haces al levantarte cada día es mirar al cielo y buscar una nube cargada de agua. El aire es espeso y caliente y sientes cómo las partículas de arena se te pegan en la piel, en los ojos, en el paladar. Un año más de sequía, van demasiados ya. Has perdido seis vacas y ocho cabras por falta de alimento. Llevas meses intentando engañar el hambre de tus hijos con una comida al día pero no pueden continuar así. Estás totalmente desesperado y no tienes a dónde ir.

Vendes el poco ganado que te queda aunque está en tan mal estado que a penas te dan nada por él. Con el poco dinero que consigues compras alimentos y te pones en marcha. Caminas durante 23 días con toda tu familia, aprovechando las noches para engañar a la sed. Tu objetivo es llegar a un lugar donde te han contado que te pueden ayudar. Ese lugar se llama Dadaab. Es el campo de refugiados más grande y más antiguo del mundo. Y esta es la historia de las más de las más de 1.200 personas que están llegando diariamente hasta este lugar, a 90 kilómetros de la frontera con Somalia.

El camino hacia Dadaab está salpicado de cadáveres de animales. Una señal inequívoca de que el agua y la vida están directamente relacionados. La tierra es de color rojo y el sol implacable, a pesar de que esta no es la época del año más cálida. Osman un hombre de 35 años llegó aquí con su mujer Amina, de 23, hace cuatro semanas. El tiempo que tardaron en registrarlos como refugiados. Perdieron a uno de sus cinco hijos en el camino. Les conocí en el hospital de IFO, uno de los tres campamentos que juntos son conocidos como Dadaab. Cuando llegué acababan de bañar a su hija Yusra de 14 meses que llegó hasta aquí deshidratada y desnutrida.

En todo el Cuerno de África las sequías prolongadas de los últimos años están obligando a las familias a abandonar sus hogares en busca de ayuda. En toda la región diez millones de personas dependen de la ayuda humanitaria para sobrevivir. Solo a Dadaab, desde enero de 2011 han llegado más de 60.000 personas, aproximadamente 40.000 son niños y niñas. La mayoría llegan descalzos y tan sólo con lo que tienen puesto y un 17% sufren malnutrición severa. Desde Save the Children estamos trabajando para mitigar las necesidades más inmediatas de los niños, niñas y sus familias en la región proporcionándoles alimentos, agua potable, medicinas y atención sanitaria.

Osman y Amina nos despidieron con la esperanza de que Yusra se recupere para poder verla crecer y compartir su vida con ella. Las familias que llegan a Dadaab solo quieren una cosa, que sus niños sobrevivan. No desean que se conviertan en médicos o abogados, ni siquiera que les cuiden cuando sean mayores, sólo quieren verles crecer.

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La sequía y la guerra: la lucha por vivir en Somalia

13 de Julio de 2011 | 2:25 pm

Sonia Zambakides, es la responsable de Emergencias en Somalia.

“Esta sequía nos ha dejado en la miseria y la guerra se ha llevado lo poco que nos quedaba”, me contaba la joven Habiba, de 28 años, al llegar a Bosaso, al norte de Somalia.

Habiba había viajado durante 8 días en un camión lleno de gente desde Mogadishu con dos de sus hijos: Mona, que tiene 3 años, e Ismael, que solo tiene 3 meses. Todos sufren desnutrición severa. Habiba ya no puede alimentar a su bebe Ismael porque ha dejado de dar leche y el pequeño ha estado enfermo con vómitos y diarrea desde que nació.

Habiba tiene un tercer hijo que se llevó su abuela. Ellos también huyeron. Lo último que Habiba supo de ellos fue que estaban en una ciudad en el centro de Somalia hace dos semanas y desde entonces no tiene idea de donde están ni de si están bien.

Los robos

Habiba se las había apañado para reunir 40 dólares y tener algo para huir hacia Bosaso. Su marido había sido asesinado en Mogadishu y no era seguro seguir allí. Nos contó que se había gastado todo el dinero en viaje en camión y que no le quedaba nada para comprar comida para ella y sus hijos.

Durante el trayecto, el camión tenía que parar constantemente por los grupos militares y los  que viajaban veían como les robaban lo poco que les quedaba. Y mientras, cada vez que el camión paraba, Habiba se dedicaba a pedir a la gente comida y agua, aún a sabiendas de que corría el riesgo de ser arrestada o detenida.

La explosión

Pero el viaje cada vez iba a peor. Cuando llegaron a las afueras de Galkayo, una ciudad que bordea Somalia central y Puntland, el camión explotó. Habiba nos mostró las quemaduras en todo su brazo y pierna derecha; cuando el camión empezó a arder, ella estaba en la cabina del camión y le llegaron todas las llamas. No ha recibido ningún tratamiento para sus quemaduras y no puede permitirse una visita al hospital o comprar medicamentos. Cuando llegó a Bosaso, su ropa estaba quemada y hecha pedazos y tampoco tenía ropa para cambiar a sus hijos.

Tristemente, Habiba es solo una de las muchas personas que están llegando desde otras partes de Somalia, totalmente hundidos en la miseria, desesperados por encontrar un lugar seguro para sus familias. Han perdido su cosecha, su ganado y no tienen dinero. Están luchando para poder sobrevivir con apenas una comida al día o sin comer en todo el día.

Cuando llegaron aquí, las cosas no estaban mucho mejor en los campos de refugiados. La gente está viviendo en muy malas condiciones. No hay letrinas o instalaciones para lavarse, muchas de las viviendas están hechas de cartón y piezas de chapa.

Muchas de las mujeres intentan encontrar trabajo ocasional como limpiadoras o cocineras, para ganar dinero y poder alimentar a sus familias. Eso significa que tienen que dejar a sus hijos solos todo el día, los mas mayores cuidando de los más pequeños.

“Estoy contenta de estar en un lugar donde hay paz y no más disparos y bombas”, añade Habiba. “Ahora necesito encontrar un lugar para vivir e ingresos para poder dar de comer a mis hijos.”

Save the Children está alimentando a más de 9.000 niños y niñas en los 60 centros de alimentación que tenemos establecidos en Somalia central y Puntland, pero necesitamos expandir nuestro trabajo para ofrecer comida para las madres y sus hijos, refugio y atención sanitaria, y educación y protección para aquellos niños que están solos todo el día cuidando de sus hermanos.

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Respondiendo a la crisis en el cuerno de África

11 de Julio de 2011 | 12:45 pm

Matt Croucher, Director de Programas en África Oriental, nos escribe desde Kenia.

Recuerdo muy bien conducir por Isiolo, Kenia, durante la sequía del año 2006 y ver como el paisaje se llenaba de esqueletos del ganado muerto y la imagen de los niños con desnutrición.

Parece imposible creer que el paisaje ahora pueda ser peor.

Es fácil subestimar el trauma emocional que supone para los pastores perder a sus animales. Y sin embargo es muy usual ver a familias, y particularmente hombres, devastadas por la pérdida de su ganado.

El ganado representa para los pastores su estatus económico y social. Tradicionalmente, los poblados y las comunidades han sido establecidos en torno a los animales e incluso las canciones que interpretan tienen que ver con las historias de sus animales. Representan la estructura fundamental de la comunidad al tiempo que representan el aporte de nutrientes para sus hijos.

En tiempos de sequía crónica, se lleva al poco ganado que quede en busca de pastos y agua. Las mujeres y los niños se quedan pero, sin los animales, han perdido su principal fuente de alimento.

La cara humana de la crisis

Por supuesto, el protagonismo de esta crisis no lo acaparan los animales sino las personas. El número de niños con desnutrición o con riesgo de sufrirla es tremendamente trágico. Al mismo tiempo, resutlta impresionantemente reconfortante ver como los niños con desnutrición se ponen mejor después de recibir tratamiento.

La situación es ya crítica en África oriental pero el punto álgido todavía está por llegar. Sin ninguna expectativa de lluvias para los próximos meses, no habrá ninguna mejora en lo que respecta a seguridad alimentaria o disponibilidad de agua. Uno de nuestros mayores retos viene dado por la tremenda complicidad de la situación. Lo que estamos viendo podría compararse con la aguja de un reloj en una situación crónica que oscila entre años buenos y años malos.

No es solo la falta de lluvias sino que es también el cambio climático, la falta de infraestructura, el crecimiento de la población, la falta de educación, el mal gobierno y la subida de los precios de los alimentos. La falta de lluvias ha llevado a la gente que ya era muy vulnerable a un estado de emergencia terrible.

Esta emergencia empezó para nosotros hace muchos meses. Ha costado mucho hacerla pública, ha sido todo muy lento. En enero publicamos el primer aviso de emergencia. En una región que se enfrenta tan a menudo a la sequía es muy difícil hacer llegar el mensaje de que este año está siendo mucho, mucho peor.

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