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Dejando Mauritania, la vuelta a otra realidad

3 de Septiembre de 2012 | 1:26 pm

Mañana de madrugada volvemos a Madrid. Vuelta a un calor menos calor que el de Mauritania y a escuchar hablar de la crisis sin descanso. Algunos amigos me preguntarán qué sentido tiene trabajar en Mauritania cuando en España tenemos el panorama que tenemos. No intentaré convencerles de que están equivocados, porque no creo que lo estén. Es cierto que nuestros niños se están viendo afectados por la crisis. La pobreza infantil se ha incrementado en un 10% desde 2008 en España. Pero los niños de Mauritania son tan niños como los nuestros y tienen tan poca responsabilidad sobre crisis económicas o alimentarias como los nuestros.

Nuestra fundadora, una señora inglesa llamada Eglantine Jebb y, definitivamente, una mujer de bandera adelantada a su tiempo creo Save the Children para ayudar a los niños afectados por la primera guerra mundial. Algunos la criticaban por ayudar a los niños de los países enemigos. Pero Eglantine entendía que los niños son niños independientemente de su origen, de su religión, de su nacionalidad o de la orientación política de sus padres.

No sólo no tienen responsabilidad sobre las crisis o los conflictos generados por los adultos sino que, además, son los más vulnerables ante ellos. Por eso trabajamos en España, en Mauritania, en Perú, en Filipinas, y en más de 120 países por la defensa de los derechos de los niños y las niñas. Porque los niños, son niños. Punto.

“Pasar hambre es una enfermedad en si misma”

18 de Julio de 2012 | 3:28 pm

Estamos sentados en el patio de la familia Torodo, cerca de Tangpooré, en el distito de Kaya (Burkina Faso), y estas son las palabras de Passiba Todoro. Generaciones y generaciones de su familia han vivido en esta tierra.

Le acabo de preguntar si sus hijos están enfermando por no tener nada para comer. Las canas en la barba de Passiba le dan un toque de gracia. A lo largo de su vida ha pasado por más de una crisis y cuando habla, todos los que están en el patio escuchan.

“Todos sabemos muy bien que vender el ganado es solo una solución a corto plazo, pero no tuvimos otra elección”.

De las vacas, cabras y ovejas de toda la familia, solo quedan nueve; en el mercado se han vendido 40 cabezas de ganado con el único objetivo de tener dinero para comprar comida. Vender el ganado es un típico y negativo mecanismo de supervivencia para aquellos que pasan hambre – y ese es el caso de la familia Todoro.

El hermano pequeño de Passiba, Adama, tiene dos mujeres; con una de ellas ha tendido ocho hijo y seis con la otra. Solamente en su familia suman 17 personas.

El patio está lleno cuando nos sentamos a la sombra de un árbol para hablar sobre la crisis alimentaria. El patio está rodeado por tres casas y en el centro se ha reunido un grupo de gente, además de un burro, una vaca y unas cuantas gallinas corriendo alrededor.

Justo en frente de la fachada de una de las casas está sentada una de las mujeres de Adama, que está preparando la comida para hoy. Por la puerta sale su hija pequeña, Nemata, que tiene cuatro años.

“Hago pasteles de barro y recojo agua”, me cuenta Nemata cuando le pregunto como pasa el día. Después continúa explicándome que apenas hay diferencia entre la comida y la cena; ambas consisten en un poco de sorgo con salsa hecha con las hojas del baobab.

“A veces no como suficiente”, me dice Nemata con la voz notablemente más baja.

Plantando semillas en espera de la lluvia.

En un año normal, la familia habría vendido parte de su cosecha en el mercado. Este año, ni siquiera tienen suficiente cultivo para su propio consumo.

La estación de descanso -el período que separa a dos cosechas- está siendo inusualmente malo este año debido a la sequía del año pasado. No había nada que cosechar. Y luego la estación de descanso empezó temprano y las lluvias llegaron tarde. Al final, todo esto se traduce en que la familia Torodo está pasando hambre.

“Ya hemos plantado semillas con la esperanza de que llegue la lluvia”, nos cuenta Adama.

La más pequeña de 14 hijos, Allaye, empieza a mostrar signos de desnutrición y necesita recibir atención médica.

En uno de los 52 centros de Save the Children en el distrito le estamos ofreciendo tratamiento gratuito, como a todos los niños y niñas menores de 5 años.

Pero si el mayor de sus hijos se pone enfermo, Adama tendrá que elegir entre gastar el poco dinero que tiene en medicamentos para uno de sus o alimentos básicos para el resto de la familia.

Afortunadamente, ese supuesto todavía no se ha dado pero, con toda probabilidad, lo peor está todavía por llegar. La mayoría predicen que lo peor de la actual crisis alimentaria en Sahel llegaré a finales de este mes de julio y agosto.

Adama medita unos segundos antes de responderme a cuáles son sus predicciones para las próximas semanas. “Si la lluvia no llega, va a ser muy duro”.

La entrada ha sido escrita por nuestro compañero en Hedinn Halldorsoon, que trabaja en el equipo de comunicación en emergencias.

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“No soy doctor, soy Nassirou”

12 de Julio de 2012 | 12:19 pm

Un coche acaba de llegar a toda velocidad. Desde dentro aparece un hombre que ayuda a salir a una madre con un bebé en sus brazos. El pequeño está muy débil.

Estamos en Aguie, en el centro de estabilización de Save the Children en la región de Maradi, al sur de Níger. Aquí llegan los casos de los niños y niñas con desnutrición severa que necesitan ayuda urgente.

El hombre comienza con el proceso. Lo primero, una silla para que la madre se siente; recoge una ficha con el historial médico del pequeño, le registra, le mide, le pesa en una báscula. Comprueba el tipo de desnutrición que le ha traído hasta aquí y las complicaciones que la enfermedad han podido provocar en su salud.

El hombre no cede ni un segundo de concentración pero todo lo hace con un cuidado fascinante. Nassirou, el hombre al que llevo observando un buen rato, es compañero y responsable sanitario de este centro.

- “Hola doctor, encantado de conocerle”, me presento.
- “No soy doctor, soy Nassirou”, me responde, al tiempo que su gesto de concentración se torna en una acogedora sonrisa.

Nassirou es uno de nuestros trabajadores sanitarios, contratados localmente y formados por Save the Children. Su trabajo consiste en recoger de las pequeñas clínicas rurales a los niños y niñas con desnutrición severa para traerles al centro de estabilización y tratar la enfermedad.

Pero más que un trabajo, lo de Nassirou es una forma de estar en el mundo, de compromiso con su país. Con su gente.

“Hago este trabajo porque las mujeres y los niños de mi país están sufriendo y necesitan ayuda. Y lo hago 24 horas al día cuando hace falta. Es mi responsabilidad como nigerino. Si hay organizaciones extranjeras que vienen a aquí a ayudar, también nosotros mismos tenemos que ayudarnos los unos a los otros”, me explica Nassirou.

En una emergencia alimentaria, la labor de los trabajadores sanitarios locales es imprescindible. Solo gracias a ellos podemos llegar a los niños y niñas que padecen desnutrición severa en los poblados más alejados.

Y solo gracias a tu ayuda podemos apoyar su trabajo.

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Somalia: Aisha, Mohammed y la esperanza

5 de Agosto de 2011 | 1:37 pm

Nuestra compañera Rachel Palmer escribe desde Somalia.

Es horrible admitirlo pero después de pasar dos semanas en Bosasso, Puntlandia, escuchando un montón de historias horribles y viendo la imagen de cientos y cientos de niños con desnutrición, llega un punto en que empiezas a acostumbrarte.
Si quieres hacer bien tu trabajo no te queda más remedio que asimilar poco a poco lo que oyes, lo que ves.
Así era hasta hoy.

Hoy conocí a una pequeña de apenas 4 meses que sufre desnutrición severa. Aisha. Empecé a hablar con la que creía que era su madre, Faouma, que la sujetaba en brazos en la clínica mientras me contaba la sucesión de acontecimientos que la llevaron a traer a Aisha hasta el centro.
De pronto se hizo evidente que la joven no era en realidad la madre de Aisha. Me contó que su madre murió el día después de dar a luz a Aisha. Murió a causa del intenso sangrado que sufrió en su casa, una choza en uno de los campos de desplazados internos de Bosasso.

Aisha entró en la clínica de estabilización el 30 de julio pesando apenas 2 kg y con complicaciones más allá de la desnutrición severa que sufre.

Faouma era amiga y vecina de la madre de Aisha y cuando murió ya le había prometido que cuidaría de su bebé. Faouma ya tiene 9 hijos. Dejó de dar el pecho al más pequeño para poder alimentar a Aisha, que ha estado enferma desde que nació.

Pensaba que esto ya era suficientemente desgarrador y me estaba costando mucho contener las lágrimas. No podía evitar pensar que le iba a deparar a Aisha el futuro en un país donde 1 de cada 4 niños mueren antes de su quinto cumpleaños y donde sólo el 17% de la población sabe leer y escribir.

Inmediatamente después de esta conversación, la realidad golpea de nuevo. El médico trajo a la sala al pequeño Mohammed, de casi 2 años. Era el hermano de Aisha, al que cuidaba otro vecino y que también había sido admitido en la clínica. También sufría desnutrición y apenas pesaba poco más de 6 kg.

La sequía y la guerra: la lucha por vivir en Somalia

13 de Julio de 2011 | 2:25 pm

Sonia Zambakides, es la responsable de Emergencias en Somalia.

“Esta sequía nos ha dejado en la miseria y la guerra se ha llevado lo poco que nos quedaba”, me contaba la joven Habiba, de 28 años, al llegar a Bosaso, al norte de Somalia.

Habiba había viajado durante 8 días en un camión lleno de gente desde Mogadishu con dos de sus hijos: Mona, que tiene 3 años, e Ismael, que solo tiene 3 meses. Todos sufren desnutrición severa. Habiba ya no puede alimentar a su bebe Ismael porque ha dejado de dar leche y el pequeño ha estado enfermo con vómitos y diarrea desde que nació.

Habiba tiene un tercer hijo que se llevó su abuela. Ellos también huyeron. Lo último que Habiba supo de ellos fue que estaban en una ciudad en el centro de Somalia hace dos semanas y desde entonces no tiene idea de donde están ni de si están bien.

Los robos

Habiba se las había apañado para reunir 40 dólares y tener algo para huir hacia Bosaso. Su marido había sido asesinado en Mogadishu y no era seguro seguir allí. Nos contó que se había gastado todo el dinero en viaje en camión y que no le quedaba nada para comprar comida para ella y sus hijos.

Durante el trayecto, el camión tenía que parar constantemente por los grupos militares y los  que viajaban veían como les robaban lo poco que les quedaba. Y mientras, cada vez que el camión paraba, Habiba se dedicaba a pedir a la gente comida y agua, aún a sabiendas de que corría el riesgo de ser arrestada o detenida.

La explosión

Pero el viaje cada vez iba a peor. Cuando llegaron a las afueras de Galkayo, una ciudad que bordea Somalia central y Puntland, el camión explotó. Habiba nos mostró las quemaduras en todo su brazo y pierna derecha; cuando el camión empezó a arder, ella estaba en la cabina del camión y le llegaron todas las llamas. No ha recibido ningún tratamiento para sus quemaduras y no puede permitirse una visita al hospital o comprar medicamentos. Cuando llegó a Bosaso, su ropa estaba quemada y hecha pedazos y tampoco tenía ropa para cambiar a sus hijos.

Tristemente, Habiba es solo una de las muchas personas que están llegando desde otras partes de Somalia, totalmente hundidos en la miseria, desesperados por encontrar un lugar seguro para sus familias. Han perdido su cosecha, su ganado y no tienen dinero. Están luchando para poder sobrevivir con apenas una comida al día o sin comer en todo el día.

Cuando llegaron aquí, las cosas no estaban mucho mejor en los campos de refugiados. La gente está viviendo en muy malas condiciones. No hay letrinas o instalaciones para lavarse, muchas de las viviendas están hechas de cartón y piezas de chapa.

Muchas de las mujeres intentan encontrar trabajo ocasional como limpiadoras o cocineras, para ganar dinero y poder alimentar a sus familias. Eso significa que tienen que dejar a sus hijos solos todo el día, los mas mayores cuidando de los más pequeños.

“Estoy contenta de estar en un lugar donde hay paz y no más disparos y bombas”, añade Habiba. “Ahora necesito encontrar un lugar para vivir e ingresos para poder dar de comer a mis hijos.”

Save the Children está alimentando a más de 9.000 niños y niñas en los 60 centros de alimentación que tenemos establecidos en Somalia central y Puntland, pero necesitamos expandir nuestro trabajo para ofrecer comida para las madres y sus hijos, refugio y atención sanitaria, y educación y protección para aquellos niños que están solos todo el día cuidando de sus hermanos.

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