Estamos sentados en el patio de la familia Torodo, cerca de Tangpooré, en el distito de Kaya (Burkina Faso), y estas son las palabras de Passiba Todoro. Generaciones y generaciones de su familia han vivido en esta tierra.

Le acabo de preguntar si sus hijos están enfermando por no tener nada para comer. Las canas en la barba de Passiba le dan un toque de gracia. A lo largo de su vida ha pasado por más de una crisis y cuando habla, todos los que están en el patio escuchan.
“Todos sabemos muy bien que vender el ganado es solo una solución a corto plazo, pero no tuvimos otra elección”.
De las vacas, cabras y ovejas de toda la familia, solo quedan nueve; en el mercado se han vendido 40 cabezas de ganado con el único objetivo de tener dinero para comprar comida. Vender el ganado es un típico y negativo mecanismo de supervivencia para aquellos que pasan hambre – y ese es el caso de la familia Todoro.
El hermano pequeño de Passiba, Adama, tiene dos mujeres; con una de ellas ha tendido ocho hijo y seis con la otra. Solamente en su familia suman 17 personas.
El patio está lleno cuando nos sentamos a la sombra de un árbol para hablar sobre la crisis alimentaria. El patio está rodeado por tres casas y en el centro se ha reunido un grupo de gente, además de un burro, una vaca y unas cuantas gallinas corriendo alrededor.
Justo en frente de la fachada de una de las casas está sentada una de las mujeres de Adama, que está preparando la comida para hoy. Por la puerta sale su hija pequeña, Nemata, que tiene cuatro años.
“Hago pasteles de barro y recojo agua”, me cuenta Nemata cuando le pregunto como pasa el día. Después continúa explicándome que apenas hay diferencia entre la comida y la cena; ambas consisten en un poco de sorgo con salsa hecha con las hojas del baobab.
“A veces no como suficiente”, me dice Nemata con la voz notablemente más baja.
Plantando semillas en espera de la lluvia.
En un año normal, la familia habría vendido parte de su cosecha en el mercado. Este año, ni siquiera tienen suficiente cultivo para su propio consumo.
La estación de descanso -el período que separa a dos cosechas- está siendo inusualmente malo este año debido a la sequía del año pasado. No había nada que cosechar. Y luego la estación de descanso empezó temprano y las lluvias llegaron tarde. Al final, todo esto se traduce en que la familia Torodo está pasando hambre.
“Ya hemos plantado semillas con la esperanza de que llegue la lluvia”, nos cuenta Adama.
La más pequeña de 14 hijos, Allaye, empieza a mostrar signos de desnutrición y necesita recibir atención médica.
En uno de los 52 centros de Save the Children en el distrito le estamos ofreciendo tratamiento gratuito, como a todos los niños y niñas menores de 5 años.
Pero si el mayor de sus hijos se pone enfermo, Adama tendrá que elegir entre gastar el poco dinero que tiene en medicamentos para uno de sus o alimentos básicos para el resto de la familia.
Afortunadamente, ese supuesto todavía no se ha dado pero, con toda probabilidad, lo peor está todavía por llegar. La mayoría predicen que lo peor de la actual crisis alimentaria en Sahel llegaré a finales de este mes de julio y agosto.
Adama medita unos segundos antes de responderme a cuáles son sus predicciones para las próximas semanas. “Si la lluvia no llega, va a ser muy duro”.
La entrada ha sido escrita por nuestro compañero en Hedinn Halldorsoon, que trabaja en el equipo de comunicación en emergencias.