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La importancia de la comunidad antes y después de una emergencia

10 de Febrero de 2012 | 3:37 pm

Nuestra compañera Elisa Barbado nos escribe desde Honduras, que en octubre sufría las consecuencias del paso de la Depresión Tropical E-12.

Buenas de nuevo! Esta vez reportando desde Honduras!!
En esta ocasión, he tenido la oportunidad de viajar a este maravilloso país centro americano que desgraciadamente tuvo que sobrellevar las inundaciones provocadas por la Depresión Tropical E-12 el pasado octubre.

Save the Children España, gracias al apoyo financiero de la AECID, y junto a su organización hermana en Honduras, está gestionando un proyecto de respuesta a emergencias con especial énfasis en protección a la niñez y al acceso a la educación.

Entre las actividades que se están realizando está la creación de Espacio seguros y amigables para la infancia donde las niñas y los niños recuperan su derecho al desarrollo, al aprendizaje y al juego, a la vez que son acompañados a su recuperación psico-emocional después de la emergencia. También se destacan las Escuelas Portátiles, donde los niños y las niñas que vieron impedido su acceso a la escuela durante las inundaciones, pueden recibir ahora un apoyo en sus procesos de lectoescritura y cálculo.

Anterior a estas actividades, las comunidades fueron capacitadas en temáticas importantes como la protección de la infancia en contextos de emergencias así como se les pudo entregar kits de alimento, de higiene y de cocina.  La comunidad es un actor clave en la respuesta y por ello de manera voluntaria participan también en comités de limpieza y drenaje colaborando en las obras de construcción y mejoramiento que el proyecto esté realizando en la zona.

Como veis en la foto, no faltan voluntarios  para agradecer a Save the Children y la cooperación española por haber colaborado en la respuesta a la emergencia en el sur del país.

Testimonios difíciles de asimilar

4 de Noviembre de 2011 | 12:54 pm

Nuestra compañera Caterine continúa relatando las cosas que ve y siente mientras trabaja en la emergencia en Somalia. El testimonio de hoy es muy duro pero, al igual que la situación de muchas personas en el país, real como la vida misma.

Estoy al lado de una charca de agua estancada. Parece bastante inofensiva –sucia y llena de escombros- pero inofensiva.

Cuesta creer que apenas hace unos días este agua corría con fuerza por todo el campo de Sigale, dejando una oleada de destrucción a su paso.

El líder de la comunidad me habla de los retos a los que se enfrenta la gente aquí. Le hace una seña para que se acerque a una mujer mayor que permanece sentada junto a una niña.

La historia de Nuria

Su nombre es Nuria y llegó a Mogadiscio hace unos meses. Me quiere hablar de su hija y su experiencia durante las pasadas inundaciones.

Instintivamente miro a la pequeña que está junto a ella y que ahora le coge de la mano. “No, no”, me dice suavemente Nuria, “mi hija es su madre”

“Mi hija Sophia, estaba al final de su embarazo cuando empezaron las lluvias, ya había salido de cuentas y podía dar a luz cualquier día. Estábamos pensando en criar al pequeño juntas”.

“Pero estaba preocupada. No había comido durante muchos días y eso es algo muy malo si  estás embarazada. No había nada para comer. Mendigamos por comida, pero qué puedes conseguir cuando nadie a tu alrededor tiene comida?”

“Aquella noche Sophia había empezado a tener dolores muy fuertes. Estaba tumbada sobre el suelo en nuestra choza y el agua de la lluvia entraba por todas partes. Entonces empezó con el parto”.

“Yo estaba con ella y otras cinco mujeres estaban también allí intentando ayudarla. Pero la lluvia caía con fuerza y en seguida el nivel del agua subió tanto que tuvimos que cogerla y sacarla de la choza”

“No sabíamos donde podíamos llevarla, alrededor nuestra solo había gente corriendo y escapando del agua. Todas la sujetábamos en brazos y la posamos en una zona más elevada”.

“Conmigo también estaba mi nieta de seis años”. Miro a Shamos –que así se llama la niña-  pero es muy tímida y escapa la mirada.

“Me sente con Sophie e intenté animarla, pero estaba muy cansada y asustada por todo el caos alrededor. Estaba demasiado cansada para terminar con el parto y empezó a temblar de frío. Estaba muy mojada. No había ningún sitio cubierto donde protegernos de la lluvia. Yo la intentaba reanimar para que siguiese con el parto”.

“Después de un rato Sophia dejó de responderme”.

Nuria deja de hablar para recuperar su postura y sacude su cabeza con fuerza. “Sophia dejó de empujar al bebé hacia fuera”.

“Lo intentamos todo pero los dos murieron”

“Ahora estoy sola con Shamso y es muy duro. Soy ya mayor y Shamso echa de menos a su madre”.

“¿Qué vamos a hacer para sobrevivir? No hay comida, ni agua, ni refugio. Estoy desesperada”.

La tercera calamidad: llega la lluvia a Mogadiscio

19 de Octubre de 2011 | 3:45 pm

Han empezado las lluvias. En un país agotado por la sed, donde miles de personas y una gran cantidad del ganado ha muerto como consecuencia de la sequía, podrías pensar que la llegada de la lluvia es la mejor noticia que pueden recibir.

Y nuestra oficina de Somalia es todo un hervidero de actividad – pero no porque lo estemos celebrando.

Mientras que la lluvia será muy bien recibida en muchas áreas de la región, en Mogadiscio estamos organizando con urgencia una nueva respuesta: la de las lluvias y las consecuentes inundaciones.

Triple calamidad

Las paredes de nuestra oficina ya estaban cubiertas con mapas de Somalia y las rutas de acceso. El coordinador de nuestro equipo sobrevive a base de una dieta de cigarros y este que me estoy tomando, ya es el cuatro café del día.

Todo el mundo está agotado. La de Somalia ya es una triple calamidad – sequía, después las inundaciones y, por encima de todo, el constante estado de guerra.

Y son las personas que viven en los campos las que se encuentran al borde de la supervivencia.

Los campos

Los campos en Mogadiscio se denominan campamentos para desplazados internos. Estas personas han huido des sus hogares, temiendo su seguridad o desesperados por encontrar algo para comer o, en el peor de los casos, empujados por ambas situaciones.

Las familias vienen a Mogadiscio con la esperanza de encontrar algo –un poco de comida, agua limpia o un lugar seguro donde sobrevivir. Los buenos sitios ya están cogidos –hay edificios, casas y tiendas improvisadas. Hay otro terreno cerca, en peores condiciones pero que, de igual modo, ya está cogido por aquellos que no pueden permitirse los edificios, las casas ni las tiendas.

El único espacio que queda libre para vivir es donde nadie quiere ir. Son las tierras más bajas, con tendencia a inundarse o bien en las fueras de los asentamientos, siempre los más peligrosos.

O puede ser un lugar donde se junten todas las peores condiciones, con el campamento de Sigale, peligroso y localizado en un lugar en donde las inundaciones son una amenaza. Pero estás desesperado y te vas a quedar.

Ahora han llegado las lluvias y ya se han apoderado del campo, que ya está completamente rodeado por un remolino de agua y barro.

Las letrinas se han inundado y todo está sucio. Tus hijos todavía juegan porque son niños, pero juegan en una agua demasiado sucia que probablemente les hará ponerse enfermos.

No tienes ningún sitio donde lavarte las manos, hacer la comida y mucho menos lavar la ropa. Es peligroso y además es indigno. Y lo mismo seguirá ocurriendo durante todo el mes, porque ese es el tiempo que duran aquí las lluvias.

Es solo cuestión de tiempo que las enfermedades transmitidas por el agua empiecen a extenderse. El terreno está fértil: el lugar está mugriento y sobrepoblado.

Los niños y las niñas ya están muy débiles por la falta de comida, mucho más susceptibles frente a las enfermedades.

Hay mucho trabajo por hacer durante este mes, que se suma a la respuesta a la crisis alimentaria. Podemos intentar reconducir el agua, ayudar a drenarla fuera del campo, traer la mayor cantidad de suplementos sanitarios frente a la transmisión de enfermedades, etc.

Mogadiscio está catalogada como “la ciudad más peligrosa de la tierra”. Resulta paradójico pensar que incluso la lluvia –que tanto se ha esperado en el país y en todo la región- haya pasado a ser una brutal amenaza.

“En Pakistán el futuro está ahí para seguir adelante”

27 de Enero de 2011 | 11:54 am

Seis meses después de las increíbles inundaciones que devastaron Pakistán desde el norte hasta el sur –una zona mucho mayor que toda España- la situación de crisis para los niños y niñas del país está muy lejos de haber terminado. Siguen creciendo los casos de enfermedades y desnutrición; miles de personas no cuentan con ropa ni refugio adecuado para las heladas noches de invierno y, en la zona más afectada (la provincia de Sindh en el sur), todavía permanecen bajo el agua enormes zonas de la región. Muchos agricultores no van a poder plantar los cultivos de invierno, lo que significa que sus medios de vida y su acceso a comida va a ser muy complicado durante los próximos meses y años. Desde el propio gobierno han confirmado que algunas de las zonas más afectadas tardarán todavía otros seis meses en secarse por completo.

Recientemente llegué a Pakistán para sustituir al responsable de Save the Children para la emergencia. Decidí asumir el cargo después de una visita el pasado mes de octubre, casi tres meses después de las inundaciones, cuando comprobé con mis propios ojos la enorme crisis de la que se trataba (algo que no había podido comprobar en la insignificante cobertura ofrecida por los medios de comunicación). Por aquel entonces acababa de volver de Haití y no esperaba aterrizar en Pakistán y descubrir, de nuevo, un desastre de la misma magnitud.

Después de pasar dos semanas con el equipo de gente extraordinaria que tenemos en Pakistán, que emprendieron una increíble respuesta a la emergencia, y después de enfrentarme a una crisis de este tamaño en terreno y ver la necesidad extrema que existe en el país, sabía que iba a querer volver y trabajar aquí.

Recién llegado a mi nuevo puesto y habiendo estado en terreno durante dos semanas –en Punjab y en Sindh, las zonas más afectadas- me he dado cuenta de que todavía queda un enorme trabajo por hacer para ayudar a reestablecer la vida de las comunidades afectadas. Me preocupa mucho pensar que las cosas no van a mejorar en Pakistán durante mucho tiempo. Y lo digo especialmente después de haberme sentado a escuchar y hablar con los niños y niñas que pasan por los espacios seguros de juego. Porque me contaron cosas como que incluso antes de que el agua destrozase las escuelas, muchos de ellos llevaban dos años sin ir al colegio porque los profesores no daban las clases.

Si esa era la situación antes de las inundaciones, me temo el futuro que les espera a estos niños. De ahí que nuestras metas de respuesta a la emergencia sean tan ambiciosas.

Durante las dos primeras semanas aquí, me pasé la mayor parte del tiempo en las comunidades afectadas, hablando con los niños y los padres y escuchando sus historias sobre las inundaciones y los días después, tratando de comprender mejor cuáles son sus necesidades ahora, seis meses después. Una de las que se repitió por igual entre niños, niñas, padres y madres –una y otra vez- fue la necesidad de refugio, ropa caliente y mantas. Lo más básico. Aquí hace sol y calor durante el día pero las noches son tremendamente frías. Alguna gente vive ahora en tiendas de campaña, otros tratan de reconstruir sus casas de barro (que no resistirán el paso de otras lluvias de este tipo). Pero muchos viven debajo de lonas de plástico, sin mantas ni ropa de abrigo. Llevamos seis meses ofreciendo este tipo de ayuda y sin embargo, sigue sin ser suficiente. No hay prueba más fehaciente de la escala del desastre.

Otra de las mayores preocupaciones tiene que ver con la salud y la desnutrición. He visitado varios centros de estabilización de Save en Shikarpur (región de Sindh), donde varios niños con desnutrición  fueron reenviados por los equipos se nutrición en terreno. Estuve con cuatro madres que acompañaban a sus hijos y no pude emocionarme con uno de los niños: tenía casi dos años pero el estado de desnutrición en el que se encontraba le hacía parecer un bebé de no más de cinco meses. Otro niño no paraba de llorar, algo que sólo percibías si le mirabas porque su debilidad le impedía emitir cualquier sonido. Creo que la imagen de verle llorar en silencio fue lo que más me afectó.

Pienso y solo me acerco al imaginarme como puede ser para un padre o una madre sentir que no puedes dar lo suficiente a tu hijo. Ese pensamiento me batió de nuevo. Un sentimiento que logras vencer cuando lo piensas mejor y sabes que por lo menos esos niños están siendo ahora atendidos, que van a seguir viviendo. Ese día fui consciente de nuevo de lo importante que  es que el gobierno, los donantes y la comunidad internacional siga respondiendo cuando la emergencia entra en la denominada “fase de recuperación”.

El trabajo aquí está muy lejos de quedar terminado y todavía queda mucho tiempo para superar esa fase de recuperación. Pero cuando, hablando con la madre del hijo que lloraba en silencio, ella me decía que su hijo iba a salir adelante, sientes que todo el trabajo del mundo merece la pena y que el futuro de todos esos niños y de sus familias está ahí para seguir adelante.

Quieres volver a casa sabiendo que ya no hay una casa a la que volver

24 de Septiembre de 2010 | 11:13 am

Nuestro compañero Khurram nos escribe su primer post desde Pakistán.

Ya han pasado casi dos meses desde que las inundaciones empezaron a arrasarlo todo en Pakistán. Es difícil ver como la vida podrá volver a la normalidad para los millones de personas afectadas. Al tiempo que los niños y las niñas descansan, abatidos, en el andén de las carreteras, en las vías de los trenes, en los campamentos de ayuda y las salas de los hospitales abarrotados, se mantiene su lucha contra el hambre y las enfermedades.

A pesar de que los esfuerzos de la comunidad humanitaria han logrado algunos avances, la escala del desastre es tal que será necesario que pasen meses para que la fase inicial de asistencia y rescate quede completada. La destrucción de hogares, infraestructura, escuelas y la pérdida de tierras de cultivo ha dejado a millones de personas sin recursos en Pakistán en una situación desesperada y , lo que es peor, sin apenas esperanza.  Y lo que espero es que se pueda avanzar lo suficiente durante el enorme proceso de rehabilitación antes de la llegada de las lluvias monzónicas del próximo año.

He visitado muchos campos, muchas clínicas y he visto con mis propios ojos las condiciones en las que han quedado los poblados en las provincias de Sindh y Punjab una vez que se ha retirado el agua de las inundaciones.  Por extraño que parezca no es difícil asegurar que las inundaciones discriminaron entre ricos y pobres porque fue precisamente la sección más empobrecida de la sociedad pakistaní – la que vive en casas de barro y sobrevive cultivando la tierra de los demás- la que resultó más tremendamente afectada. Al tiempo que ven como sus vidas quedan destrozadas por el agua, esperan la llegada de cualquier tipo de ayuda y se pasan la mayor parte del día rezando esperando el regreso a sus hogares y a sus vidas, tal y como estaban antes de que comenzase el desastre.   Los departamentos de salud del distrito están claramente saturados dado que más y más pacientes precisan ser atendidos. Los hospitales municipales, en los distritos de Sukkur, Shikarpur y Jacobabad, en la provincia de Sindh, están abarrotados con miles de niños y niñas que necesitan tratamiento para infecciones de piel, problemas respiratorios y fuertes diarreas. La mayoría de estas condiciones están provocadas por el hecho de vivir rodeados de agua contaminada, agravado por la ausencia de agua limpia y agua para beber.

He visto cientos de niños y niñas que prácticamente parecían sin vida. El color de la piel pálido, la mirada ausente y sus movimientos sin ningún tipo de energía. Apoyados en las rodillas de sus madres, apenas son capaces de llorar para pedir ayuda. Todas las madres nos cuentan lo mismo, como perdieron sus hogares, su salud y el medio con el que se ganaban la vida. Es especialmente duro para las mujeres que nunca han dejado los pueblos en los que han vivido toda su vida y ahora se han visto forzadas a vivir  en campamentos hacinados  sin ninguna higiene y donde la vida ha pasado a ser de regimiento. Todas  nos intentan expresar la contradicción que supone el desear volver a casa sabiendo que ya no hay una casa a la que volver. Y sin embargo, observas a estas mujeres y sólo puedes admirar la dureza con la que afrontan su realidad para cuidar de sus hijos.

Con un futuro que aparece sombrío en cada aspecto por donde lo mires, resulta difícil encontrar un rayo de esperanza o de ánimo. Mis compañeros trabajan día y noche para ofrecer refugio, comida y atención médica sabiendo que esta emergencia está muy lejos de quedar concluida.

Cientos de compañeros han trabajado durante los días de la fiesta de Eid (popularmente conocida como la fiesta del cordero) y continuaron ofreciendo alimento y atención a las comunidades afectadas. Los equipos de protección organizaron muchas actividades durante la fiesta con juegos y regalos para los niños y niñas refugiados en los campamentos. Tal vez no se consiguiese nada más allá, pero fueron días en los que logramos arrancar alguna sonrisa de la cara de los niños y que probablemente les haya ayudado a enfrentarse mejor al trauma provocado por el desplazamiento y, sobre todo, la incertidumbre.

El primer paso de Sajjad y su familia

17 de Agosto de 2010 | 12:31 pm

Sajjad, tiene 14 años y vive en el suburbio de Jail, en la ciudad de Bahrain, en el Swat. En Jail hay más de 50 hogares asentados sobre las orillas del río Swat. Además de las casas, está lleno de plazas, restaurantes, hoteles y hostales para los turistas que llegan de todo Pakistán. Sajjad es el mayor de cinco hermanos y estudia en la Clase 7 del Complejo Educativo del Swat, una escuela privada en Bahrain.

El padre de Sajjad es profesor y tiene una plantación de manzanas cerca del río Swat. Uno de sus mayores deseos es que a Sajjad le vaya bien en clase y pueda estudiar en la universidad.

El año pasado la familia de Sajjad tuvo que abandonar su hogar debido al desplazamiento impuesto por el conflicto entre el ejército pakistaní y los talibanes del Swat. El padre de Sajjad no obtuvo ni una rupia de su salario durante meses ya que todas las escuelas estaban cerradas mientras que, en su ausencia, todo su cultivo de manzanas se estropeó. Sin embargo, la familia logró reconstruir su vida después de que el conflicto cesase.

Y llegaron las inundaciones. El pasado 28 de julio, las zonas colindantes con el río Swat fueron golpeadas por torrentes intensos de agua, causando enorme destrucción de vidas y propiedades. Bahrain fue una de las ciudades más afectadas en Khyber Pakhtunkhawa – el agua cubrió calles enteras en menos de 24 horas. El barrio de Jail –donde vive Sajjad- quedó devastado.

Sajjad nos explicaba que llevaba lloviendo dos días cuando les dijeron que su barrio estaba totalmente cubierto por el agua. “Nuestros vecinos huyeron corriendo a lo alto de la colina. Nosotros cogimos las cosas de más valor y no mudamos a casa de mi tío, en una zona más segura. Al día siguiente comprobamos que nuestra casa había quedado totalmente destrozada”.

A la mañana siguiente el padre de Sajjad comprobaba con sus propios ojos que la cosecha de manzanas estaba cubierta por el barro y el agua. Desde aquel día –me contaba Sajjad- su padre calló enfermo y permanece todo el día en estado de depresión.

Sajjad nos dice que ha perdido todos sus libros. Al lugar donde se encuentra están llegando las distribuciones de alimentos pero parece que no son suficientes para la familia de su tío –que les está acogiendo- y para la suya.

Una de las tareas a las que hemos estado dedicados desde el principio –a parte de asistir a las familias una vez que cesaron las lluvias en el Swat- es evaluar el daño e identificar a las familias con más necesidades en las zonas más terriblemente afectadas, entre ellas Bahrain. Primero seleccionamos a las familias que habían perdido sus hogares para repartir tiendas de campaña con bambú y un kit de refugio para establecer estructuras temporales. Al haber perdido su hogar, la familia de Sajjad fue una de las seleccionadas.

En estas situaciones son pequeñas las cosas que te hacen seguir adelante y ver a Sajjid más tranquilo fue una de esas cosas. “Se que esto no va a reemplazar mi casa pero al menos será un primer paso para mi familia”, me decía.

Derrumbamientos y exhuberancia en el Swat

12 de Agosto de 2010 | 1:53 pm

Después de dos días sin respiro en Islamabad, decidí afrontar el fuerte chaparrón en mi vuelta hacia el Swat cruzando las montañas de Malakans. La carretera estaba abarrotada de tierra y pequeñas piedras hasta que llegamos a un punto en el que el abarrotamiento nos obligó a parar; los ingenieros del ejército estaban parando el tráfico. Una piedra enorme se estaba rompiendo a causa del agua y la montaña entera a punto de colapsarse.

Estuvimos allí toda la tarde, hasta que se hizo de noche. Y la piedra, con un trozo de montaña, calló por fin.

Al día siguiente, ya en el Swat, fui a visitar el distritito de Shangla para evaluar el daño causado por las inundaciones. Toda esta zona representa un pastel de exuberante vegetación y valles brillando a través del reflejo de cimas blancas y de aguas termales que brotan en cada rincón.

Pero la belleza del lugar se mezcla ahora con la magnitud de la catástrofe. Tras las reuniones con funcionarios del gobierno, hemos cuantificado hasta 250.000 personas severamente afectadas por las inundaciones y aisladas del resto de Shangla. Cerca de 70.000 personas altamente vulnerables, que se han quedado absolutamente sin nada, se encuentran esperando a recibir algún tipo de ayuda en Shahpur. Un total de 270 casas, siete puentes, dos hospitales y cuatro escuelas han resultado totalmente “barridos”, mientras que miles de personas han perdido sus granjas, su ganado y sus negocios. Desafortunadamente, la ayuda humanitaria no había llegado hasta esta zona todavía. Apenas existe un comité compuesto por autoridades civiles, fuerzas armadas y notables de la comunidad que están empleando una cadena de 50 mulas para transportar raciones básicas de alimentos para 1.400 familias en una extensión de 35 kilómetros.

Esta semana, esperamos poder ofrecer tiendas de campaña y artículos para construir hogares temporales para más de 1.000 familias así como distribuir alimentos entre 1.500 personas de las áreas más remotas del Swat superior.

El temor a más lluvias, más inundaciones y derrumbamientos persiste pero, al igual que la exuberante belleza del valle, nuestra iniciativa para ayudar a las víctimas sigue inmutable.

Las mil y una maneras de distribuir la ayuda

12 de Agosto de 2010 | 12:25 pm

Con el agua de las inundaciones causando estragos en el sur, en la región de Sindh y las continuas lluvias cayendo en diferentes partes del país, las actuales inundaciones en Pakistán representan la peor catástrofe natural en la historia del país.

La lluvia ha dejado aislados a muchos pueblos situados junto al río. Esto ha hecho que nuestros compañeros se hayan visto obligados a emplear todo tipo de “métodos” para distribuir la ayuda entre las comunidades….

…se están desplazando en mula…

…en camioneta….

…en barca…

…en una improvisada tirolina..

…en una cama..

..y, cuando nada de lo anterior es factible, a pie.

Viviendo bajo el cielo abierto

9 de Agosto de 2010 | 4:37 pm

Hussain Bakhash vive en el pequeño pueblo de Kacha Kot Mithon, al sur del Punjab. Tiene 65 años. Ha perdido todas sus pertenencias y ahora vive a la intemperie sin ningún sitio donde refugiarse.

“Estábamos sentados en una parcela de tierra esperando que no se inundara. De repente vimos cómo el agua subía rápidamente así que decidí llevarme a mi familia y mis animales a un lugar más seguro. No me dio tiempo a coger ninguna de mis pertenencias. El agua se llevó por delante toda la comida, la ropa, los utensilios y las cosas de la casa”, cuenta Bakhash.

“Caminé durante cinco horas con mi familia hasta la estación de tren de Kot Mithon, que está en un alto. No conseguimos nada para comer durante tres días. No tenemos ropa para cambiarnos y como llueve todo el rato siempre estamos mojados”.

Sentado en el suelo, Hussain espera – tal vez-  un milagro  que les lleve de vuelta a casa y a su vida normal.

Desde Pakistán: las lluvias sin precedentes y el agujero en la carretera

2 de Agosto de 2010 | 12:46 pm

Llegué a Saidu Sharif, Swat, hace justo una semana para realizar una formación dirigida a un grupo de organizaciones locales. Justo dos días después, las que se han convertido en las lluvias del monzón sin precedentes, causaban una destrucción generalizada por toda la zona.

Las exhuberantes y turísticas zonas de Kalam, Bahrim y Miandam, así como otras partes del Swat, han resultado muy afectadas, con pueblos enteros barridos por el agua.  En la mayoría de los pueblos y algunas ciudades no ha habido electricidad durante más de cuatro días y ninguna de las estaciones con pozos y bombas de agua está funcionando. Prácticamente  nadie tiene disponibilidad de agua corriente.

El sábado fui con algunos compañeros al Alto Swat para ayudar en las labores de evaluación de los daños. Cuando llegamos a Fatehpur, la carretera se cortaba repentinamente en una caída de 100 metros al río Swat. La imagen era como sí una parte entera de la carretera, junto con todas las casas a su alrededor, hubiese sido vaciada con una cuchara gigante. Esta es la única carretera que lleva a Miandam, Bahrain y Kalam, donde miles de residentes locales y turistas de todo Pakistán se encuentras inmovilizados.

Dejamos nuestro coche, subimos una pequeña montaña y caminamos a través de los estrechos senderos de un pueblo. Allí nos encontramos con amplios grupos de familias que regresaban de Madyan y que nos alertaban de la terrible situación que se vivía allí. Una imagen que se me quedó grabada: ver a los niños y niñas apresurarse con calderos llenos de agua del manantial ofreciendo bebida gratis a las personas que cruzaban su pueblo.

El precio de los alimentos se incrementa ante la amenza de que las reservas se agoten

Al entrar en la ciudad de Madyan, pudimos ver los campos de asistencia establecidos por el ejército.  Nos contaron que prácticamente todas las casas en Chel, Zanco y otros pueblos alrededor, fueron destruidas. El precio de los alimentos ha subido drásticamente en los últimos dos días, dado que no llegan nuevos suministros a los mercados. Los supervivientes nos contaban que no podían comprar los alimentos para sus familias por falta de dinero, mientras que los vendedores nos confesaban su temor a que los suministros en stock se agotasen durante los próximos cuatro días.

La única instalación sanitaria disponible en Madyan, junto con cinco escuelas primaria, un instituto y una universidad acabaron totalmente caolapsadas por las inundaciones. Los restos a los que se han quedado reducidos estos edificios no son más que unas pocas paredes que sobresales entre las enfurecidas olas del río Swat.

Nuestro largo camino de vuelta al coche, en Saiud Sharif, ayudamos a subir la colina a un hombre de mediana edad con un fajo cargado de alimentos a la espalda, su anciana madre y su hijo, ciego, que caminaban hacia la carretera. Nos cuenta que ha perdido todo su ganado con las lluvias. Estaba llevando a su familia a la casa de un familiar, pero esperaba regresar pronto para recuperar lo que hubiese quedado de su casa. Tal vez nada, tal vez sólo las paredes.