Esta mañana fuimos a visitar uno de los cuatro espacios de juego seguro que tenemos en la región libanesa de Bekaa y que establecimos nada más comenzar la crisis en Siria.
Recientemente hemos tenido que recolocar este espacio ya que los antiguos locales se habían quedado sin espacio para alojar a los más de 80 niños y niñas que pasan por aquí cada día.
Y no son solo refugiados sirios los que utilizan el espacio. Los niños y niñas también son kurdos, palestinos y libaneses. Todos jugando juntos y riendo. Todos siendo niños.
En una de las clases conocí a Mohammad que con solo siete años ya sabe lo que es la huida. Su familia dejó Siria cuando permanecer era demasiado arriesgado.
Mohammad recuerda tener mucho miedo cuando se fueron. “Sabía que teníamos que irnos. Había disparos alrededor nuestro. Cerré los ojos y mi madre me llevaba en brazos”, me cuenta. “Había disparos alrededor nuestro”, insiste en repetir.
El trabajador social en el espacio me contó que Mohammad era muy tímido cuando llegó y que permanecía siempre aislado pero que ahora disfruta mucho estando con el resto de los niños y niñas. “Mohammad se ha abierto a los otros niños a través de las actividades colectivas”, me explica. “Ahora es mucho más activo, puede cantar en frente de los demás y siempre quiere participar en las actividades”.
Mohammad asiente con la cabeza cuando escucha a nuestro compañero hablar de él. Justo antes de irse de nuevo a jugar con sus amigos se acerca y me dice: “Me lo paso muy bien aquí, es muy divertido y siempre aprendo cosas.”
La de Mohammed no es la única historia de éxito que encontramos en este espacio. Nuestros compañeros nos cuentan que ninguno de los niños y niñas sirios permanecen en el mismo estado psicológico con el que llegaron. Después de ser testigos de la violencia, la timidez y el aislamiento es una reacción común a todos ellos. Pero la inmensa mayoría –practicamente todos- han aprendido a volver a reir y divertirse. También a expresar sus sentimientos y compartirlos con el resto.
Manar, de cinco años, es otro ejemplo de ello. Nos cuentan que solía utilizar siempre colores oscuros cuando dibujaba a su familia. Ahora todo es color, para los psicólogos un claro ejemplo de que para la pequeña está siendo más fácil enfrentarse a algunos de los traumas que tuvo que experimentar.
Pero la situación empeora en Siria y el número de niños y niñas refugiados que llegan desde no deja de crecer. En las próximas semanas vamos a seguir levantando espacios seguros para atender a más niños. Y poder contar –poder compartir- las historias de avances en lo más grande que tienen estos niños y niñas: su presente. Su futuro.




