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Crisis en Siria: “Había disparos alrededor nuestro”

1 de Agosto de 2012 | 11:53 am

Esta mañana fuimos a visitar uno de los cuatro espacios de juego seguro que tenemos en la región libanesa de Bekaa y que establecimos nada más comenzar la crisis en Siria.

Recientemente hemos tenido que recolocar este espacio ya que los antiguos locales se habían quedado sin espacio para alojar a los más de 80 niños y niñas que pasan por aquí cada día.

Y no son solo refugiados sirios los que utilizan el espacio. Los niños y niñas también son kurdos, palestinos y libaneses. Todos jugando juntos y riendo. Todos siendo niños.

En una de las clases conocí a Mohammad que con solo siete años ya sabe lo que es la huida. Su familia dejó Siria cuando permanecer era demasiado arriesgado.

Mohammad recuerda tener mucho miedo cuando se fueron. “Sabía que teníamos que irnos. Había disparos alrededor nuestro. Cerré los ojos y mi madre me llevaba en brazos”, me cuenta. “Había disparos alrededor nuestro”, insiste en repetir.

El trabajador social en el espacio me contó que Mohammad era muy tímido cuando llegó y que permanecía siempre aislado pero que ahora disfruta mucho estando con el resto de los niños y niñas. “Mohammad se ha abierto a los otros niños a través de las actividades colectivas”, me explica. “Ahora es mucho más activo, puede cantar en frente de los demás y siempre quiere participar en las actividades”.

Mohammad asiente con la cabeza cuando escucha a nuestro compañero hablar de él. Justo antes de irse de nuevo a jugar con sus amigos se acerca y me dice: “Me lo paso muy bien aquí, es muy divertido y siempre aprendo cosas.”

La de Mohammed no es la única historia de éxito que encontramos en este espacio. Nuestros compañeros nos cuentan que ninguno de los niños y niñas sirios permanecen en el mismo estado psicológico con el que llegaron. Después de ser testigos de la violencia, la timidez y el aislamiento es una reacción común a todos ellos. Pero la inmensa mayoría –practicamente todos- han aprendido a volver a reir y divertirse. También a expresar sus sentimientos y compartirlos con el resto.

Manar, de cinco años, es otro ejemplo de ello. Nos cuentan que solía utilizar siempre colores oscuros cuando dibujaba a su familia. Ahora todo es color, para los psicólogos un claro ejemplo de que para la pequeña está siendo más fácil enfrentarse a algunos de los traumas que tuvo que experimentar.

Pero la situación empeora en Siria y el número de niños y niñas refugiados que llegan desde no deja de crecer. En las próximas semanas vamos a seguir levantando espacios seguros para atender a más niños. Y poder contar –poder compartir- las historias de avances en lo más grande que tienen estos niños y niñas: su presente. Su futuro.

“Echo de menos la vida que vivíamos”

3 de Abril de 2012 | 7:03 pm

Una compañera nos escribe desde Líbano, sus impresiones al compartir tiempo y espacio con algunas de las familias sirias refugiadas al norte del país.

¿Alguna vez has echado de menos tu hogar?

Para las familias sirias refugiadas en Al Ibra y Al Rama, en Wadi Khaled, al norte de Líbano, ese es un sentimiento que nunca se va.

Los lugares en los que permanecen refugiadas eran antiguas escuelas ahora abandonadas y en donde más de 35 familias comparten baños, cocina, agua y electricidad (cuando la hay) y donde la lavadora remueve una y otra vez la ropa de todos.
Cada familia está compuesta, como media, por siete personas que permanecen en habitaciones -antiguas aulas- de 4×4 m².
Los niños y las niñas ayudan con las tareas diarias como distribuir el pan y la comida, colgar la ropa o buscar agua. Sin espacio para jugar y sin acceso regula a la escuela, los niños y las niñas están perdiendo su oportunidad y su mayor derecho: disfrutar de ser niños.

Hacía frío y llovía el día que llegué al refugio de Al Ibra.

Los niños jugaban en la calle mientras las madres les observaban desde un pequeño balcón y tras los cristales rotos de las ventanas. Algunos hombres permanecían sentados a la entrada de la antigua escuela, bebiendo café y hablando entre ellos. Les saludé y subí las escaleras.

Un olor delicioso salía de la cocina, en el primer piso, donde un grupo de mujeres preparaba la comida. Más tarde me explicarían que entre todas las familias se dividen las tareas a diario: mientras unos cocinas, otros limpian.
Todos los pisos de la vieja escuela estaban helados y húmedos. Las aulas estaban llenas y sin alfombras ni calefacción, el frío se hacía insoportable. No había ninguna puerta y las cortinas eran lo único que ofrecía la posibilidad de un poco de privacidad. Los pasillos estaban llenos de ropa colgada.

“Estoy muy contenta porque me van a dar clases para aprender francés”, me cuenta Aya, de 12 años. “Se me pasaban los días sin hacer nada”. La monotonía de pasar el tiempo sin hacer nada está generando mucha frustración en los niños.

“Echo mucho de menos mi casa”, me cuenta Amar, de 10 años. “La recuerdo muy bien, era grande y muy bonita. Ahora toda mi familia está aquí, casi no cabemos en la habitación. Echo de menos la vida que vivíamos”.


“Los que llegan a Líbano son los afortunados”

15 de Marzo de 2012 | 2:26 pm

Un compañero nos escribe desde Wadi Khaled, la zona de Líbano frontera con Siria donde se refugian más de 500 familias sirias.

Durante todo este mes, en las noches tranquilas, los refugiados sirios que permanecen en el distrito libanés de Wadi Khaled se han acostumbrado poco a poco a dormirse con el sonido de explosiones distantes.

A medida que el conflicto sirio se aproxima más y más a la frontera, bombardeando y destrozándo a su paso pueblos y ciudades -vidas y realidades-, miles de personas se ven forzadas a abandonar sus hogares.

Algunas de ellas han logrado llegar hasta Líbano. Aquí en Wadi Khaled hay más de 500 familias sirias refugiadas. Muchas de ellas habían llegado antes de que comenzase el bombardeo sobre Homs, dejándolo todo antes de que la situación se fuera de control y no pudiesen escapar.

Un trayecto muy peligroso

Aquellos que han logrado llegar hablan de un trayecto tremendamente peligroso, de gélidas temperaturas y de un conflicto constante hasta llegar a la frontera. Algunas familias describen haber recibido disparos por el camino, mientras que otros hablan de los familiares que han perdido en medio del caos, de encontrarse en el limbo del terror, sin querer temerse lo peor, sin atraverse a esperar lo mejor.

Para los niños y las niñas es especialmente duro. Llegan hambrientos, con frío y aterrorizados, a un país que no es el suyo y donde no conocen a nadie. Sus padres y madres viven una situación extremadamente estresante y puede que no tengan ningún lugar a donde ir. Algunos han pasado por experiencias traumáticas inimaginables. Cuando llegan, necesitan ayuda.

El equipo de Save the Children está trabajando para que, a su llegada, los niños y las niñas recuperen la sensación de normalidad en zonas de juego donde un grupo de especialistas siguen el proceso de cada niño.

Se les anima a hacer nuevos amigos, a dibujar, a participar en actividades de grupo y a aprender cosas sobre Líbano, para que se familiaricen con el país en el que se encuentran.

La mayoría se recuperan rápidamente y son inscritos en las escuelas locales. El objetivo es construir una rutina y tratar de hacer de una situación profundamente extraña, lo más normal posible. Hay niños que están mucho más afectados y ahí es cuando se hace un seguimiento y una atención mucho más especializada.

Pero con todo, los que han logrado llegar hasta Líbano son los más afortunados. Hay decenas de miles que permanecen en Siria con una extrema necesidad de recibir ayuda. Estamos preparados para distribuir ayuda tan pronto como nos concedan acceso al país.

Y eso es lo que nos llevó –hace ya casi dos semanas- a lanzar la petición para exigir el acceso humanitario a Siria y el cese total de la violencia.

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