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Testimonios difíciles de asimilar

4 de Noviembre de 2011 | 12:54 pm

Nuestra compañera Caterine continúa relatando las cosas que ve y siente mientras trabaja en la emergencia en Somalia. El testimonio de hoy es muy duro pero, al igual que la situación de muchas personas en el país, real como la vida misma.

Estoy al lado de una charca de agua estancada. Parece bastante inofensiva –sucia y llena de escombros- pero inofensiva.

Cuesta creer que apenas hace unos días este agua corría con fuerza por todo el campo de Sigale, dejando una oleada de destrucción a su paso.

El líder de la comunidad me habla de los retos a los que se enfrenta la gente aquí. Le hace una seña para que se acerque a una mujer mayor que permanece sentada junto a una niña.

La historia de Nuria

Su nombre es Nuria y llegó a Mogadiscio hace unos meses. Me quiere hablar de su hija y su experiencia durante las pasadas inundaciones.

Instintivamente miro a la pequeña que está junto a ella y que ahora le coge de la mano. “No, no”, me dice suavemente Nuria, “mi hija es su madre”

“Mi hija Sophia, estaba al final de su embarazo cuando empezaron las lluvias, ya había salido de cuentas y podía dar a luz cualquier día. Estábamos pensando en criar al pequeño juntas”.

“Pero estaba preocupada. No había comido durante muchos días y eso es algo muy malo si  estás embarazada. No había nada para comer. Mendigamos por comida, pero qué puedes conseguir cuando nadie a tu alrededor tiene comida?”

“Aquella noche Sophia había empezado a tener dolores muy fuertes. Estaba tumbada sobre el suelo en nuestra choza y el agua de la lluvia entraba por todas partes. Entonces empezó con el parto”.

“Yo estaba con ella y otras cinco mujeres estaban también allí intentando ayudarla. Pero la lluvia caía con fuerza y en seguida el nivel del agua subió tanto que tuvimos que cogerla y sacarla de la choza”

“No sabíamos donde podíamos llevarla, alrededor nuestra solo había gente corriendo y escapando del agua. Todas la sujetábamos en brazos y la posamos en una zona más elevada”.

“Conmigo también estaba mi nieta de seis años”. Miro a Shamos –que así se llama la niña-  pero es muy tímida y escapa la mirada.

“Me sente con Sophie e intenté animarla, pero estaba muy cansada y asustada por todo el caos alrededor. Estaba demasiado cansada para terminar con el parto y empezó a temblar de frío. Estaba muy mojada. No había ningún sitio cubierto donde protegernos de la lluvia. Yo la intentaba reanimar para que siguiese con el parto”.

“Después de un rato Sophia dejó de responderme”.

Nuria deja de hablar para recuperar su postura y sacude su cabeza con fuerza. “Sophia dejó de empujar al bebé hacia fuera”.

“Lo intentamos todo pero los dos murieron”

“Ahora estoy sola con Shamso y es muy duro. Soy ya mayor y Shamso echa de menos a su madre”.

“¿Qué vamos a hacer para sobrevivir? No hay comida, ni agua, ni refugio. Estoy desesperada”.

La tercera calamidad: llega la lluvia a Mogadiscio

19 de Octubre de 2011 | 3:45 pm

Han empezado las lluvias. En un país agotado por la sed, donde miles de personas y una gran cantidad del ganado ha muerto como consecuencia de la sequía, podrías pensar que la llegada de la lluvia es la mejor noticia que pueden recibir.

Y nuestra oficina de Somalia es todo un hervidero de actividad – pero no porque lo estemos celebrando.

Mientras que la lluvia será muy bien recibida en muchas áreas de la región, en Mogadiscio estamos organizando con urgencia una nueva respuesta: la de las lluvias y las consecuentes inundaciones.

Triple calamidad

Las paredes de nuestra oficina ya estaban cubiertas con mapas de Somalia y las rutas de acceso. El coordinador de nuestro equipo sobrevive a base de una dieta de cigarros y este que me estoy tomando, ya es el cuatro café del día.

Todo el mundo está agotado. La de Somalia ya es una triple calamidad – sequía, después las inundaciones y, por encima de todo, el constante estado de guerra.

Y son las personas que viven en los campos las que se encuentran al borde de la supervivencia.

Los campos

Los campos en Mogadiscio se denominan campamentos para desplazados internos. Estas personas han huido des sus hogares, temiendo su seguridad o desesperados por encontrar algo para comer o, en el peor de los casos, empujados por ambas situaciones.

Las familias vienen a Mogadiscio con la esperanza de encontrar algo –un poco de comida, agua limpia o un lugar seguro donde sobrevivir. Los buenos sitios ya están cogidos –hay edificios, casas y tiendas improvisadas. Hay otro terreno cerca, en peores condiciones pero que, de igual modo, ya está cogido por aquellos que no pueden permitirse los edificios, las casas ni las tiendas.

El único espacio que queda libre para vivir es donde nadie quiere ir. Son las tierras más bajas, con tendencia a inundarse o bien en las fueras de los asentamientos, siempre los más peligrosos.

O puede ser un lugar donde se junten todas las peores condiciones, con el campamento de Sigale, peligroso y localizado en un lugar en donde las inundaciones son una amenaza. Pero estás desesperado y te vas a quedar.

Ahora han llegado las lluvias y ya se han apoderado del campo, que ya está completamente rodeado por un remolino de agua y barro.

Las letrinas se han inundado y todo está sucio. Tus hijos todavía juegan porque son niños, pero juegan en una agua demasiado sucia que probablemente les hará ponerse enfermos.

No tienes ningún sitio donde lavarte las manos, hacer la comida y mucho menos lavar la ropa. Es peligroso y además es indigno. Y lo mismo seguirá ocurriendo durante todo el mes, porque ese es el tiempo que duran aquí las lluvias.

Es solo cuestión de tiempo que las enfermedades transmitidas por el agua empiecen a extenderse. El terreno está fértil: el lugar está mugriento y sobrepoblado.

Los niños y las niñas ya están muy débiles por la falta de comida, mucho más susceptibles frente a las enfermedades.

Hay mucho trabajo por hacer durante este mes, que se suma a la respuesta a la crisis alimentaria. Podemos intentar reconducir el agua, ayudar a drenarla fuera del campo, traer la mayor cantidad de suplementos sanitarios frente a la transmisión de enfermedades, etc.

Mogadiscio está catalogada como “la ciudad más peligrosa de la tierra”. Resulta paradójico pensar que incluso la lluvia –que tanto se ha esperado en el país y en todo la región- haya pasado a ser una brutal amenaza.

En Mogadiscio

14 de Octubre de 2011 | 6:23 pm

Un compañero recién llegado a Somalia comparte con todo detalle y sinceridad sus sensaciones durante su trabajo en terreno. Durante estos días compartiremos sus post porque nos parece importante recordar que detrás de organizaciones como la nuestra hay un montón de personas que trabajan muy duro pero que, sobre todo, sienten.

Este era mi primer viaje a Mogadiscio. Un avión pequeño, apenas 25 asientos. Una hora y media de vuelo en un día bastante nublado. Empezamos a descender y empiezo a ver el mar. La playa desde arriba parece increible. Preciosa, arena blanca, agua totalmente azul. Pero desierta.

Los aviones patrullan la costa. Helicópteros y aviones caza. Casi se puede palpar el peligro con las manos.

Nos esperan en el aeropuerto y, en un coche, nos llevan al hotel. Guardas armados nos escoltan detrás de nuestro coche. Las carreteras, igual que la playa, están totalmente desiertas.

Los edificios se levantan y se caen a ambos lados – todos están agujereados, algunos se mantienen en pie a duras penas. Las balas y las bombas marcan todo lo que alcanzo a ver.

Me han dado un chaleco antibalas pero se por experiencia que es mucho más dificil hablar con las familias y los niños con una barrera tan evidente como un chaleco antibalas. Decido no llevarlo.

Nuestro hotel está muy vigilado. Nos reunimos con el coordinador de terreno y con miembros de una de las asociaciones locales con las que trabajamos en Mogadiscio, El Centro para la Paz y la Democracia. Nos informan de todo meticulosamente, no podemos cometer errorres en un ambiente tan peligroso como el que vive actualmente la ciudad.

Compartimos oficina con el Centro para la Paz. No hay ningún signo, ningún cartel que indique que trabajamos allí. De nuevo, razones de seguridad.

Nuestros documentos no llevan logo, nuestras camisetas tampoco. Y sin embargo, todo los compañeros y compañeras trabajando aquí siguen los valores y la misión de Save the Children hasta en el detalle más insignificante.

El fantasma de la violencia

Después de comer, nos dirigimos hacia los campos de desplazados. Una visión desgarradora. Pequeños y abarrotados. Apenas hay espacio para respirar. He estado en muchos campos de desplazados antes, pero los de aquí son diferentes. El fantasma de la violencia y de la gerra está por todas partes.

Las familas viven en minúsculas chozas levantadas con restos de ropa y ramas de los árboles. Algunas de las chozas se han reforzado con mosquiteras. Pero muy pocas tienen lonas de plástico, lo que significa que no tienen ninguna protección frente a las lluvias.

En cada choza, las familias disponen de los utensilios más básicos y, solo quizás, una alfombra sobre la que dormir. Los niños están muy sucios. No hay suficiente agua para beber o para asearse. Todas las caras que me encuentro parecen agotadas de la lucha constante por sobrevivir aquí, en Mogadiscio.

En seguida puedes ver los reveladores signos de la falta de agua. Heridas en la piel que se infectan porque no hay agua para limpiarlas. Ya se han identificado muchos casos de sarampión y diarrea.

Hablar con las familias

Empecé mi trabajo hablando con los hombres y mujeres del campo de desplazados. Les hago las entrevistas con muchas preguntas: de dónde traen el agua, cuánta agua consiguen traer, cuánta necesitan, cuanto tienen, donde hacen sus necesidades, qué utilizan para recoger el agua, si se lavan las manos…

El trabajo aquí está en proceso, pero es dolorosamente lento. Y hay mucho que hacer. El agua y la comida son las preocupaciones principales. Supervivencia básica. No podemos pensar siquiera en ayudar a esta gente a prosperar- por ahora ayudarles a sobrevivir es nuestra principal preocupación.

Transmitir su desesperación

Las personas con las que hablo no dudan en expresar su desesperación. Me cuentan que vinieron a Mogadiscio porque no tenían agua en sus poblados. La mayoría llegan aquí tras días y días andando.

Hay muy poca verdura para comprar aquí. Con las mismas estructuras que utilizan para los hogares, se han levantado también pequeñas tiendas en las que apenas se venden uno o dos tipo de verduras. La gente no compra una pieza entera de verdura, todo se compra por partes.

Ataque bomba

Mientras andamos veo como un niño se esconde. Al ver a los guradias que van detrás de nosotros, con su armas, el niño echa a correr. Los guardias van con ropa normal pero sus armas, sin duda, tienen el efecto de un uniforme.

Nos vamos hacia el hotel justo antes del atardecer.

A la mañana siguiente salimos muy temprano. Todo está muy tranquilos y las calles desiertas. Siento como si Mogadiscio estuviera inspirando fuerte, como si la ciudad estuviera relajándose.

No me imaginaba por qué. Pasamos delante de edificios gubernamentales, con colas de estudiantes esperando para recoger las notas de examenes. Pocos minutos más tarde estamos despegando en el avión.

Y apenas media hora después, una bomba explota cerca del mismo edificio gubernamental donde había tanta gente esperando. Más de 100 personas muertas, entre ellas, los estudiantes.