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“En Pakistán el futuro está ahí para seguir adelante”

27 de Enero de 2011 | 11:54 am

Seis meses después de las increíbles inundaciones que devastaron Pakistán desde el norte hasta el sur –una zona mucho mayor que toda España- la situación de crisis para los niños y niñas del país está muy lejos de haber terminado. Siguen creciendo los casos de enfermedades y desnutrición; miles de personas no cuentan con ropa ni refugio adecuado para las heladas noches de invierno y, en la zona más afectada (la provincia de Sindh en el sur), todavía permanecen bajo el agua enormes zonas de la región. Muchos agricultores no van a poder plantar los cultivos de invierno, lo que significa que sus medios de vida y su acceso a comida va a ser muy complicado durante los próximos meses y años. Desde el propio gobierno han confirmado que algunas de las zonas más afectadas tardarán todavía otros seis meses en secarse por completo.

Recientemente llegué a Pakistán para sustituir al responsable de Save the Children para la emergencia. Decidí asumir el cargo después de una visita el pasado mes de octubre, casi tres meses después de las inundaciones, cuando comprobé con mis propios ojos la enorme crisis de la que se trataba (algo que no había podido comprobar en la insignificante cobertura ofrecida por los medios de comunicación). Por aquel entonces acababa de volver de Haití y no esperaba aterrizar en Pakistán y descubrir, de nuevo, un desastre de la misma magnitud.

Después de pasar dos semanas con el equipo de gente extraordinaria que tenemos en Pakistán, que emprendieron una increíble respuesta a la emergencia, y después de enfrentarme a una crisis de este tamaño en terreno y ver la necesidad extrema que existe en el país, sabía que iba a querer volver y trabajar aquí.

Recién llegado a mi nuevo puesto y habiendo estado en terreno durante dos semanas –en Punjab y en Sindh, las zonas más afectadas- me he dado cuenta de que todavía queda un enorme trabajo por hacer para ayudar a reestablecer la vida de las comunidades afectadas. Me preocupa mucho pensar que las cosas no van a mejorar en Pakistán durante mucho tiempo. Y lo digo especialmente después de haberme sentado a escuchar y hablar con los niños y niñas que pasan por los espacios seguros de juego. Porque me contaron cosas como que incluso antes de que el agua destrozase las escuelas, muchos de ellos llevaban dos años sin ir al colegio porque los profesores no daban las clases. Las actividades educativas y de protección durante la emergencia (financiadas a través del Convenio AECID de ayuda humanitaria), han adquirido una papel fundamental no solo porque permiten a los niños y las niñas continuar con su educación y mantenerse protegidos frente a cualquier riesgo que el caos pueda provocar, sino que, además, les ayudan a recuperar un sentimiento próximo a la “normalidad”.

Si esa era la situación antes de las inundaciones, me temo el futuro que les espera a estos niños. De ahí que nuestras metas de respuesta a la emergencia sean tan ambiciosas.

Durante las dos primeras semanas aquí, me pasé la mayor parte del tiempo en las comunidades afectadas, hablando con los niños y los padres y escuchando sus historias sobre las inundaciones y los días después, tratando de comprender mejor cuáles son sus necesidades ahora, seis meses después. Una de las que se repitió por igual entre niños, niñas, padres y madres –una y otra vez- fue la necesidad de refugio, ropa caliente y mantas. Lo más básico. Aquí hace sol y calor durante el día pero las noches son tremendamente frías. Alguna gente vive ahora en tiendas de campaña, otros tratan de reconstruir sus casas de barro (que no resistirán el paso de otras lluvias de este tipo). Pero muchos viven debajo de lonas de plástico, sin mantas ni ropa de abrigo. Llevamos seis meses ofreciendo este tipo de ayuda y sin embargo, sigue sin ser suficiente. No hay prueba más fehaciente de la escala del desastre.

Otra de las mayores preocupaciones tiene que ver con la salud y la desnutrición. He visitado varios centros de estabilización de Save en Shikarpur (región de Sindh), donde varios niños con desnutrición  fueron reenviados por los equipos se nutrición en terreno. Estuve con cuatro madres que acompañaban a sus hijos y no pude emocionarme con uno de los niños: tenía casi dos años pero el estado de desnutrición en el que se encontraba le hacía parecer un bebé de no más de cinco meses. Otro niño no paraba de llorar, algo que sólo percibías si le mirabas porque su debilidad le impedía emitir cualquier sonido. Creo que la imagen de verle llorar en silencio fue lo que más me afectó.

Pienso y solo me acerco al imaginarme como puede ser para un padre o una madre sentir que no puedes dar lo suficiente a tu hijo. Ese pensamiento me batió de nuevo. Un sentimiento que logras vencer cuando lo piensas mejor y sabes que por lo menos esos niños están siendo ahora atendidos, que van a seguir viviendo. Ese día fui consciente de nuevo de lo importante que  es que el gobierno, los donantes y la comunidad internacional siga respondiendo cuando la emergencia entra en la denominada “fase de recuperación”.

El trabajo aquí está muy lejos de quedar terminado y todavía queda mucho tiempo para superar esa fase de recuperación. Pero cuando, hablando con la madre del hijo que lloraba en silencio, ella me decía que su hijo iba a salir adelante, sientes que todo el trabajo del mundo merece la pena y que el futuro de todos esos niños y de sus familias está ahí para seguir adelante.

Quieres volver a casa sabiendo que ya no hay una casa a la que volver

24 de Septiembre de 2010 | 11:13 am

Nuestro compañero Khurram nos escribe su primer post desde Pakistán.

Ya han pasado casi dos meses desde que las inundaciones empezaron a arrasarlo todo en Pakistán. Es difícil ver como la vida podrá volver a la normalidad para los millones de personas afectadas. Al tiempo que los niños y las niñas descansan, abatidos, en el andén de las carreteras, en las vías de los trenes, en los campamentos de ayuda y las salas de los hospitales abarrotados, se mantiene su lucha contra el hambre y las enfermedades.

A pesar de que los esfuerzos de la comunidad humanitaria han logrado algunos avances, la escala del desastre es tal que será necesario que pasen meses para que la fase inicial de asistencia y rescate quede completada. La destrucción de hogares, infraestructura, escuelas y la pérdida de tierras de cultivo ha dejado a millones de personas sin recursos en Pakistán en una situación desesperada y , lo que es peor, sin apenas esperanza.  Y lo que espero es que se pueda avanzar lo suficiente durante el enorme proceso de rehabilitación antes de la llegada de las lluvias monzónicas del próximo año.

He visitado muchos campos, muchas clínicas y he visto con mis propios ojos las condiciones en las que han quedado los poblados en las provincias de Sindh y Punjab una vez que se ha retirado el agua de las inundaciones.  Por extraño que parezca no es difícil asegurar que las inundaciones discriminaron entre ricos y pobres porque fue precisamente la sección más empobrecida de la sociedad pakistaní – la que vive en casas de barro y sobrevive cultivando la tierra de los demás- la que resultó más tremendamente afectada. Al tiempo que ven como sus vidas quedan destrozadas por el agua, esperan la llegada de cualquier tipo de ayuda y se pasan la mayor parte del día rezando esperando el regreso a sus hogares y a sus vidas, tal y como estaban antes de que comenzase el desastre.   Los departamentos de salud del distrito están claramente saturados dado que más y más pacientes precisan ser atendidos. Los hospitales municipales, en los distritos de Sukkur, Shikarpur y Jacobabad, en la provincia de Sindh, están abarrotados con miles de niños y niñas que necesitan tratamiento para infecciones de piel, problemas respiratorios y fuertes diarreas. La mayoría de estas condiciones están provocadas por el hecho de vivir rodeados de agua contaminada, agravado por la ausencia de agua limpia y agua para beber.

He visto cientos de niños y niñas que prácticamente parecían sin vida. El color de la piel pálido, la mirada ausente y sus movimientos sin ningún tipo de energía. Apoyados en las rodillas de sus madres, apenas son capaces de llorar para pedir ayuda. Todas las madres nos cuentan lo mismo, como perdieron sus hogares, su salud y el medio con el que se ganaban la vida. Es especialmente duro para las mujeres que nunca han dejado los pueblos en los que han vivido toda su vida y ahora se han visto forzadas a vivir  en campamentos hacinados  sin ninguna higiene y donde la vida ha pasado a ser de regimiento. Todas  nos intentan expresar la contradicción que supone el desear volver a casa sabiendo que ya no hay una casa a la que volver. Y sin embargo, observas a estas mujeres y sólo puedes admirar la dureza con la que afrontan su realidad para cuidar de sus hijos.

Con un futuro que aparece sombrío en cada aspecto por donde lo mires, resulta difícil encontrar un rayo de esperanza o de ánimo. Mis compañeros trabajan día y noche para ofrecer refugio, comida y atención médica sabiendo que esta emergencia está muy lejos de quedar concluida.

Cientos de compañeros han trabajado durante los días de la fiesta de Eid (popularmente conocida como la fiesta del cordero) y continuaron ofreciendo alimento y atención a las comunidades afectadas. Los equipos de protección organizaron muchas actividades durante la fiesta con juegos y regalos para los niños y niñas refugiados en los campamentos. Tal vez no se consiguiese nada más allá, pero fueron días en los que logramos arrancar alguna sonrisa de la cara de los niños y que probablemente les haya ayudado a enfrentarse mejor al trauma provocado por el desplazamiento y, sobre todo, la incertidumbre.

Los medios y las ONGs: una relacioón difícil pero necesaria

3 de Septiembre de 2010 | 12:47 pm

Nuestro compañero de comunicación, Ian Woolverton, está en Pakistán para ayudar a nuestro equipo a hacer que la emergencia se mantenga en nuestro imaginario colectivo.

Un grupo de reporteros y productores llegan para contar la historia de la respuesta que estamos dando desde Save the Children a las víctimas de las inundaciones en el distrito del Sukkur, Sindh, en Pakistán. Aferrados a sus trípodes, sus cámaras, el bloc de notas y los micrófonos, se apresuran para captar el mejor plano, para encontrar la mejor historia.

Hoy en Sukkur, los equipos de cámara de televisión y los fotógrafos informan desde una clínica de asistencia primaria que hemos ayudado a establecer sobre la superficie de lo que solía ser un colegio – convertido ahora en hogar para más de 2.000 personas afectadas por las inundaciones.

De 9 a 5, 7 días a la semana, la gente espera la cola para ver al médico en el centro. Se ofrecen medicamentos gratuitos para aquellos que los precisen, fundamentalmente para la diarrea, la malaria y las infecciones cutáneas.

Es temprano todavía, en torno a las 9:30 de la mañana, cuando llega el primer equipo de televisión. Uno de los productores le pide a una médico que le acompañe a dar un paseo por el campo de desplazados. A los medios les gustan este tipo de cosas, contar la historia a través de los ojos del experto en el terreno.

Pero aún así, no puedo evitar fruncir el ceño. ¿Te imaginas a un periodista en Reino Unido entrando como si nada en una clínica, inmiscuirse en medio de una consulta y pedirles – aunque con mucha educación- dar una vuelta a la manzana?

En este punto, debería dejar una cosa clara. No estoy criticando a los medios. En las emergencias humanitarias, tienen un papel muy importante que desempeñar y, por lo general, lo hacen muy bien.

De hecho, las organizaciones de ayuda y los medios nos ayudamos los unos a los otros para contar historias en las emergencias. Compartimos información, es una relación de simbiosis. Pero la forma en que nosotros contamos –o quizás mejor, buscamos- las historias es diferente. Por ejemplo, a mi no me permiten grabar o sacar fotos de nadie sin su consentimiento. Si quiero usar la imagen de un niño en una historia o en una entrada para el blog, tengo siempre que grabar su nombre y otros datos pertinentes, como su edad. Por último, aunque quizás más importante, para todo lo anterior necesito el consentimiento explícito de sus padres, tutores o de las personas encargadas de su cuidado.

Pero los medios no necesitan nada de eso. Hay que admitir que algunos hacen grandes esfuerzos para obtener importante información personal sobre las personas a las que entrevistan, graban o fotografían. Pero no todos lo hacen y ese es el problema ya que poner el nombre a una cara no es algo banal, humaniza a la persona afectada en lugar de etiquetarla a modo general como víctima de un desastre.

Así que, ¿de qué manera influimos las organizaciones a la hora de ayudar a dar forma a los reportajes y noticias que los medios emiten sobre los desastres?  Respuesta corta: bastante.

Dejadme que os de un ejemplo. La CNN grabó a una de nuestras compañeras, Claire Sandford, mientras visitaba esta semana los campamentos habilitados en el distrito de Sukkur para las personas que han perdido sus hogares. Después de terminar con la grabación, Claire me llamó diciéndome que le parecía que el cámara había grabado a un niño desnudo y me pidió que por favor contactase con el periodista para que no usase esa imagen en la historia.

Como la mayoría de las organizaciones, nunca usamos imágenes en las que los niños o niñas aparezcan en situaciones que pudieran resultar degradantes. Y estoy seguro de que estaréis de acuerdo de que el código de conducta que seguimos representa una política muy sensible. Y después de todo esto, ¿cómo te sentirías si alguien sacase una cámara y la apuntase en la dirección de un niño desnudo? ¿Dónde está el respeto y la dignidad?

Así que, llamé al periodista de la CNN y le pedí que no usasen la imagen del niño en la historia. “Si, no se me ocurrió en aquel momento, pero al montar el video coincidimos en que no estaba bien usarla y decidimos quitarla”, me contestaba el corresponsal de la CNN Kyung Lah. Fin de la historia.

Volviendo al asunto de trabajar con los medios en los desastres naturales, está claro que el hecho de que hayan dirigido su objetivo a las inundaciones ha ayudado a impulsar el apoyo de los donantes internacionales. Durante los próximos seis meses, desde Save the Children queremos llegar a más de dos millones de personas –entre ellos, un millón de niños y niñas- con ayuda, principalmente alimentos y refugio. Y este objetivo no podría alcanzarse sin el apoyo de los donantes y sin el objetivo de los medios enfocando hacia el país.

Pero de vuelta a la clínica de la que hablaba al principio, intenta explicarle todo esto a la madre cuyo hijo sufre diarrea severa mientras ve como entra en la consulta un grupo de personas con cámaras, o a la madre de la niña a la que un horrible sarpullido le recorre el cuerpo y, que además, ha perdido su hogar por culpa de las lluvias. Apuesto a que se hubieran cambiado con el equipo de periodistas para entrar antes a la consulta y conseguir los medicamentos que venían buscando.

Pero debemos ser pragmáticos. Por mucho que me guste vivir en un mundo en el que no existen desastres naturales, el caso es que suceden. Y cada vez son más frecuentes. Los recursos que la comunidad de donantes tiene para ofrecer a las organizaciones son limitados por lo que, es obvio que necesitamos el apoyo de la sociedad civil. Y somos conscientes también –y de hecho lo agradecemos sobremanera- que el objetivo de una cámara y el bloc de notas de un periodista, es una de las bazas con las que contamos para que la emergencia y sus víctimas no se olviden.

El primer paso de Sajjad y su familia

17 de Agosto de 2010 | 12:31 pm

Sajjad, tiene 14 años y vive en el suburbio de Jail, en la ciudad de Bahrain, en el Swat. En Jail hay más de 50 hogares asentados sobre las orillas del río Swat. Además de las casas, está lleno de plazas, restaurantes, hoteles y hostales para los turistas que llegan de todo Pakistán. Sajjad es el mayor de cinco hermanos y estudia en la Clase 7 del Complejo Educativo del Swat, una escuela privada en Bahrain.

El padre de Sajjad es profesor y tiene una plantación de manzanas cerca del río Swat. Uno de sus mayores deseos es que a Sajjad le vaya bien en clase y pueda estudiar en la universidad.

El año pasado la familia de Sajjad tuvo que abandonar su hogar debido al desplazamiento impuesto por el conflicto entre el ejército pakistaní y los talibanes del Swat. El padre de Sajjad no obtuvo ni una rupia de su salario durante meses ya que todas las escuelas estaban cerradas mientras que, en su ausencia, todo su cultivo de manzanas se estropeó. Sin embargo, la familia logró reconstruir su vida después de que el conflicto cesase.

Y llegaron las inundaciones. El pasado 28 de julio, las zonas colindantes con el río Swat fueron golpeadas por torrentes intensos de agua, causando enorme destrucción de vidas y propiedades. Bahrain fue una de las ciudades más afectadas en Khyber Pakhtunkhawa – el agua cubrió calles enteras en menos de 24 horas. El barrio de Jail –donde vive Sajjad- quedó devastado.

Sajjad nos explicaba que llevaba lloviendo dos días cuando les dijeron que su barrio estaba totalmente cubierto por el agua. “Nuestros vecinos huyeron corriendo a lo alto de la colina. Nosotros cogimos las cosas de más valor y no mudamos a casa de mi tío, en una zona más segura. Al día siguiente comprobamos que nuestra casa había quedado totalmente destrozada”.

A la mañana siguiente el padre de Sajjad comprobaba con sus propios ojos que la cosecha de manzanas estaba cubierta por el barro y el agua. Desde aquel día –me contaba Sajjad- su padre calló enfermo y permanece todo el día en estado de depresión.

Sajjad nos dice que ha perdido todos sus libros. Al lugar donde se encuentra están llegando las distribuciones de alimentos pero parece que no son suficientes para la familia de su tío –que les está acogiendo- y para la suya.

Una de las tareas a las que hemos estado dedicados desde el principio –a parte de asistir a las familias una vez que cesaron las lluvias en el Swat- es evaluar el daño e identificar a las familias con más necesidades en las zonas más terriblemente afectadas, entre ellas Bahrain. Primero seleccionamos a las familias que habían perdido sus hogares para repartir tiendas de campaña con bambú y un kit de refugio para establecer estructuras temporales. Al haber perdido su hogar, la familia de Sajjad fue una de las seleccionadas.

En estas situaciones son pequeñas las cosas que te hacen seguir adelante y ver a Sajjid más tranquilo fue una de esas cosas. “Se que esto no va a reemplazar mi casa pero al menos será un primer paso para mi familia”, me decía.

Derrumbamientos y exhuberancia en el Swat

12 de Agosto de 2010 | 1:53 pm

Después de dos días sin respiro en Islamabad, decidí afrontar el fuerte chaparrón en mi vuelta hacia el Swat cruzando las montañas de Malakans. La carretera estaba abarrotada de tierra y pequeñas piedras hasta que llegamos a un punto en el que el abarrotamiento nos obligó a parar; los ingenieros del ejército estaban parando el tráfico. Una piedra enorme se estaba rompiendo a causa del agua y la montaña entera a punto de colapsarse.

Estuvimos allí toda la tarde, hasta que se hizo de noche. Y la piedra, con un trozo de montaña, calló por fin.

Al día siguiente, ya en el Swat, fui a visitar el distritito de Shangla para evaluar el daño causado por las inundaciones. Toda esta zona representa un pastel de exuberante vegetación y valles brillando a través del reflejo de cimas blancas y de aguas termales que brotan en cada rincón.

Pero la belleza del lugar se mezcla ahora con la magnitud de la catástrofe. Tras las reuniones con funcionarios del gobierno, hemos cuantificado hasta 250.000 personas severamente afectadas por las inundaciones y aisladas del resto de Shangla. Cerca de 70.000 personas altamente vulnerables, que se han quedado absolutamente sin nada, se encuentran esperando a recibir algún tipo de ayuda en Shahpur. Un total de 270 casas, siete puentes, dos hospitales y cuatro escuelas han resultado totalmente “barridos”, mientras que miles de personas han perdido sus granjas, su ganado y sus negocios. Desafortunadamente, la ayuda humanitaria no había llegado hasta esta zona todavía. Apenas existe un comité compuesto por autoridades civiles, fuerzas armadas y notables de la comunidad que están empleando una cadena de 50 mulas para transportar raciones básicas de alimentos para 1.400 familias en una extensión de 35 kilómetros.

Esta semana, esperamos poder ofrecer tiendas de campaña y artículos para construir hogares temporales para más de 1.000 familias así como distribuir alimentos entre 1.500 personas de las áreas más remotas del Swat superior.

El temor a más lluvias, más inundaciones y derrumbamientos persiste pero, al igual que la exuberante belleza del valle, nuestra iniciativa para ayudar a las víctimas sigue inmutable.

Las mil y una maneras de distribuir la ayuda

12 de Agosto de 2010 | 12:25 pm

Con el agua de las inundaciones causando estragos en el sur, en la región de Sindh y las continuas lluvias cayendo en diferentes partes del país, las actuales inundaciones en Pakistán representan la peor catástrofe natural en la historia del país.

La lluvia ha dejado aislados a muchos pueblos situados junto al río. Esto ha hecho que nuestros compañeros se hayan visto obligados a emplear todo tipo de “métodos” para distribuir la ayuda entre las comunidades….

…se están desplazando en mula…

…en camioneta….

…en barca…

…en una improvisada tirolina..

…en una cama..

..y, cuando nada de lo anterior es factible, a pie.

Viviendo bajo el cielo abierto

9 de Agosto de 2010 | 4:37 pm

Hussain Bakhash vive en el pequeño pueblo de Kacha Kot Mithon, al sur del Punjab. Tiene 65 años. Ha perdido todas sus pertenencias y ahora vive a la intemperie sin ningún sitio donde refugiarse.

“Estábamos sentados en una parcela de tierra esperando que no se inundara. De repente vimos cómo el agua subía rápidamente así que decidí llevarme a mi familia y mis animales a un lugar más seguro. No me dio tiempo a coger ninguna de mis pertenencias. El agua se llevó por delante toda la comida, la ropa, los utensilios y las cosas de la casa”, cuenta Bakhash.

“Caminé durante cinco horas con mi familia hasta la estación de tren de Kot Mithon, que está en un alto. No conseguimos nada para comer durante tres días. No tenemos ropa para cambiarnos y como llueve todo el rato siempre estamos mojados”.

Sentado en el suelo, Hussain espera – tal vez-  un milagro  que les lleve de vuelta a casa y a su vida normal.

Desde Pakistán: las lluvias sin precedentes y el agujero en la carretera

2 de Agosto de 2010 | 12:46 pm

Llegué a Saidu Sharif, Swat, hace justo una semana para realizar una formación dirigida a un grupo de organizaciones locales. Justo dos días después, las que se han convertido en las lluvias del monzón sin precedentes, causaban una destrucción generalizada por toda la zona.

Las exhuberantes y turísticas zonas de Kalam, Bahrim y Miandam, así como otras partes del Swat, han resultado muy afectadas, con pueblos enteros barridos por el agua.  En la mayoría de los pueblos y algunas ciudades no ha habido electricidad durante más de cuatro días y ninguna de las estaciones con pozos y bombas de agua está funcionando. Prácticamente  nadie tiene disponibilidad de agua corriente.

El sábado fui con algunos compañeros al Alto Swat para ayudar en las labores de evaluación de los daños. Cuando llegamos a Fatehpur, la carretera se cortaba repentinamente en una caída de 100 metros al río Swat. La imagen era como sí una parte entera de la carretera, junto con todas las casas a su alrededor, hubiese sido vaciada con una cuchara gigante. Esta es la única carretera que lleva a Miandam, Bahrain y Kalam, donde miles de residentes locales y turistas de todo Pakistán se encuentras inmovilizados.

Dejamos nuestro coche, subimos una pequeña montaña y caminamos a través de los estrechos senderos de un pueblo. Allí nos encontramos con amplios grupos de familias que regresaban de Madyan y que nos alertaban de la terrible situación que se vivía allí. Una imagen que se me quedó grabada: ver a los niños y niñas apresurarse con calderos llenos de agua del manantial ofreciendo bebida gratis a las personas que cruzaban su pueblo.

El precio de los alimentos se incrementa ante la amenza de que las reservas se agoten

Al entrar en la ciudad de Madyan, pudimos ver los campos de asistencia establecidos por el ejército.  Nos contaron que prácticamente todas las casas en Chel, Zanco y otros pueblos alrededor, fueron destruidas. El precio de los alimentos ha subido drásticamente en los últimos dos días, dado que no llegan nuevos suministros a los mercados. Los supervivientes nos contaban que no podían comprar los alimentos para sus familias por falta de dinero, mientras que los vendedores nos confesaban su temor a que los suministros en stock se agotasen durante los próximos cuatro días.

La única instalación sanitaria disponible en Madyan, junto con cinco escuelas primaria, un instituto y una universidad acabaron totalmente caolapsadas por las inundaciones. Los restos a los que se han quedado reducidos estos edificios no son más que unas pocas paredes que sobresales entre las enfurecidas olas del río Swat.

Nuestro largo camino de vuelta al coche, en Saiud Sharif, ayudamos a subir la colina a un hombre de mediana edad con un fajo cargado de alimentos a la espalda, su anciana madre y su hijo, ciego, que caminaban hacia la carretera. Nos cuenta que ha perdido todo su ganado con las lluvias. Estaba llevando a su familia a la casa de un familiar, pero esperaba regresar pronto para recuperar lo que hubiese quedado de su casa. Tal vez nada, tal vez sólo las paredes.