Seis meses después de las increíbles inundaciones que devastaron Pakistán desde el norte hasta el sur –una zona mucho mayor que toda España- la situación de crisis para los niños y niñas del país está muy lejos de haber terminado. Siguen creciendo los casos de enfermedades y desnutrición; miles de personas no cuentan con ropa ni refugio adecuado para las heladas noches de invierno y, en la zona más afectada (la provincia de Sindh en el sur), todavía permanecen bajo el agua enormes zonas de la región. Muchos agricultores no van a poder plantar los cultivos de invierno, lo que significa que sus medios de vida y su acceso a comida va a ser muy complicado durante los próximos meses y años. Desde el propio gobierno han confirmado que algunas de las zonas más afectadas tardarán todavía otros seis meses en secarse por completo.
Recientemente llegué a Pakistán para sustituir al responsable de Save the Children para la emergencia. Decidí asumir el cargo después de una visita el pasado mes de octubre, casi tres meses después de las inundaciones, cuando comprobé con mis propios ojos la enorme crisis de la que se trataba (algo que no había podido comprobar en la insignificante cobertura ofrecida por los medios de comunicación). Por aquel entonces acababa de volver de Haití y no esperaba aterrizar en Pakistán y descubrir, de nuevo, un desastre de la misma magnitud.
Después de pasar dos semanas con el equipo de gente extraordinaria que tenemos en Pakistán, que emprendieron una increíble respuesta a la emergencia, y después de enfrentarme a una crisis de este tamaño en terreno y ver la necesidad extrema que existe en el país, sabía que iba a querer volver y trabajar aquí.
Recién llegado a mi nuevo puesto y habiendo estado en terreno durante dos semanas –en Punjab y en Sindh, las zonas más afectadas- me he dado cuenta de que todavía queda un enorme trabajo por hacer para ayudar a reestablecer la vida de las comunidades afectadas. Me preocupa mucho pensar que las cosas no van a mejorar en Pakistán durante mucho tiempo. Y lo digo especialmente después de haberme sentado a escuchar y hablar con los niños y niñas que pasan por los espacios seguros de juego. Porque me contaron cosas como que incluso antes de que el agua destrozase las escuelas, muchos de ellos llevaban dos años sin ir al colegio porque los profesores no daban las clases. Las actividades educativas y de protección durante la emergencia (financiadas a través del Convenio AECID de ayuda humanitaria), han adquirido una papel fundamental no solo porque permiten a los niños y las niñas continuar con su educación y mantenerse protegidos frente a cualquier riesgo que el caos pueda provocar, sino que, además, les ayudan a recuperar un sentimiento próximo a la “normalidad”.
Si esa era la situación antes de las inundaciones, me temo el futuro que les espera a estos niños. De ahí que nuestras metas de respuesta a la emergencia sean tan ambiciosas.
Durante las dos primeras semanas aquí, me pasé la mayor parte del tiempo en las comunidades afectadas, hablando con los niños y los padres y escuchando sus historias sobre las inundaciones y los días después, tratando de comprender mejor cuáles son sus necesidades ahora, seis meses después. Una de las que se repitió por igual entre niños, niñas, padres y madres –una y otra vez- fue la necesidad de refugio, ropa caliente y mantas. Lo más básico. Aquí hace sol y calor durante el día pero las noches son tremendamente frías. Alguna gente vive ahora en tiendas de campaña, otros tratan de reconstruir sus casas de barro (que no resistirán el paso de otras lluvias de este tipo). Pero muchos viven debajo de lonas de plástico, sin mantas ni ropa de abrigo. Llevamos seis meses ofreciendo este tipo de ayuda y sin embargo, sigue sin ser suficiente. No hay prueba más fehaciente de la escala del desastre.
Otra de las mayores preocupaciones tiene que ver con la salud y la desnutrición. He visitado varios centros de estabilización de Save en Shikarpur (región de Sindh), donde varios niños con desnutrición fueron reenviados por los equipos se nutrición en terreno. Estuve con cuatro madres que acompañaban a sus hijos y no pude emocionarme con uno de los niños: tenía casi dos años pero el estado de desnutrición en el que se encontraba le hacía parecer un bebé de no más de cinco meses. Otro niño no paraba de llorar, algo que sólo percibías si le mirabas porque su debilidad le impedía emitir cualquier sonido. Creo que la imagen de verle llorar en silencio fue lo que más me afectó.
Pienso y solo me acerco al imaginarme como puede ser para un padre o una madre sentir que no puedes dar lo suficiente a tu hijo. Ese pensamiento me batió de nuevo. Un sentimiento que logras vencer cuando lo piensas mejor y sabes que por lo menos esos niños están siendo ahora atendidos, que van a seguir viviendo. Ese día fui consciente de nuevo de lo importante que es que el gobierno, los donantes y la comunidad internacional siga respondiendo cuando la emergencia entra en la denominada “fase de recuperación”.
El trabajo aquí está muy lejos de quedar terminado y todavía queda mucho tiempo para superar esa fase de recuperación. Pero cuando, hablando con la madre del hijo que lloraba en silencio, ella me decía que su hijo iba a salir adelante, sientes que todo el trabajo del mundo merece la pena y que el futuro de todos esos niños y de sus familias está ahí para seguir adelante.













