Nuestro compañero Gabriel Nehrbass comparte una cuidada descripción de un fin de semana de trabajo en el campo de refugiados de Kobe, en Etiopía.
Voy a intentar resumir el fin de semana pasado para compartir lo que son los días de trabajo en un lugar en el que la sequía y sus consecuencias marcan la vida diaria de las personas.
Imagina una continua tormenta de polvo que distorsiona tu visión y se mete por tu nariz -por tu boca- cada vez que respiras. Imagina un desierto rojo oxidado con miles de tiendas de campaña blancas salpicando el horizonte hasta allá donde te alcanza la vista. Trata de visualizar a padres con la tristeza acoplada a sus ojos y niños sin sonrisa en sus rostros. Estamos en el campo de refugiados de Kobe, en Etiopía, donde 24.000 personas recién llegadas han sido realojadas. Hay otros dos campos con su total capacidad cubierta (40.000 personas en cada uno de ellos) y esta semana abrirá un cuatro para refugiar a las personas que siguen llegando. Cada día 300 personas llegan desde Somalia, 2.400 cada semana. Llegan desde distintas partes del país, desde distintas culturas y con dialectos diferentes.
Todo lo que queda atrás con la huida
Muchos adultos pero muchos más niños y niñas se encuentran en riesgo. La mayoría están demasiado delgados y sufren desnutrición debido a la huida y a la sequía que azota en sus hogares. Apenas muestran energía para hablar. Sin embargo, te acercas a un hombre, a una mujer o a un niño, sonríes y les tiendes tu mano para saludarles y decir “hola, como estás” con las pocas palabras que conoces del idioma somalí y su expresión revive en un segundo. Sonríen y con su sonrisa alcanzas a captar un atisbo de quienes son y de todo lo que han dejado atrás.
Apenas hace unas semanas las personas que ahora tengo a mi alrededor eran maestros, pastores, granjeros, comerciantes. Algunos de los niños iban a la escuela (otros muchos no) mientras que otros se dedicaban a ayudar a sus familias con el ganado. Tenían vidas en familia, sueños, esperanzas y aspiraciones, como tú y como yo. Y ahora están aturdidos, desconcertados frente a un futuro incierto.
En estos campos no hay ningún sitio para que los niños jueguen o se sienten seguros. Hay extraños por todas partes. Es difícil determinar en todo momento quién vive dentro del campo y quién viene de las zonas colindantes. Durante el día, muchos niños se esconden en las tiendas donde viven con sus familias y solo algunos de ellos se atreven a jugar entre los arbustos que rodean las inmediaciones de los campos.
La cruda realidad de los centros de tránsito
El centro de tránsito arroja una imagen incluso más dura. Los niños caminan entre basura y heces. Están escuálidos. Tiendas improvisadas con cartones y ramas ofrecen escaso refugio a los recién llegados. Aquí, en estos centros de tránsito, las familias tendrán que esperar hasta que les concedan la documentación necesaria para acreditarse como refugiados. Esto puede llevar unos días o pueden ser semanas de espera. Apenas te cuentan lo que les ha ocurrido durante las dos últimas semanas. ¿qué vieron?, ¿qué dolor les acompañó durante su trayecto?, ¿a quién perdieron?, ¿qué aspectos de su experiencia pesarán sobre ellos para el resto de sus vida?, ¿cuánto tiempo se quedarán en los campos?, ¿cuánto va a durar la sequía en el Cuerno de África?

Visita una de nuestros centros nutricionales (que también son tiendas de campaña) y el nudo en tu corazón se intensifica. Los niños están tan delgados que la ropa no cubre los huesos que sobresalen. La mayoría de ellos mantienen una mirada tan fija en sus caras que apenas te ven; otros levantan su cabeza muy levemente para apenas mirarte. No hay sonrisas.
Puesta en marcha de los espacios seguros
Este fin de semana estoy aquí para comenzar con el programa de protección en este nuevo campo de refugiados así como en el centro de tránsito que se ha creado a la entrada, centrándose en la creación de espacios seguros de juego. Al mismo tiempo sigo coordinando el incremento de nuestros programas de distribución de alimentos por todas las regiones de sur. La sequía a lo largo y ancho de todo el Cuerno de África es una crisis mucho mayor que el enorme flujo de refugiados y sin embargo, nuestro trabajo en protección de la infancia es siempre prioritario.
Antes de la construcción de los centros de espacio seguro, tuvimos que realizar las pertinentes negociaciones con distintos niveles del gobierno, reunirnos con el comité de refugiados, planificar con ACNUR, reunir a todo el personal y hacer entrevistas entre los refugiados, comprar todo el material, negociar con un constructor y describir con dibujos la localización y las dimensiones del primero de los espacios seguros, las letrinas y la vaya alrededor. Nada es fácil y nada se puede hacer sin movilizar un montón de trámites.
Todo eso fue el sábado. Para el domingo por la mañana la construcción de dos espacios seguros ya estaba terminada. Estuvimos trabajando toda la noche, haciendo todo lo posible por lograr avanzar rápidamente. La mañana del domingo estuve con la formación de los supervisores de los centros; todos ellos llevan trabajando tiempo en los campos de refugiados. Y son gente excepcional no solo por la forma en la que realizan su trabajo sino por el modo en el que tratan al resto de refugiados, como si fueran hermanos y hermanas. La personificación de la empatía.
Los centros ya están funcionando. Los niños y niñas refugiados, de todas las edades, vienen a los espacios seguros precisamente para eso, para sentirse seguros frente al daño y el abuso, para jugar, expresar lo que sienten, aprender, descansar, socializar con sus iguales y para, simplemente, ser niños.
Espacios para más de 17.000 niños y niñas
Pero los espacios también sirven para identificar y ofrecer soluciones a cuestiones de abuso infantil en los campos; desde abuso y violencia sexual, a identificación de menores no acompañados y casos médicos que deberían ser remitidos a nuestros programas o a programas de otras organizaciones como Médicos sin Fronteras. De las observaciones que recogemos en estos espacios, desde Save the Children trabajamos a todos los niveles con la administración de los campos, los padres, los niños, el comité de refugiados y otras organizaciones para resolver los problemas.
Miles de niños pasarán por aquí esta primera semana de funcionamiento de los espacios y seguiremos incrementando el programa teniendo en cuenta de que, solo en este campo, hay más de 17.000 niños y niñas.
Llego rendido a mi cama el domingo por la noche y el lunes, a las 5 de la mañana, el coche ya me está esperando para dirigirme a las afueras del campo y volver de nuevo a mi trabajo habitual de coordinación de las distribuciones de alimentos. Me siento muy afortunado por haber podido participar en la puesta en marcha del programa de protección y espacios seguros en el campo. Nunca me olvidaré de este fin de semana de color polvo, de tristeza y de delgadez extrema pero, sobre todo, de la sonrisa que llega después de preguntar en mi pobre somalí “hola, ¿cómo estás?”
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