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Dejando Mauritania, la vuelta a otra realidad

3 de Septiembre de 2012 | 1:26 pm

Mañana de madrugada volvemos a Madrid. Vuelta a un calor menos calor que el de Mauritania y a escuchar hablar de la crisis sin descanso. Algunos amigos me preguntarán qué sentido tiene trabajar en Mauritania cuando en España tenemos el panorama que tenemos. No intentaré convencerles de que están equivocados, porque no creo que lo estén. Es cierto que nuestros niños se están viendo afectados por la crisis. La pobreza infantil se ha incrementado en un 10% desde 2008 en España. Pero los niños de Mauritania son tan niños como los nuestros y tienen tan poca responsabilidad sobre crisis económicas o alimentarias como los nuestros.

Nuestra fundadora, una señora inglesa llamada Eglantine Jebb y, definitivamente, una mujer de bandera adelantada a su tiempo creo Save the Children para ayudar a los niños afectados por la primera guerra mundial. Algunos la criticaban por ayudar a los niños de los países enemigos. Pero Eglantine entendía que los niños son niños independientemente de su origen, de su religión, de su nacionalidad o de la orientación política de sus padres.

No sólo no tienen responsabilidad sobre las crisis o los conflictos generados por los adultos sino que, además, son los más vulnerables ante ellos. Por eso trabajamos en España, en Mauritania, en Perú, en Filipinas, y en más de 120 países por la defensa de los derechos de los niños y las niñas. Porque los niños, son niños. Punto.

El valor de unos zapatos

22 de Agosto de 2012 | 10:48 am

Hasta hoy nunca me había parado a contar los pares de zapatos que tengo en el armario. Sandalias para el verano, chanclas para la playa, zapatillas de deporte, zapatos de vestir, zapatos para bailar, botas de agua. Más de los que necesito, sí, pero nunca había pensado que eran demasiados, nunca me había parado a pensar en su valor, hasta hoy.

El responsable de esta refexión se llama Ousmane Mamadou Gueye. Es un chaval de ojos grandes al que, de entrada, cuesta arrancarle una sonrisa. Ousmane nos saluda tímidamente y se sienta sobre una esterilla a charlar con nosotros. Está descalzo y tiene la cara y los brazos manchados de barro. Ha estado en el campo ayudando a remover la tierra para la siembra.

No está seguro de su edad, pero sus vecinos aseguran que tiene 10 años. Su madre está enferma en el hospital y su padre, un señor mayor con el rostro curtido por años de sol mauritano y varias sequías, sale cada día a buscar algún trabajo en los pueblos cercanos. Hay días que vuelve con algo de comida para Ousmane y sus tres hermanos pequeños y otros que vuelve sin nada. “Con la sequía no comemos mucho. Si comemos al medio día no cenamos y si cenamos no comemos al día siguiente”.

Además, con la sequía hay menos trabajo y Ousmane no podrá ir a la escuela el curso que viene. “Mi padre me ha dicho que no iré a la escuela pública el año que viene porque no puede comprarme zapatos”. Él y su hermana continuarán asistiendo a la escuela islámica, donde aprenden el Corán, pero Ousmane quiere seguir estudiando en la escuela pública donde aprenden árabe, francés y matemáticas.

La escuela está a dos kilómetros de Sabar II, el pueblo de Ousmane y recibe a niños de dos pueblos cercanos. “No tendré zapatos para caminar hasta la escuela” nos explica. Pero el problema no son sólo los zapatos. Los niños necesitan uniforme, cuaderno, lápices, bolígrafos y libros. Enviar a Ousmane y a su hermana a la escuela cuesta 5.000 ouguiyas, 13,50 euros, por año. Menos de lo que cuestan un par de zapatos en cualquier tienda de Madrid o Barcelona. Un pasaporte para un futuro mejor, para romper el ciclo de la pobreza en este pueblo del sur de Mauritania.

Ousmane no tiene zapatos pero sí sueños “quiero aprender para ser profesor cuando sea mayor y poder enseñar a otros niños”. Le preguntamos por su deporte favorito y por fin nos regala una gran sonrisa. Lo que más le gusta es jugar al fútbol con sus amigos. No podía ser de otra manera.

La vida transcurre, a la sombra

13 de Agosto de 2012 | 9:34 am

En los pueblos de las regiones de Gorgol y Brakna, donde trabajamos en la respuesta de emergencia a la sequía en el Sahel, la vida pasa despacio y a la sombra. Estamos en la temporada fresca y puede llegar hacer más de 40 grados a la sombra. Por la noche la temperatura no baja nunca de 30. El sol quema y la arena se te pega a la piel, pero a veces corre una leve brisa, porque es la temporada fresca. En el mes de agosto las temperaturas pueden alcanzar los 50 grados a la sombra. “Entonces sí que hace calor” nos dice nuestra compañera Zeinabou.

Aquí son especialistas en encontrar sombras, y también en fabricarlas. Levantan tiendas en mitad del campo y también cerca de las casas. Tiendas con telas de colores y esteras sobre las que tumbarse a descansar, a comer, a charlar, a tomar el té y a pasar las horas de calor en las que es imposible estar al sol. El astro rey chupa cualquier rastro de humedad y hay que beber agua continuamente para no deshidratarse.

Por segundo año consecutivo hay sequía en el Sahel. Los riachuelos son heridas en la tierra, vacías y resecas. Los animales se acercan a beber y no encuentran más que polvo. Tampoco tienen qué comer. En esta época del año debería estar lloviendo varios días a la semana pero ya llevamos una semana aquí y no hemos visto ni una gota de lluvia.

Las vacas, las cabras y los camellos olisquean el suelo buscando restos de hierbas. Muchos han muerto ya. Los que quedan tienen la piel pegada a las costillas y caminan lentamente, casi no les quedan energías y ya no producen leche. Ellos también buscan la sombra. Se tienden bajo los árboles a descansar, a recuperar energías que no tienen para seguir buscando pastos, seguir buscando agua. Algunos ya no se pueden levantar y se dejan morir.

Paramos en un pueblo de la región de Gorgol, donde han perdido a más de la mitad del ganado. El pozo donde recogen agua de lluvia para beber está seco y van a por agua a una charca a doce kilómetros. El jefe del pueblo nos explica que el agua de la charca es agua estancada y desconoce su calidad, pero no tienen otra cosa para beber. “Nos gustaría tener agua potable en el pueblo” nos dice Assia una mujer de 33 años con Bouh, un bebé risueño de siete meses, en el regazo y ocho hijos más que revolotean a su alrededor. Su hija Khadijelou de 3 años, tiene el pelo anaranjado y los brazos muy delgados, claros síntomas de desnutrición.

En el pueblo de Assia estamos llevando a cabo programas de salud , seguridad alimentaria a través de ayuda directa a las familias y de protección de la infancia. El pueblo selecciona cuáles son las familias con mayores necesidades y por tanto, las que deben recibir la ayuda directa. Esta ayuda se transforma en alimentos, pero también semillas, herramientas y alimento para el ganado para fortalecer la capacidad de resistencia ante esta crisis alimentaria.

Assia firma, sentada bajo una Jaima, pone su huella dactilar como firma de que ha recibido la ayuda e inmediatamente va la tienda a cambiarla por arroz, aceite, cebollas y condimentos. “Intento que mis hijos coman dos veces al día, y cuando puedo, tres. Save the Children nos ha ayudado mucho a nosotros y a nuestros niños. También ha enviado a un equipo a pesar y medir a los niños y nos han hablado sobre nutrición y sobre la importancia de la educación de nuestros hijos”.

En este tipo de emergencias – en las que muchos padres y madres a menudo se desplazan en busca de alimentos – resulta imprescindible concienciar a los padres y madres sobre la necesidad de que los niños y niñas estén protegidos. También de la importancia de que no se interrumpa su educación.

Porque, pese a la emergencia, la vida transcurre. La vida continúa y los niños y niñas – con sus derechos –también.

¿Y si no pudieras comprar comida?

29 de Mayo de 2012 | 1:53 pm
Imagina que no pudieras comprarte comida.

El problema no es que no haya alimentos en las tiendas, simplemente, no puedes comprarlos.

Ves la comida apilada y colocada en las estanterías de los supermercados, pero no eres capaz de comprarla.  Los precios han llegado tan alto, que estás en ese punto en que no puedes alcanzarlos.
¿Qué harías?

Suben los precios, bajan los ingresos

Esto es exactamente lo que está pasando en algunas zonas de Níger, un país en el que millones de personas -especialmente niños y niñas- corren el riesgo de sufrir desnutrición.
Un país donde la mayoría de las madres saben que sus hijos tienen muchas probabilidades de sufrir una desnutrición tan severa que les impida llegar a los cinco años.
Aquí, donde una combinación de  la subida en el precio de los alimentos (resultado en gran parte de la especulación en los mercados internacionales) junto con la inseguridad en los países vecinos se traduce en que las familias ya no puedan permitirse comprar lo que necesitan. El precio de algunos bienes ha alcanzado picos inalcanzables mientras que la mayoría de los padres han visto como sus ingresos han caído. Muchos no lograr lleva al hogar nada de dinero.

¿Y qué hay de cultivar tu propia comida? Os estaréis preguntando. Muchas familias nigerinas cultivan alimentos, especialmente alimentos básicos aquí como son el mijo o el sorgo, que muelen y mezclan con agua o leche para hacer puré de cereales.

Podrías pensar que esto solucionaría el problema y reduciría la dependencia de los mercados. Pero durante el año pasado, una combinación de falta de lluvias y escasez de cultivos hacen que las familias dependan más de comprar alimentos al mismo tiempo que los precios tocan su pico más elevado.

Los padres y madres nigerinos hacen todo lo que pueden para mantener a sus hijos con vida.
Están vendiendo todo lo que tienen, a los precios más bajos del mercado y dejando comidas para apenas comer solo una vez. Algunos están sacando a sus hijos de la escuela para ayudarles a encontrar dinero y reducir costes. Algunos están recurriendo a alimentarse de comida para los animales.
Pero entonces, ¿como podemos ayudar?

Aunque ya estamos en terreno apoyando la emergencia, el grado de ayuda no es suficiente para la cota de crisis que está alcanzando el país. Hoy, un millón de niños y niñas todavía se encuentran en riesgo extremo en toda la región del Sahel donde, al igual que en Níger, países vencimos como Mali, Burkina Faso y Mauritania, la población se enfrenta a una inminente crisis alimentaria.
Sabemos que podemos hacer más, que podemos ayudar a salvar la vida de más niños y niñas antes de que sea demasiado tarde. Pero también sabemos que no hay manera de que lo hagamos sin ayuda.



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¿Tan sólo una nueva sequía en Mauritania?

4 de Mayo de 2012 | 3:25 pm

Nuestro compañero Iñaki Olazabal nos escribe desde Mauritania un análisis sobre la situación que ha llevado a que Mauritania se encuentre, de nuevo, en medio de una crisis alimentaria. No es una la causa, son muchas.

Otra vez. Mauritania se encuentra en riesgo de sufrir una crisis alimentaria en los próximos meses. Según los datos de Oxfam, con los quien trabaja conjuntamente Save the Children en el país, más de un cuarto de la población (700.000 personas), corren riesgo de sufrir inseguridad alimentaria. En 2002, 2005, 2008 y 2010, diferentes crisis han golpeado a la población mauritana que se dedica a la economía de subsistencia. Los niños y las mujeres, como siempre, son los principales perjudicados.

¿Esta nueva crisis se debe sólo a otra sequía?

Más del 70% de los alimentos que se consumen en Mauritania son importados. Mauritania es un buen ejemplo de un país dependiente de factores externos que cada vez son menos estables. Según la FAO, los precios mundiales de los alimentos subieron en marzo por tercer mes consecutivo debido a la especulación y a la subida del precio del petróleo y de otros productos derivados (como  fertilizantes), entre otros factores. Además, con la mala cosecha de este año, en Mauritania los precios han aumentado con respecto al año pasado: el mijo, un 50 %; el maíz, un 60 %; y el sorgo un 100%.

Como recuerdan Save the Children y Oxfam en la declaración para acabar con el hambre, se puede acabar con este tipo de crisis en cualquier parte del mundo independientemente de las condiciones climáticas propias de cada zona. No es cierto que no haya alimentos suficientes para satisfacer las necesidades de la población mundial a bajo precio.

Según la FAO, más de un 80% de la tierra cultivable de Mauritania no se cultiva. Los avances científicos en producción y las nuevas técnicas de cultivo, junto con la experiencia acumulada en la zona del río Senegal en las últimas décadas (algunas con buenos resultados), podrían triplicar los rendimientos de los suelos mauritanos.

Muchos problemas han estado vinculados a la apuesta por el monocultivo, especialmente el del arroz, que no puede competir con el arroz importado. Algunas iniciativas se centraron en la exportación de alimentos a países extranjeros. Estas iniciativas requieren grandes inversiones pero no están dirigidas directamente a paliar los problemas de subsistencia de la población mauritana. Además, los ingresos son inciertos y muy dependientes de los mercados internacionales. Otras iniciativas han pretendido cambiar de un plumazo las formas tradicionales de explotación agro-ganadera. No han tenido éxito.

Tanto el gobierno, como las organizaciones internacionales, llevan meses preparando una respuesta para la situación que se avecina. El gobierno mauritano instaló varios cientos de tiendas de proximidad con productos básicos subvencionados como arroz, aceite, azúcar, trigo o pasta. Estos productos son vendidos con descuentos de entre el 40% y el 60% en relación al precio del mercado. Esta medida solo ha beneficiado a una pequeña parte de la población y no es sostenible a largo plazo. Los precios siguen siendo demasiado altos para asegurar a la población el derecho a la alimentación. Estos cambios bruscos de los precios impiden cualquier tipo de planificación o inversión a largo plazo.

Mauritania es un pequeño país que no tiene más de tres millones y medio de habitantes y una superficie como dos veces la de España. En un país con tanto espacio y tan malas comunicaciones, las políticas de desarrollo rural han atendido demasiado a los mercados internacionales buscando soluciones a gran escala pero olvidándose de los pequeños agricultores y ganaderos.

¿Cómo podemos evitar esta situación recurrente?

Muchas situaciones recurrentes de crisis alimentaria, como en el caso de Mauritania, podrían evitarse con decisiones políticas tomadas en el país y en otras zonas del planeta.

Debemos exigir a nuestros gobernantes que terminen con la especulación en los mercados internacionales de alimentos para que se estabilicen los precios. Mientras esto no ocurra podemos trabajar promoviendo los mercados locales a pequeña escala y las actividades tradicionales dependientes de la demanda local. Debemos exigir a nuestros gobernantes que apoyen la gobernanza en las políticas agrícolas, que fomenten la diversificación, la biodiversidad y la producción local, el empoderamiento de las organizaciones de agricultores y ganaderos, el acceso al crédito rural, y que aseguren el Derecho a la alimentación a través del acceso a la tierra, al agua, y a los recursos de una forma sostenible.

Mientras no haya un consenso claro y unánime con respecto a estas cuestiones, se seguirá trabajando en cada crisis para mitigar impactos y salvar vidas, se seguirán mejorando los procedimientos de respuesta y de coordinación, pero estas crisis alimentarias se seguirán repitiendo.

A través del Convenio AECID de ayuda humanitaria estamos ofreciendo una repuesta integrada a la inseguridad alimentaria en las zonas de Gorgol y Brakna, reforzando los mecanismos de supervivencia ante la crisis alimentaria de las poblaciones vulnerables con un enfoque de protección de los derechos de la infancia.

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La delgada línea que separa la muerte de la supervivencia

10 de Abril de 2012 | 3:42 pm

Una compañera que trabaja en el equipo de Níger nos escribe sobre el relato de Soueba  la delgada línea que separa la muerte de la supervivencia.

Fue todo un alivio sentir algo de fresco al entrar en la clínica y protegerme del sol abrasador que pega fuerte en Níger. Mientras me lo muestra todo, el doctor me explica que la clínica tiene tres zonas o fases, cada una de las cuáles se dedica a tratar las distintas etapas de desnutrición infantil y cualquier enfermedad asociada.

Me adentró en la fase uno, donde los niños se encuentran en el estado más crítico. La mayoría permanecen tumbados lánguidamente, con sus madres junto a sus camas en un estado cercano al aturdimiento. Se hace muy difícil permanecer allí mucho tiempo, la imagen es muy dura, mucho más dura que la mayoría de imágenes que he presenciado a lo largo de mis años de trabajo. Continúo con la fase dos, donde los niños y las niñas que logran sobrevivir inician el camino a la recuperación. Aquí es donde mi vista se fija en Soueba que acaba de dar de comer a su bebé Mansour. Me siento a su lado y me presento.

En la habitación hace calor pero es agradable lo limpio y tranquilo que está todo.

Soueba comparte conmigo su historia e intento comprender la terrible experiencia por la que ha pasado en las últimas dos semanas. Su positivismo y el gran aprecio que muestra a la ayuda que recibe se hacen cada vez más remarcables. “Llevamos aquí 12 días pero esta es la primera vez que venimos a la clínica. Somos de un poblado que está bastante lejos. Mansour estaba enfermo y durante tres días tuvo mucha diarrea por lo que le llevamos al centro sanitario más cercano para que le diesen medicamentos.

Después de otros tres días seguía enfermo y mi madre le volvió a llevar al centro sanitario, que está a dos horas andando desde nuestro poblado. En el centro llamaron a un coche de Save the Children para trasladar a Mansour a vuestra clínica de Aguie. Su abuela vino primero con él y luego llegué yo.”

La historia de la enfermedad que se prolonga y de la lucha para llegar a las instalaciones sanitarias se escucha constantemente en estas zonas remotas y desiertas de Níger. Sin embargo, cuando sigue contándome su historia me doy cuenta de la gravedad de la situación a la que se enfrenta.

“El otro niño que vino con nosotros desde un poblado cercano al nuestro murió al llegar. Cuando llegamos, Mansour estaba a punto de morir. Ahora puede gatear y ya se está recuperando y no dejo de dar gracias a Dios por ello.”

En el mismo coche, un niño murió y el otro sobrevivió. La línea de la supervivencia es así de fina.

Cuando me doy cuenta, un grupo de mujeres se ha sentado en torno a nosotras formando un círculo. Soueba explica lo que ella considera que es la raíz del problema. “Nuestra principal preocupación es la comida, no hay alimentos suficientes para todos en el poblado y este año la cosecha ha sido mucho peor que la del año pasado –además de la sequía, ha habido una plaga insectos. Los niños tienen hambre y sin carne ni legumbres, prácticamente solo se alimentan de mijo.”

Para cualquier niño, alimentarse con una dieta tan limitada conlleva en la mayoría de los casos retrasos en el crecimiento, lo cuál tiene un impacto de por vida.

La hermosa sonrisa de Soueba y su manera de agradecerlo todo continúa hasta el final de nuestro encuentro en la clínica. Al terminar insiste de nuevo en lo agradecida que está por todo lo que ha recibido.

“Quiero que Mansour crezca y vaya a la escuela para que alguna vez pueda convertirse en trabajador sanitario y ayudar a otros niños con los mismos problemas que él tiene ahora.”

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2011. Un año de emergencias, un año de respuestas.

9 de Enero de 2012 | 4:20 pm

Nuestra compañera Catherine nos resume el que ha sido uno de los años más intensos para el equipo internacional de emergencias de Save the Children.

2011 ha sido uno de los años más intensos para el equipo de emergencias de Save the Children en todo el mundo. El más intenso en nuestros más de 90 años: 45 emergencias en 38 países diferentes.

Y en cada una de estas 45 emergencias, siempre, los primeros días resultan críticos. Es muy siempre, una línea que marca la diferencia entre la vida y la muerte. Cuanto más rápido se responda a una emergencia, más vidas se lograrán salvar.

Este año llevamos aviones a zonas de conflicto, nos enfrentamos a la amenaza nuclear en Japón, lanzamos respuestas frente a un número enorme de inundaciones, sequías y terremotos.

Y hoy, 31 de diciembre, seguimos trabajando a un ritmo constante, con precaución, pero sin descanso, en países dominados por el conflicto. A lo largo de todo este año que hoy acaba hemos logrado llegar a más de 3.3 millones de niños y niñas en situaciones de emergencia.

Hemos usado barcas destartaladas para distribuir ayuda entre las familias de Sri Lanka, donde las peores lluvias en 100 años habían forzado a las personas a abandonar sus hogares. Fuimos capaces de responder de inmediato, distribuyendo paquetes de comida y artículos esenciales entre más de 4.000 personas.

Apenas unos días después, Brasil sufría también unas fuertes lluvias que causaron enormes desprendimientos, provocando la muertes de alrededor de 500 personas y dejando sin acceso a multitud de hogares y escuelas. Dimos apoyo a más de 9.000 niños y niñas y les ayudamos a superar la situación.

Libia

Los violentos enfrentamientos en Libia expusieron a miles de niños y niñas en peligro, dejando a las familias sin gasolina, agua o electricidad.

Un grupo de emergencia entró en Libia, bajo riesgo extremo, para distribuir artículos esenciales entre las familias y ayudando a los niños y niñas aterrorizados, incapaces de huir de las escenas de violencia y muerte. Las paredes de nuestra oficina quedaron empapeladas de mapas del país, necesitábamos saber al instante el recorrido que seguían los enfrentamientos para saber por donde podíamos acceder para ofrecer ayuda.

Japón

En marzo del año pasado, un enorme terremoto golpeó la costa este de Japón, seguido de un terrible tsunami y múltiples réplica que provocaron la muerte de más de 15.000 personas.

La destrucción hizo que cientos de miles de niños, niñas y familias se quedaran ningún tipo de refugio y dejó a muchos niños y niñas separados de sus padres en medio del pánico y el caos. Desde Save the Children lanzamos una acción inmediata, con un llamamiento que nos permitió llegar a más de 5.000 personas.

Costa de Marfil

La violencia en Costa de Marfil puso en peligro a miles de niños y niñas que quedaron atrapados en sus hogares, por el temor de huir. Muchos otros escaparon con sus familias – o separados de ellas- a campos de desplazados en su país o en la vecina Liberia.

Desde el principio de la emergencia, estuvimos allí distribuyendo ayuda inmediata (alimentos, jabón, mantas y colchones). Nuestros compañeros y compañeras trabajaron sin descanso para reunir a los niños y niñas que se habían visto separados de sus familias y apoyando a todos aquellos que más ayuda precisaban.

Cuerno de África

Millones de niños y niñas se ha visto expuestos al hambre extrema tras la devastadora sequía que sufrió toda la región del Cuerno de África. Nosotros ya estábamos allí cuando se lanzaron las primeras alertas. De hecho, mucho antes de que se hicieran oficiales y junto con muchas otras organizaciones que estábamos en terreno, lanzamos alarmas importantes de la situación que ya se predecía.

Los medios de comunicación mundiales empezaron a informar de la situación en junio. El número de personas en riesgo fue creciendo vertiginosamente: de los 7 millones en el mes de junio a los 13 millones de personas afectadas en la actualidad. La del Cuerno de África representa nuestra respuesta más importante en los más de 90 años de trabajo.

Sin el dinero que contamos en nuestro Fondo de Emergencias tendríamos que haber espearado a que los medios mundiales empezaran a informar para así poder justificar nuestros llamamientos. Sin embargo, gracias a vuestro apoyo y a los muchos años de trabajo y experiencia, no tenemos que esperar. Ya estamos allí.

Historias de reencuentros en Etiopía

30 de Noviembre de 2011 | 2:50 pm

Nuestro compañero Getachew Dibaba comparte una preciosa historia de reencuentros desde el campo de refugiados de Boqolmayo, en Etiopía.

Kedeja Adem, de 34 años, llegó a Etiopía con sus cuatros hijas y uno de sus hijos desde Somalia, hace tres años, cuando su país sufría el conflicto que supuso multitud de retos físicos, emocionales y psicológicos para su población. También para Kedeja, que se vio obligada a trasladarse a este campo de refugiados de Boqolmayo. Aunque se encuentra en un lugar mucho más seguro para ella y para sus hijos, no ha dejado de sentir el dolor de haber dejado a sus otros dos hijos en su país, junto a su madre.

“Incluso sintiéndome segura en este campo, estaba muy preocupada de mis dos hijos y de la familia que he dejado en Somalia. No sabía qué hacer para ayudarles”, comenta Kedeja.

Cuando el flujo de refugiados comenzó en julio debido a la sequía extrema y el conflicto que asolaba el país vecino, Kedeja pensó que mucha gente se desplazaría hacia Etiopía, pero nunca creyó que también sus dos hijos tomarían esa decisión. Tampoco estaba segura de cómo personas que se conocían podrían encontrarse en los campos de refugiados, teniendo en cuenta que cada día llegaban más de 1000 personas a Dolo para trasladarse a cada uno de los cuatro campos asentados en esta zona fronteriza entre Somalia y Etiopía.

“Estaba muy triste y solía llorar todos los días”, nos cuenta Kedeja, recordando el tiempo de separación entre ella y sus hijos.

El reencuentro

Hablamos en pasado de la tristeza porque a veces, las cosas cambian. Para Kedeja todo cambió cuando se produjo la reunificación con sus dos hijos, Meslah y Assad, que llegaron a Dolo en agosto y pudieron encontrar a su madre gracias a Save the Children.

“Lloré, lloré mucho pero esta vez era la alegría la que me hacía llorar. Nunca creí que volvería a verles”, cuenta Kedeja. “Agradezco mucho a las personas de Save the Children haber hecho el esfuerzo para ayudarme a reunirme con ellos”.

“Estábamos con nuestra abuela, pero cuando murió no teníamos ningún sitio donde ir”, nos cuenta Meslah. “Siempre tuve la esperanza de que volvería a encontrarme con ella algún día. Cuando llegamos a Dolo, le dijimos a la gente del campo que queríamos encontrar a nuestra madre. Después de unos días nos trajeron al campo de Boqolmayo y encontramos a nuestra madre. Me puse muy contento de verla de nuevo, muy feliz”, insiste Meslah, que tiene ahora 16 años.
“Quiero recibir educación aquí y algún día convertirme en médico”, continúa Mesah.

El programa de protección de Save the Children ayuda a buscar y reunificar en los campos a los niños y niñas que han sido separados de sus familias. También hemos establecido un Comité de Protección en los campos en los que los miembros son los propios refugiados y que no solo se ocupan de ayudar a la reunificación sino que también protegen a los niños y niñas de cualquier peligro.

Desde Somalia, buscar los caminos para ir a la escuela

27 de Septiembre de 2011 | 12:44 pm

Nuestra compañera Lisa Deters nos escribe desde Somalia, donde trabaja dando respuesta en educación a la emergencia.

Para muchos niños en Somalia, la llegada de septiembre significaba el comienzo de un nuevo curso escolar. Sin embargo, para una enorme cantidad de ellos, la escuela sigue siendo algo totalmente inaccesible.

Sólo en el la parte sur y centro del país, se estima que más de 1.8 millones entre los 5 y los 17 años están fuera de la escuela. Una cifra que ha aumentando de un modo espectacular con el influjo de desplazados internos que ha generado la crisis alimentaria en el país

La educación protege

Los niños y niñas desplazados se enfrentan a riesgos muy serios. La falta de comida y agua, la desaparición de un hogar y un colegio estable y la vulnerabilidad frente al abuso y la explotación.

Para los niños que se exponen a todos estos riesgos, la educación resulta esencial para ofrecer protección en un ambiente seguro. En él, los niños son capaces de adquirir conocimientos y habilidades esenciales para su propia supervivencia y en él también logran el acceso a otros servicios esenciales como son la comida, la salud o la higiene.

Y es ésta una de las razones principales por las que el equipo de emergencias de Save the Children trata de convertir el acceso a las escuelas una prioridad. Y la misión no es algo nuevo para el equipo, estamos construyendo sobre una experiencia de más de 20 años en el país.

Camellos y libros

Como miembro del equipo de emergencias, en mi trabajo se incluyen, entre otras cosas, presentar propuestas para asegurar la financiación de la educación en este contexto. Ello supone buscar continuamente alternativas para tratar de que los niños y las niñas, a pesar de la emergencia, reciban educación. Y se puede lograr de muchas maneras, como por ejemplo, el proyecto que tenemos de servicio de biblioteca en camellos que recorre la región somalí de Etiopía y que reparte libros y materiales de lectura entre las comunidades nómadas.

Otro proyecto que desarrollamos en Somalia y con el que se pretende reforzar la formación de los profesores, está especialmente enfocado en la educación de las niñas y utiliza metodologías de enseñanza que incorpora materiales desarrollados por el personal somalí local.

Esta semana está siendo muy intense pero tremendamente inspiradora ya que, al redactor y desarrollar las propuestas, hemos indagado en profundidad en el trabajo que Save the Children ha desarrollado durante años y en la creatividad que se ha buscado siempre para tratar de aunar educación, alimentación y salud en nuestros programas educativos.

Por ejemplo, dado el elevado número de niños y niñas que sufren desnutrición severa, estamos buscando oportunidades para poder integrar programas de desarrollo de la primera infancia con la respuesta en nutrición que ya estamos ofreciendo. Una de estas oportunidades es, por ejemplo, incluir dentro de nuestras clínicas de nutrición actividades de juego y desarrollo para los niños y niñas menores de 5 años.

Pero, para ser honesta, conseguir fondos para la educación en emergencias sigue siendo un reto demasiado grande. Y aquí, en Somalia, la financiación de la educación ha sido nefasta. Como resultado de ello, los programas educativos se enfrentan a terribles problemas para poder cumplir con los derechos y las necesidades de los niños y niñas somalíes.

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Refugiados y voluntarios. La solidaridad en los campos

18 de Agosto de 2011 | 10:18 am

Nuestra compañera Shana nos escribe desde Somalia.

El campo de refugiados de Malkadida está aproximadamente a 25 kilómetros de nuestra oficina de Bokomayo, al norte de Etiopía. Un camino de ida y vuelta que recorremos cada día y por el que el coche levanta cada día el mismo polvo que va siempre en la misma dirección. Visualmente es como si la carretera dividiese el horizonte en dos paisajes diferentes: a la izquierda, un polvo espeso y casi blanco cubre la vegetación y la tierra; a la derecha, el terreno rocoso de rojo acanelado contrasta con el verde de la vegetación y el color casi púrpura de las ramas desnudas. A medida que ascendemos por la montaña el precioso panorama se agranda y justo bajo el horizonte comienza a aparecer la capa blanca de tiendas de campaña del campo de refugiados de Malkadida. Y más allá, sigue aún el mar blanco con las tiendas del campo de Kobe. Si no fuera tan consciente de que estamos en medio de una emergencia, podrías pensar que todo este océano de tejados blancos bien podrían ser preciosos poblados en medio de este altiplano totalmente desértico.

Al acercarnos a las tiendas, ya dentro del campo, niños y niñas de todas las edades comienzan a salir y con la palma hacia arriba nos muestras sus manos extendidas. Junto a los puntos de agua, veo a distintos grupos de niños con jarras y barriles que llenarán de agua, a veces, hasta con 5 litros, un peso bastante por encima del que muchos de ellos deberían cargar. Más allá de los límites del campo puedo ver a las niñas y las mujeres cargando con la madera a su espalda, un recorrido regular que tienen que tomar y que demasiado a menudo les expone al riesgo de la violencia sexual.

Todas estas imágenes te dan una perspectiva de la innumerable cantidad de riesgos y condiciones de inseguridad entre las que viven los niños, las niñas y los jóvenes en estos campos. Estamos llevando a cabo un estudio rápido en los campos de Malkadida y Kobe para entender mejor cual es la situación de la infancia y como podemos apoyar a los miembros de la comunidad y a la gestión del campo para mejorar la seguridad, la protección y el desarrollo de los niños y las niñas refugiados.

Los informes estiman que existen miles de niños y niñas separados de sus padres, que han llegado solos al campo de refugiados. A menudo, madres somalíes con sus propios hijos con una difícil situación a la que enfrentarse, se ocupan de estos niños y les cuidan para que no estén solos. Nuestros voluntarios en protección infantil (ellos mismos también refugiados), han identificado ya más de 800 de estos niños a los que luego damos apoyo para que puedan quedarse con familias de acogida.

Es increíble comprobar la dedicación que ofrecen los voluntarios, ya sea visitando una tras otra las familias que cuidan a los niños y niñas más vulnerables o llevando a cabo campañas de concienciación entre los miembros de la comunidad para discutir sobre los riesgos y las situaciones peligrosas de las que deben proteger a los niños en los campos. Uno de los voluntarios me comentaba como estas formaciones y charlas han ayudado incluso a cambiar el modo en que él mismo trata a sus propios hijos, ofreciéndoles más cariño y protección.

Con la gran cantidad de refugiados que llegan cada día y con tantas familias y niños que necesitan ayuda, estos voluntarios se enfrentan a un reto enorme. Pero su compromiso es enormemente inspirador y la sonrisa que su trabajo genera en los niños me deja otro recuerdo de su fuerza y su resiliencia.

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