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Testimonios difíciles de asimilar

4 de Noviembre de 2011 | 12:54 pm

Nuestra compañera Caterine continúa relatando las cosas que ve y siente mientras trabaja en la emergencia en Somalia. El testimonio de hoy es muy duro pero, al igual que la situación de muchas personas en el país, real como la vida misma.

Estoy al lado de una charca de agua estancada. Parece bastante inofensiva –sucia y llena de escombros- pero inofensiva.

Cuesta creer que apenas hace unos días este agua corría con fuerza por todo el campo de Sigale, dejando una oleada de destrucción a su paso.

El líder de la comunidad me habla de los retos a los que se enfrenta la gente aquí. Le hace una seña para que se acerque a una mujer mayor que permanece sentada junto a una niña.

La historia de Nuria

Su nombre es Nuria y llegó a Mogadiscio hace unos meses. Me quiere hablar de su hija y su experiencia durante las pasadas inundaciones.

Instintivamente miro a la pequeña que está junto a ella y que ahora le coge de la mano. “No, no”, me dice suavemente Nuria, “mi hija es su madre”

“Mi hija Sophia, estaba al final de su embarazo cuando empezaron las lluvias, ya había salido de cuentas y podía dar a luz cualquier día. Estábamos pensando en criar al pequeño juntas”.

“Pero estaba preocupada. No había comido durante muchos días y eso es algo muy malo si  estás embarazada. No había nada para comer. Mendigamos por comida, pero qué puedes conseguir cuando nadie a tu alrededor tiene comida?”

“Aquella noche Sophia había empezado a tener dolores muy fuertes. Estaba tumbada sobre el suelo en nuestra choza y el agua de la lluvia entraba por todas partes. Entonces empezó con el parto”.

“Yo estaba con ella y otras cinco mujeres estaban también allí intentando ayudarla. Pero la lluvia caía con fuerza y en seguida el nivel del agua subió tanto que tuvimos que cogerla y sacarla de la choza”

“No sabíamos donde podíamos llevarla, alrededor nuestra solo había gente corriendo y escapando del agua. Todas la sujetábamos en brazos y la posamos en una zona más elevada”.

“Conmigo también estaba mi nieta de seis años”. Miro a Shamos –que así se llama la niña-  pero es muy tímida y escapa la mirada.

“Me sente con Sophie e intenté animarla, pero estaba muy cansada y asustada por todo el caos alrededor. Estaba demasiado cansada para terminar con el parto y empezó a temblar de frío. Estaba muy mojada. No había ningún sitio cubierto donde protegernos de la lluvia. Yo la intentaba reanimar para que siguiese con el parto”.

“Después de un rato Sophia dejó de responderme”.

Nuria deja de hablar para recuperar su postura y sacude su cabeza con fuerza. “Sophia dejó de empujar al bebé hacia fuera”.

“Lo intentamos todo pero los dos murieron”

“Ahora estoy sola con Shamso y es muy duro. Soy ya mayor y Shamso echa de menos a su madre”.

“¿Qué vamos a hacer para sobrevivir? No hay comida, ni agua, ni refugio. Estoy desesperada”.

La tercera calamidad: llega la lluvia a Mogadiscio

19 de Octubre de 2011 | 3:45 pm

Han empezado las lluvias. En un país agotado por la sed, donde miles de personas y una gran cantidad del ganado ha muerto como consecuencia de la sequía, podrías pensar que la llegada de la lluvia es la mejor noticia que pueden recibir.

Y nuestra oficina de Somalia es todo un hervidero de actividad – pero no porque lo estemos celebrando.

Mientras que la lluvia será muy bien recibida en muchas áreas de la región, en Mogadiscio estamos organizando con urgencia una nueva respuesta: la de las lluvias y las consecuentes inundaciones.

Triple calamidad

Las paredes de nuestra oficina ya estaban cubiertas con mapas de Somalia y las rutas de acceso. El coordinador de nuestro equipo sobrevive a base de una dieta de cigarros y este que me estoy tomando, ya es el cuatro café del día.

Todo el mundo está agotado. La de Somalia ya es una triple calamidad – sequía, después las inundaciones y, por encima de todo, el constante estado de guerra.

Y son las personas que viven en los campos las que se encuentran al borde de la supervivencia.

Los campos

Los campos en Mogadiscio se denominan campamentos para desplazados internos. Estas personas han huido des sus hogares, temiendo su seguridad o desesperados por encontrar algo para comer o, en el peor de los casos, empujados por ambas situaciones.

Las familias vienen a Mogadiscio con la esperanza de encontrar algo –un poco de comida, agua limpia o un lugar seguro donde sobrevivir. Los buenos sitios ya están cogidos –hay edificios, casas y tiendas improvisadas. Hay otro terreno cerca, en peores condiciones pero que, de igual modo, ya está cogido por aquellos que no pueden permitirse los edificios, las casas ni las tiendas.

El único espacio que queda libre para vivir es donde nadie quiere ir. Son las tierras más bajas, con tendencia a inundarse o bien en las fueras de los asentamientos, siempre los más peligrosos.

O puede ser un lugar donde se junten todas las peores condiciones, con el campamento de Sigale, peligroso y localizado en un lugar en donde las inundaciones son una amenaza. Pero estás desesperado y te vas a quedar.

Ahora han llegado las lluvias y ya se han apoderado del campo, que ya está completamente rodeado por un remolino de agua y barro.

Las letrinas se han inundado y todo está sucio. Tus hijos todavía juegan porque son niños, pero juegan en una agua demasiado sucia que probablemente les hará ponerse enfermos.

No tienes ningún sitio donde lavarte las manos, hacer la comida y mucho menos lavar la ropa. Es peligroso y además es indigno. Y lo mismo seguirá ocurriendo durante todo el mes, porque ese es el tiempo que duran aquí las lluvias.

Es solo cuestión de tiempo que las enfermedades transmitidas por el agua empiecen a extenderse. El terreno está fértil: el lugar está mugriento y sobrepoblado.

Los niños y las niñas ya están muy débiles por la falta de comida, mucho más susceptibles frente a las enfermedades.

Hay mucho trabajo por hacer durante este mes, que se suma a la respuesta a la crisis alimentaria. Podemos intentar reconducir el agua, ayudar a drenarla fuera del campo, traer la mayor cantidad de suplementos sanitarios frente a la transmisión de enfermedades, etc.

Mogadiscio está catalogada como “la ciudad más peligrosa de la tierra”. Resulta paradójico pensar que incluso la lluvia –que tanto se ha esperado en el país y en todo la región- haya pasado a ser una brutal amenaza.

En Mogadiscio

14 de Octubre de 2011 | 6:23 pm

Un compañero recién llegado a Somalia comparte con todo detalle y sinceridad sus sensaciones durante su trabajo en terreno. Durante estos días compartiremos sus post porque nos parece importante recordar que detrás de organizaciones como la nuestra hay un montón de personas que trabajan muy duro pero que, sobre todo, sienten.

Este era mi primer viaje a Mogadiscio. Un avión pequeño, apenas 25 asientos. Una hora y media de vuelo en un día bastante nublado. Empezamos a descender y empiezo a ver el mar. La playa desde arriba parece increible. Preciosa, arena blanca, agua totalmente azul. Pero desierta.

Los aviones patrullan la costa. Helicópteros y aviones caza. Casi se puede palpar el peligro con las manos.

Nos esperan en el aeropuerto y, en un coche, nos llevan al hotel. Guardas armados nos escoltan detrás de nuestro coche. Las carreteras, igual que la playa, están totalmente desiertas.

Los edificios se levantan y se caen a ambos lados – todos están agujereados, algunos se mantienen en pie a duras penas. Las balas y las bombas marcan todo lo que alcanzo a ver.

Me han dado un chaleco antibalas pero se por experiencia que es mucho más dificil hablar con las familias y los niños con una barrera tan evidente como un chaleco antibalas. Decido no llevarlo.

Nuestro hotel está muy vigilado. Nos reunimos con el coordinador de terreno y con miembros de una de las asociaciones locales con las que trabajamos en Mogadiscio, El Centro para la Paz y la Democracia. Nos informan de todo meticulosamente, no podemos cometer errorres en un ambiente tan peligroso como el que vive actualmente la ciudad.

Compartimos oficina con el Centro para la Paz. No hay ningún signo, ningún cartel que indique que trabajamos allí. De nuevo, razones de seguridad.

Nuestros documentos no llevan logo, nuestras camisetas tampoco. Y sin embargo, todo los compañeros y compañeras trabajando aquí siguen los valores y la misión de Save the Children hasta en el detalle más insignificante.

El fantasma de la violencia

Después de comer, nos dirigimos hacia los campos de desplazados. Una visión desgarradora. Pequeños y abarrotados. Apenas hay espacio para respirar. He estado en muchos campos de desplazados antes, pero los de aquí son diferentes. El fantasma de la violencia y de la gerra está por todas partes.

Las familas viven en minúsculas chozas levantadas con restos de ropa y ramas de los árboles. Algunas de las chozas se han reforzado con mosquiteras. Pero muy pocas tienen lonas de plástico, lo que significa que no tienen ninguna protección frente a las lluvias.

En cada choza, las familias disponen de los utensilios más básicos y, solo quizás, una alfombra sobre la que dormir. Los niños están muy sucios. No hay suficiente agua para beber o para asearse. Todas las caras que me encuentro parecen agotadas de la lucha constante por sobrevivir aquí, en Mogadiscio.

En seguida puedes ver los reveladores signos de la falta de agua. Heridas en la piel que se infectan porque no hay agua para limpiarlas. Ya se han identificado muchos casos de sarampión y diarrea.

Hablar con las familias

Empecé mi trabajo hablando con los hombres y mujeres del campo de desplazados. Les hago las entrevistas con muchas preguntas: de dónde traen el agua, cuánta agua consiguen traer, cuánta necesitan, cuanto tienen, donde hacen sus necesidades, qué utilizan para recoger el agua, si se lavan las manos…

El trabajo aquí está en proceso, pero es dolorosamente lento. Y hay mucho que hacer. El agua y la comida son las preocupaciones principales. Supervivencia básica. No podemos pensar siquiera en ayudar a esta gente a prosperar- por ahora ayudarles a sobrevivir es nuestra principal preocupación.

Transmitir su desesperación

Las personas con las que hablo no dudan en expresar su desesperación. Me cuentan que vinieron a Mogadiscio porque no tenían agua en sus poblados. La mayoría llegan aquí tras días y días andando.

Hay muy poca verdura para comprar aquí. Con las mismas estructuras que utilizan para los hogares, se han levantado también pequeñas tiendas en las que apenas se venden uno o dos tipo de verduras. La gente no compra una pieza entera de verdura, todo se compra por partes.

Ataque bomba

Mientras andamos veo como un niño se esconde. Al ver a los guradias que van detrás de nosotros, con su armas, el niño echa a correr. Los guardias van con ropa normal pero sus armas, sin duda, tienen el efecto de un uniforme.

Nos vamos hacia el hotel justo antes del atardecer.

A la mañana siguiente salimos muy temprano. Todo está muy tranquilos y las calles desiertas. Siento como si Mogadiscio estuviera inspirando fuerte, como si la ciudad estuviera relajándose.

No me imaginaba por qué. Pasamos delante de edificios gubernamentales, con colas de estudiantes esperando para recoger las notas de examenes. Pocos minutos más tarde estamos despegando en el avión.

Y apenas media hora después, una bomba explota cerca del mismo edificio gubernamental donde había tanta gente esperando. Más de 100 personas muertas, entre ellas, los estudiantes.

Refugiados y voluntarios. La solidaridad en los campos

18 de Agosto de 2011 | 10:18 am

Nuestra compañera Shana nos escribe desde Somalia.

El campo de refugiados de Malkadida está aproximadamente a 25 kilómetros de nuestra oficina de Bokomayo, al norte de Etiopía. Un camino de ida y vuelta que recorremos cada día y por el que el coche levanta cada día el mismo polvo que va siempre en la misma dirección. Visualmente es como si la carretera dividiese el horizonte en dos paisajes diferentes: a la izquierda, un polvo espeso y casi blanco cubre la vegetación y la tierra; a la derecha, el terreno rocoso de rojo acanelado contrasta con el verde de la vegetación y el color casi púrpura de las ramas desnudas. A medida que ascendemos por la montaña el precioso panorama se agranda y justo bajo el horizonte comienza a aparecer la capa blanca de tiendas de campaña del campo de refugiados de Malkadida. Y más allá, sigue aún el mar blanco con las tiendas del campo de Kobe. Si no fuera tan consciente de que estamos en medio de una emergencia, podrías pensar que todo este océano de tejados blancos bien podrían ser preciosos poblados en medio de este altiplano totalmente desértico.

Al acercarnos a las tiendas, ya dentro del campo, niños y niñas de todas las edades comienzan a salir y con la palma hacia arriba nos muestras sus manos extendidas. Junto a los puntos de agua, veo a distintos grupos de niños con jarras y barriles que llenarán de agua, a veces, hasta con 5 litros, un peso bastante por encima del que muchos de ellos deberían cargar. Más allá de los límites del campo puedo ver a las niñas y las mujeres cargando con la madera a su espalda, un recorrido regular que tienen que tomar y que demasiado a menudo les expone al riesgo de la violencia sexual.

Todas estas imágenes te dan una perspectiva de la innumerable cantidad de riesgos y condiciones de inseguridad entre las que viven los niños, las niñas y los jóvenes en estos campos. Estamos llevando a cabo un estudio rápido en los campos de Malkadida y Kobe para entender mejor cual es la situación de la infancia y como podemos apoyar a los miembros de la comunidad y a la gestión del campo para mejorar la seguridad, la protección y el desarrollo de los niños y las niñas refugiados.

Los informes estiman que existen miles de niños y niñas separados de sus padres, que han llegado solos al campo de refugiados. A menudo, madres somalíes con sus propios hijos con una difícil situación a la que enfrentarse, se ocupan de estos niños y les cuidan para que no estén solos. Nuestros voluntarios en protección infantil (ellos mismos también refugiados), han identificado ya más de 800 de estos niños a los que luego damos apoyo para que puedan quedarse con familias de acogida.

Es increíble comprobar la dedicación que ofrecen los voluntarios, ya sea visitando una tras otra las familias que cuidan a los niños y niñas más vulnerables o llevando a cabo campañas de concienciación entre los miembros de la comunidad para discutir sobre los riesgos y las situaciones peligrosas de las que deben proteger a los niños en los campos. Uno de los voluntarios me comentaba como estas formaciones y charlas han ayudado incluso a cambiar el modo en que él mismo trata a sus propios hijos, ofreciéndoles más cariño y protección.

Con la gran cantidad de refugiados que llegan cada día y con tantas familias y niños que necesitan ayuda, estos voluntarios se enfrentan a un reto enorme. Pero su compromiso es enormemente inspirador y la sonrisa que su trabajo genera en los niños me deja otro recuerdo de su fuerza y su resiliencia.

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Somalia: Aisha, Mohammed y la esperanza

5 de Agosto de 2011 | 1:37 pm

Nuestra compañera Rachel Palmer escribe desde Somalia.

Es horrible admitirlo pero después de pasar dos semanas en Bosasso, Puntlandia, escuchando un montón de historias horribles y viendo la imagen de cientos y cientos de niños con desnutrición, llega un punto en que empiezas a acostumbrarte.
Si quieres hacer bien tu trabajo no te queda más remedio que asimilar poco a poco lo que oyes, lo que ves.
Así era hasta hoy.

Hoy conocí a una pequeña de apenas 4 meses que sufre desnutrición severa. Aisha. Empecé a hablar con la que creía que era su madre, Faouma, que la sujetaba en brazos en la clínica mientras me contaba la sucesión de acontecimientos que la llevaron a traer a Aisha hasta el centro.
De pronto se hizo evidente que la joven no era en realidad la madre de Aisha. Me contó que su madre murió el día después de dar a luz a Aisha. Murió a causa del intenso sangrado que sufrió en su casa, una choza en uno de los campos de desplazados internos de Bosasso.

Aisha entró en la clínica de estabilización el 30 de julio pesando apenas 2 kg y con complicaciones más allá de la desnutrición severa que sufre.

Faouma era amiga y vecina de la madre de Aisha y cuando murió ya le había prometido que cuidaría de su bebé. Faouma ya tiene 9 hijos. Dejó de dar el pecho al más pequeño para poder alimentar a Aisha, que ha estado enferma desde que nació.

Pensaba que esto ya era suficientemente desgarrador y me estaba costando mucho contener las lágrimas. No podía evitar pensar que le iba a deparar a Aisha el futuro en un país donde 1 de cada 4 niños mueren antes de su quinto cumpleaños y donde sólo el 17% de la población sabe leer y escribir.

Inmediatamente después de esta conversación, la realidad golpea de nuevo. El médico trajo a la sala al pequeño Mohammed, de casi 2 años. Era el hermano de Aisha, al que cuidaba otro vecino y que también había sido admitido en la clínica. También sufría desnutrición y apenas pesaba poco más de 6 kg.

Imagina

29 de Julio de 2011 | 2:01 pm

Imagina que vives en un pueblo rural con tu familia. Lo primero que haces al levantarte cada día es mirar al cielo y buscar una nube cargada de agua. El aire es espeso y caliente y sientes cómo las partículas de arena se te pegan en la piel, en los ojos, en el paladar. Un año más de sequía, van demasiados ya. Has perdido seis vacas y ocho cabras por falta de alimento. Llevas meses intentando engañar el hambre de tus hijos con una comida al día pero no pueden continuar así. Estás totalmente desesperado y no tienes a dónde ir.

Vendes el poco ganado que te queda aunque está en tan mal estado que a penas te dan nada por él. Con el poco dinero que consigues compras alimentos y te pones en marcha. Caminas durante 23 días con toda tu familia, aprovechando las noches para engañar a la sed. Tu objetivo es llegar a un lugar donde te han contado que te pueden ayudar. Ese lugar se llama Dadaab. Es el campo de refugiados más grande y más antiguo del mundo. Y esta es la historia de las más de las más de 1.200 personas que están llegando diariamente hasta este lugar, a 90 kilómetros de la frontera con Somalia.

El camino hacia Dadaab está salpicado de cadáveres de animales. Una señal inequívoca de que el agua y la vida están directamente relacionados. La tierra es de color rojo y el sol implacable, a pesar de que esta no es la época del año más cálida. Osman un hombre de 35 años llegó aquí con su mujer Amina, de 23, hace cuatro semanas. El tiempo que tardaron en registrarlos como refugiados. Perdieron a uno de sus cinco hijos en el camino. Les conocí en el hospital de IFO, uno de los tres campamentos que juntos son conocidos como Dadaab. Cuando llegué acababan de bañar a su hija Yusra de 14 meses que llegó hasta aquí deshidratada y desnutrida.

En todo el Cuerno de África las sequías prolongadas de los últimos años están obligando a las familias a abandonar sus hogares en busca de ayuda. En toda la región diez millones de personas dependen de la ayuda humanitaria para sobrevivir. Solo a Dadaab, desde enero de 2011 han llegado más de 60.000 personas, aproximadamente 40.000 son niños y niñas. La mayoría llegan descalzos y tan sólo con lo que tienen puesto y un 17% sufren malnutrición severa. Desde Save the Children estamos trabajando para mitigar las necesidades más inmediatas de los niños, niñas y sus familias en la región proporcionándoles alimentos, agua potable, medicinas y atención sanitaria.

Osman y Amina nos despidieron con la esperanza de que Yusra se recupere para poder verla crecer y compartir su vida con ella. Las familias que llegan a Dadaab solo quieren una cosa, que sus niños sobrevivan. No desean que se conviertan en médicos o abogados, ni siquiera que les cuiden cuando sean mayores, sólo quieren verles crecer.

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Una vez que la emergencia llega a este nivel, solo tienes unos días para actuar

20 de Julio de 2011 | 8:17 pm

Nuestra compañera Catherine Carter nos escribe desde Somalia.

Cuando llegué a Dadaab, la primera persona que conocí había huido de Somalia.  Después de señalarme a sus pies ensangrentados me contó que había andando todo el camino con sus dos hijos a cuestas.

Me contó que la arena estaba tan caliente que acabó quemándose los pies. Su marido se había quedado para tratar de proteger su hogar. No sabía si volvería a verle jamás.

La siguiente persona con la que hablé también tuvo que caminar. Durante todo un mes. Le resultó difícil cuanto tiempo había sido porque “todos los días parecían el mismo: andar bajo el calor abrasador, sentir el hambre en su estómago, tratar de calmar a sus hijos.

Declaración oficial de hambruna

Y lo mismo con la siguiente persona; la siguiente y así sucesivamente. Recuerdo mirar alrededor del centro, a todos los somalíes haciendo cola, a todos los niños, muchos todavía cubiertos por la arena del trayecto…ahí fue cuando me di cuenta de la verdadera  magnitud de la situación de la que estaba siendo testigo.

Esta mañana la ONU ha declarado oficialmente situación de hambruna en Somalia. Save the Children ha respondido a hambrunas y hambrunas extremas durante más de 90 años.

Esa fue nuestra primera misión, en 1919, cuando Eglatyne Jebb empezó a hablar en nombre de los bebés afectados por la desnutrición durante la I Guerra Mundial.

En 1921 Eglantyne citaba a un niño armenio con el que había hablado. “Miles de personas…cansadas, enfermas y hambrientas. Tuve que llevar en brazos a mi hermano pequeño. Un día noté que no se movía ni lloraba. Llamé a mi madre y en seguida se dio cuenta de que estaba muerto. No teníamos nada para darle de comer.”

Más de 90 años después de aquello hoy me encuentro con los mismos testimonios.

Sabemos lo que ocurre cuando las familias están desesperadas. He escuchado testimonios de familias que obligan a sus hijos a comer hojas para llenar sus estómagos.

Hemos presenciado situaciones en las que los niños estaban tan débiles por falta de alimento que se veían incapaces de sacar energía para masticar.

Hemos visto a madres dar a sus hijos barro para comer y rezando para que les mantuviese con vida un día más. Una vez que el hambre alcanza este grado, apenas tienes unos días para poder actuar.

Estamos salvando vidas

Save the Children está actuando. Hemos multiplicado por tres la escala de nuestra respuesta en todo Somalia.

Somos muy pocas las organizaciones operativas en Somalia y con nuestra respuesta pretendemos llegar a más de medio millón de los niños y las familias más afectados por la hambruna.

Pero no podemos hacerlo solos.

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La huida constante

18 de Julio de 2011 | 2:31 pm

Helle Kjaersgaard nos ecribe desde el campo de refugiados de Dadaab, en Kenia.

Hani y Abdi llegaron al campo de refugiados de Dadaab con su madre y sus tres hermanos desde Somalia. Su padre murió. Hace 5 años, la guerra les obligó a dejar su casa para trasladarse a la capital, Mogasishu. Cuando la sequía golpeó con fuerza, se quedaron sin comida y tuvieron que huir. De nuevo la huída.

Al llegar a uno de los campos de refugiados de Dadaab, en Kenia, la familia recibió comida que se supone les debería durar 15 días mientras se determina su estatus de refugiados. Si finalmente se lo conceden, podrán quedarse en Dadaab y podrán recibir atención médica, comida, agua limpia, un lugar para establecer su hogar, recibirán protección y los niños podrán volver a la escuela.

Hani y Adbi probablemente tendrán que esperar uno o dos meses antes de que les den comida de nuevo. La familia ha estado en el campo durante seis días y ya no les queda comida. Afortunadamente, las familias refugiadas siempre están dispuestas a compartir con los demás.

Como para los miles de refugiados que llegan cada día a Dadaab, no queda sitio para la familia de Hani y Addi. Se ven obligados a quedarse en una zona habilitada para la gente que ya no cabe dentro. Allí pueden construir un manyatte (un pequeño refugio circular hecho con madera, cartón y ropa vieja) que apenas sirve de refugio para protegerse de los peligros de esta zona. Sin un hombre en la familia, las mujeres y las niñas son especialmente vulnerables frente a las violaciones y los ataques violentos.

Hani tenía malaria cuando llegó a Dadaab. Recibió medicación y cuando nos conocimos estaba un poco mejor. El deseo más grande de Abdi es llegar a ser profesor algún día. A su hermana le gustaría ser médico. Los dos dejaron la escuela al terminar segundo grado pero esperan que la vida en el campo les ofrezca la oportunidad de volver a la escuela.

Save the Children ha establecido espacios seguros en todo el campo de Dadaab para que los niños y niñas puedan jugar, recuperar su educación y volver a sentirse seguros. O por lo menos, más seguros que desde que empezó su huida de nuevo.

Abdi nos explicó como fue su trayecto. “Estuvimos vagando durante tres días. Teníamos mucha hambre, sed y estábamos muy cansados. Hacía mucho calor. No teníamos dinero y el que poco que nos quedaba se lo dimos a un hombre que nos prometió que nos llevaría hasta Dadaab, pero nos mintió y nos dejó en el medio del desierto. Tuvimos que andar el último tramo y tardamos tres días.”

“Cuando llegamos tuvimos que esperar dos días fuera del campo. Cuando pudimos entrar nos dieron comida, no habíamos comido ni bebido nada en 6 días. No sabía que también íbamos a poder jugar. Los mayores juegan con nosotros y son muy amables. Jugamos al fútbol con un montón de niños que no conocía; jugamos como si todos fuésemos hermanos”, añadía Abdi.

Espacios seguros en un lugar desbordado

En los espacios seguros, situados en el medio del campo, los niños y las niñas pueden jugar. Hay mucho sitio para jugar al fútbol y todo está lleno de los dibujos y las esculturas que hacen los propios niños durante las actividades.

Los niños juega, bailan, cantan y leen. Pero sobre todo sonríen. Un niño duerme en una esquina. Uno de nuestros compañeros que trabaja en el centro nos cuenta que tiene malaria. Se acerca a él y le ayuda a ir a un sitio donde pueda descansar mejor.

Los campos de refugiados de Dadaab, en Kenia, fueron originalmente levantados para albergar a 95.000 personas. La violencia y la sequía en Somalia ha empujado a mucha gente a huir y hoy el campo se encuentra desbordado con más de 35.000 personas.

Muchos de los niños y niñas de los campos han crecido aquí. Otros muchos nunca han conocido la paz en sus vidas. Las difíciles condiciones que se viven en los campos exponen a los niños a un enorme riesgo frente al abuso, la explotación, el abandono y la violencia.

La sequía y la guerra: la lucha por vivir en Somalia

13 de Julio de 2011 | 2:25 pm

Sonia Zambakides, es la responsable de Emergencias en Somalia.

“Esta sequía nos ha dejado en la miseria y la guerra se ha llevado lo poco que nos quedaba”, me contaba la joven Habiba, de 28 años, al llegar a Bosaso, al norte de Somalia.

Habiba había viajado durante 8 días en un camión lleno de gente desde Mogadishu con dos de sus hijos: Mona, que tiene 3 años, e Ismael, que solo tiene 3 meses. Todos sufren desnutrición severa. Habiba ya no puede alimentar a su bebe Ismael porque ha dejado de dar leche y el pequeño ha estado enfermo con vómitos y diarrea desde que nació.

Habiba tiene un tercer hijo que se llevó su abuela. Ellos también huyeron. Lo último que Habiba supo de ellos fue que estaban en una ciudad en el centro de Somalia hace dos semanas y desde entonces no tiene idea de donde están ni de si están bien.

Los robos

Habiba se las había apañado para reunir 40 dólares y tener algo para huir hacia Bosaso. Su marido había sido asesinado en Mogadishu y no era seguro seguir allí. Nos contó que se había gastado todo el dinero en viaje en camión y que no le quedaba nada para comprar comida para ella y sus hijos.

Durante el trayecto, el camión tenía que parar constantemente por los grupos militares y los  que viajaban veían como les robaban lo poco que les quedaba. Y mientras, cada vez que el camión paraba, Habiba se dedicaba a pedir a la gente comida y agua, aún a sabiendas de que corría el riesgo de ser arrestada o detenida.

La explosión

Pero el viaje cada vez iba a peor. Cuando llegaron a las afueras de Galkayo, una ciudad que bordea Somalia central y Puntland, el camión explotó. Habiba nos mostró las quemaduras en todo su brazo y pierna derecha; cuando el camión empezó a arder, ella estaba en la cabina del camión y le llegaron todas las llamas. No ha recibido ningún tratamiento para sus quemaduras y no puede permitirse una visita al hospital o comprar medicamentos. Cuando llegó a Bosaso, su ropa estaba quemada y hecha pedazos y tampoco tenía ropa para cambiar a sus hijos.

Tristemente, Habiba es solo una de las muchas personas que están llegando desde otras partes de Somalia, totalmente hundidos en la miseria, desesperados por encontrar un lugar seguro para sus familias. Han perdido su cosecha, su ganado y no tienen dinero. Están luchando para poder sobrevivir con apenas una comida al día o sin comer en todo el día.

Cuando llegaron aquí, las cosas no estaban mucho mejor en los campos de refugiados. La gente está viviendo en muy malas condiciones. No hay letrinas o instalaciones para lavarse, muchas de las viviendas están hechas de cartón y piezas de chapa.

Muchas de las mujeres intentan encontrar trabajo ocasional como limpiadoras o cocineras, para ganar dinero y poder alimentar a sus familias. Eso significa que tienen que dejar a sus hijos solos todo el día, los mas mayores cuidando de los más pequeños.

“Estoy contenta de estar en un lugar donde hay paz y no más disparos y bombas”, añade Habiba. “Ahora necesito encontrar un lugar para vivir e ingresos para poder dar de comer a mis hijos.”

Save the Children está alimentando a más de 9.000 niños y niñas en los 60 centros de alimentación que tenemos establecidos en Somalia central y Puntland, pero necesitamos expandir nuestro trabajo para ofrecer comida para las madres y sus hijos, refugio y atención sanitaria, y educación y protección para aquellos niños que están solos todo el día cuidando de sus hermanos.

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“Dejé a mis hijos porque no podía quedarme y verles morir”

8 de Julio de 2011 | 2:15 pm

Sonia Zambakides, es Responsable de Emergencias Emergencies en Somalia/Somaliland.

La situación en Somalia ya era difícil incluso antes de esta crisis. Año tras año, nos enfrentamos a una situación en la que es todo un reto diario el poder atender las necesidades de la población.

Su nivel de resiliencia ya es muy bajo y la gente está cansada de soportar más de 20 años de conflicto. Y ahora, con la falta de lluvias, están sufriendo todavía mucho más.

Estamos viendo a personas que lo han perdido todo, que están totalmente desesperadas y a nuestros centros de alimentación están llegando niños en un estado de desnutrición severo.

Falta de lluvias

En enero de este año ya sabíamos que la situación en Somalia podía ser incluso peor y más crítica: las lluvias habían fallado a finales de 2010 y la crisis se avecinaba potencialmente.

Parte de mi trabajo se basa en conseguir fondos para Save the Children de manera que podamos incrementar nuestra respuesta para cubrir las necesidades, cada vez mayores, de la población. Y en eso es en lo que estoy trabajando estos días.

Es difícil luchar contra lo que se ha denominado “la fatiga de Somalia”, un cansancio por una crisis recurrente y enquistada con el que me encuentro muy a menudo.

De manera que, cuando tratas de concienciar sobre la llegada de una crisis inminente la pregunta suele ser: ¿va a ser esta igual de grande de lo normal? Y ahora sabemos que la respuesta es claramente SÍ.

¿Y cómo luchas contra este “cansancio”? Intento asegurarme de que mantengo la atención en las personas que más sufren está crisis, los niños. Trato de hacerlo para mi misma para luego poder transmitírselo a los demás. No es difícil lograr tener este pensamiento cuando te encuentras con las terribles historias que conocemos día tras día.

La semana pasada me contaban que una madre le decía a uno de mis compañeros, “he venido a pedir ayuda. He dejado a mis hijos en casa porque no puedo seguir allí y ver como se mueren”.

Para cuando mi compañero llegó a casa de la mujer dos de sus hijos habían muerto.

No he podido sacarme esa historia de la cabeza desde entonces.

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