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Ser adolescente en Haití

11 de Enero de 2012 | 1:17 pm

Nuestro compañero Lane Hartill nos escribe desde Puerto Príncipe.

¿Qué significa ser adolescente en Haití?

Bueno, todo depende.

Si tus padres tienen medios, podrás ir a un colegio privado en Petionville, un barrio situado en lo alto de una colina en Puerto Príncipe donde se concentran los mejores locales y restaurantes de la ciudad. Alguien te llevará a la escuela. Tu uniforme habrá sido lavado con detergente y lavadora y cada día, lo llevarás a la escuela perfectamente planchado.

¿Suena bastante normal, no?

No lo es. En Haití, esta vida es más que un sueño para la mayoría de los niños y niñas.

Si vas al campo de desplazados de Gaston Margron, en el vecindario de Carrefour, te  encontrarás con una familia al completo de adolescentes; sin padres, son ellos los que gestionan todo. Marclene, un joven de 19 años, actúa como la madre de sus tres hermanas. Comparte una pequeña y sofocante tienda de campaña con su hermana, Darline, que recientemente ha tenido un bebé, Marckensley. Las dos hermanas duermen en un colchón sobre el suelo, con el bebé en el medio. La hermana más pequeña, Mouna, duerme fuera de la tienda, también sobre un colchón. Su ropa –la de ella y la de todas las hermanas- cuelga sobre la parte exterior de la tienda de campaña.

Cuando las visité, no tenían dinero para detergente; lavan la ropa en una gran barreño con agua. El mismo en el que también ellas se bañan; tampoco tienen dinero para jabón, así que simplemente se mojan con el mismo agua.

Sus principales preocupaciones son bastante básicas: comida, agua y donde dormir. Dependen de su hermano, Ted, que vende bolsas de plástico con agua en el mercado. Pero apenas saca unos peniques por cada bolsa, por lo que tiene que vender cientos de bolsas para ganar unos dólares. Me cuenta que consigue reunir 1 dólar al día. Todo el dinero que tienen para vivir los cinco hermanos.

Sin rendirse

La vida es dura, pero Marclene trata de no rendirse. Reza mucho –su Biblia, en creole, tiene totalmente desgastados los bordes- e intenta mantenerse positiva. Como cualquier joven de su edad, reunió el dinero suficiente para comprarse un móvil, pero encontrar dinero para cargarlo es algo prácticamente imposible.

Muchos chicos y chicas, niños y niñas, viven como Marclene y su familia. No es una vida fácil, pero ahí están. Hay una cosa por la que no se tienen que preocupar: la atención sanitaria. Save the Children cuenta con varias clínicas en el campamento y ofrece cuidado médico gratuito para todos los habitantes del campo. Cada mes recibimos entre 4.500 y 5.000 personas.

A pesar de que las noticias que llegan desde Haití son a menudo nefastas, no debemos abandonar el país. Los haitianos no lo hacen y esa debe ser la primera lección que debemos aprender.

2011. Un año de emergencias, un año de respuestas.

9 de Enero de 2012 | 4:20 pm

Nuestra compañera Catherine nos resume el que ha sido uno de los años más intensos para el equipo internacional de emergencias de Save the Children.

2011 ha sido uno de los años más intensos para el equipo de emergencias de Save the Children en todo el mundo. El más intenso en nuestros más de 90 años: 45 emergencias en 38 países diferentes.

Y en cada una de estas 45 emergencias, siempre, los primeros días resultan críticos. Es muy siempre, una línea que marca la diferencia entre la vida y la muerte. Cuanto más rápido se responda a una emergencia, más vidas se lograrán salvar.

Este año llevamos aviones a zonas de conflicto, nos enfrentamos a la amenaza nuclear en Japón, lanzamos respuestas frente a un número enorme de inundaciones, sequías y terremotos.

Y hoy, 31 de diciembre, seguimos trabajando a un ritmo constante, con precaución, pero sin descanso, en países dominados por el conflicto. A lo largo de todo este año que hoy acaba hemos logrado llegar a más de 3.3 millones de niños y niñas en situaciones de emergencia.

Hemos usado barcas destartaladas para distribuir ayuda entre las familias de Sri Lanka, donde las peores lluvias en 100 años habían forzado a las personas a abandonar sus hogares. Fuimos capaces de responder de inmediato, distribuyendo paquetes de comida y artículos esenciales entre más de 4.000 personas.

Apenas unos días después, Brasil sufría también unas fuertes lluvias que causaron enormes desprendimientos, provocando la muertes de alrededor de 500 personas y dejando sin acceso a multitud de hogares y escuelas. Dimos apoyo a más de 9.000 niños y niñas y les ayudamos a superar la situación.

Libia

Los violentos enfrentamientos en Libia expusieron a miles de niños y niñas en peligro, dejando a las familias sin gasolina, agua o electricidad.

Un grupo de emergencia entró en Libia, bajo riesgo extremo, para distribuir artículos esenciales entre las familias y ayudando a los niños y niñas aterrorizados, incapaces de huir de las escenas de violencia y muerte. Las paredes de nuestra oficina quedaron empapeladas de mapas del país, necesitábamos saber al instante el recorrido que seguían los enfrentamientos para saber por donde podíamos acceder para ofrecer ayuda.

Japón

En marzo del año pasado, un enorme terremoto golpeó la costa este de Japón, seguido de un terrible tsunami y múltiples réplica que provocaron la muerte de más de 15.000 personas.

La destrucción hizo que cientos de miles de niños, niñas y familias se quedaran ningún tipo de refugio y dejó a muchos niños y niñas separados de sus padres en medio del pánico y el caos. Desde Save the Children lanzamos una acción inmediata, con un llamamiento que nos permitió llegar a más de 5.000 personas.

Costa de Marfil

La violencia en Costa de Marfil puso en peligro a miles de niños y niñas que quedaron atrapados en sus hogares, por el temor de huir. Muchos otros escaparon con sus familias – o separados de ellas- a campos de desplazados en su país o en la vecina Liberia.

Desde el principio de la emergencia, estuvimos allí distribuyendo ayuda inmediata (alimentos, jabón, mantas y colchones). Nuestros compañeros y compañeras trabajaron sin descanso para reunir a los niños y niñas que se habían visto separados de sus familias y apoyando a todos aquellos que más ayuda precisaban.

Cuerno de África

Millones de niños y niñas se ha visto expuestos al hambre extrema tras la devastadora sequía que sufrió toda la región del Cuerno de África. Nosotros ya estábamos allí cuando se lanzaron las primeras alertas. De hecho, mucho antes de que se hicieran oficiales y junto con muchas otras organizaciones que estábamos en terreno, lanzamos alarmas importantes de la situación que ya se predecía.

Los medios de comunicación mundiales empezaron a informar de la situación en junio. El número de personas en riesgo fue creciendo vertiginosamente: de los 7 millones en el mes de junio a los 13 millones de personas afectadas en la actualidad. La del Cuerno de África representa nuestra respuesta más importante en los más de 90 años de trabajo.

Sin el dinero que contamos en nuestro Fondo de Emergencias tendríamos que haber espearado a que los medios mundiales empezaran a informar para así poder justificar nuestros llamamientos. Sin embargo, gracias a vuestro apoyo y a los muchos años de trabajo y experiencia, no tenemos que esperar. Ya estamos allí.

Últimos días en Japón

25 de Marzo de 2011 | 9:27 am

Sería fácil a estas alturas caer en  la trampa volverse inmune al sufrimiento ajeno. Sería fácil hacer una pregunta inoportuna o insensible. Y sería fácil etiquetarles de “víctimas” más que de seres humanos que han vivido una horrible y traumática experiencia.

Espero no caer en esa trampa. Pero de vez en cuando me dejo llevar por una historia humana de supervivencia que supone un aviso visceral  de que hay que tratar a los afectados por un desastre con respeto y dignidad.

Hoy he conocido en un centro de evacuación en las afueras de Ishinomaki a Seina, de nueve años, y a su madre Yuriko. Su historia me ha enjuagado las lágrimas de los ojos y mi traductor, que vive en la zona, ha acabado emocionalmente agotado.

El día del terremoto y el tsunami, Siena, un estudiante de cuarto grado de primaria, supo qué hacer porque lo había practicado hasta la saciedad en la escuela. Una vez que el suelo dejó de moverse, la orden fue reunirse fuera para el recuento. El tiempo aproximado de este proceso fue de 14.50 minutos.

En el patio del colegio estaba la hermana mayor de Seina, también alumna de la escuela. Se confortaron mutuamente y siguieron diferentes caminos. Fue la última vez que Seina vio a su hermana.

Decepcionado y ansioso, Seina estaba impaciente por encontrarse con su madre así que eligió pedalear hasta casa. Su hermana, cuyo nombre y edad desconozco porque a mi traductor le pareció incómodo preguntárselo (¿quién puede culparle?), decidió regresar en el bus escolar. Esta decisión le costó la vida a ella y a 94 de los 108 alumnos de la escuela. Repito: 94 de los 108 niños de una misma escuela murieron a causa del tsunami.

Me enteré de este devastador dato en mitad de mi entrevista con Seina y su madre Yuriko pero incluso antes ya sabía que algo había mal. Seina se enjuagó las lágrimas y mi traductor hizo una profunda reverencia. Entonces se giró, comenzó a llorar y me preguntó si podíamos hacer una pausa en la entrevista. Después de unos minutos volvimos a ello. Me sentía incómodo y plenamente consciente de la situación pero la familia y el traductor me aseguraron que podíamos hacerlo.

Seina me dijo que lo que más quiere es volver a su casa. Eso no es posible porque el tsunami se la llevó por delante. “No nos queda nada. Solo mi madre y yo, mi hermana ya no está con nosotros”.

Me he quedado sin palabras. Empiezo a tropezarme con mis propias preguntas, pero quiero aparentar que controlo la situación para no causar en Seina y su madre mayor angustia y molestias.Es la historia más triste que jamás he oído.

Ver a los niños y niñas forzados a vivir como sardinas en lata junto a otras familias sin hogar en refugios temporales como polideportivos o gimnasios, acurrucados en torno a estufas de queroseno para calentarse porque no hay electricidad, y saber que algunos de ellos han perdido a sus seres queridos, simplemente me deja sin palabras.

Niños como Seina necesitan desesperadamente ayuda. Puede que no tengamos los recursos para estar en todas las zonas afectadas por el tsunami ya que la devastación abarca 600 kilómetros de costa, pero llegaremos s a todos los niños y niñas que podamos con mantas, ropa de abrigo y con la creación de Espacios de Juego Seguros.

Esos son algunos de los aspectos materiales de los que nos podemos encargar. Pero no sé cómo ayudarles a superar la pérdida de una hija y hermana. No puedo imaginarme la inmensa pena, el profundo dolor de corazón.

Todo lo que puedo hacer como comunicador es hacer que el mundo sepa lo que está ocurriendo para que los niños y niñas de Japón consigan la ayuda necesaria para salir de ésta.

La respuesta a un desastre hoy es la respuesta a un desastre mañana

21 de Marzo de 2011 | 4:36 pm

Stephen McDonald es el compañero que coordina la respuesta de emergencia en Japón. Poco después de que se haya cumplido una semana desde el inicio del desastre, resume en este post sus sensaciones.

El sábado hizo una semana desde mi llegada a Japón. Durante estos más de siete días he visto cosas que permanecerán conmigo para siempre.

Después de un par de días en Tokio, planificando nuestra respuesta desde la oficina, me trasladé hasta Sendai con un equipo para evaluar la situación y apoyar el trabajo que nuestros compañeros y compañeras japoneses habían comenzado ya.

Las palabras para describir la devastación de lugares como Ihinomaki nunca serán suficientes y, al igual que las fotografías, sólo servirán para una parte de la historia. Para asumir una sensación real del desastre se necesita permanecer un rato en medio de las ruinas y las destrucción. Con dos minutos de silencio frente a este espectáculo parece que logras obtener una total apreciación de la falta de reglas que tiene la naturaleza y de lo frágil que puede llegar a ser nuestro sentido de orden y normalidad.

Llevo trabajando en Save the Children mucho tiempo y nunca antes había visto algo igual a lo que he presenciado en Japón. Un montón de lo que solían ser  ciudades siempre en movimiento se han quedado reducidas a escenas apocalípticas de profunda destrucción.

En un terremoto o en un ciclón existen muchas posibilidades de que la mayor parte de la gente sobreviva y de que los edificios y las infraestructuras puedan volver a reconstruirse rápidamente.  Pero cuando ocurre un tsunami la destrucción supera lo comprensible. Se lleva por delante hogares, negocios y escuelas. Y lo más aterrador de todo es el modo indiscriminado con el que acaba con vidas humanas.

Las réplicas continúan estos días provocando aún más pánico en los corazones de una población ya atemorizada. Y además de las réplicas, el otro elemento que refuerza el miedo de los niños y las niñas es sin duda la amenaza de un escape radioactivo. Si hubiésemos ignorado la situación de los niños y niñas afectados por este  desastre, habríamos dejado a un generación entera enfrentándose a una terrible situación sin precedentes.

Durante los últimos días, me han preguntado muchas veces por que la gente debería donar o apoyar nuestro trabajo en Japón, un país rico con sus propios recursos. Y mi respuesta es simple. Los niños y las niñas de todo el mundo son esencialmente lo mismo y necesitan las mismas cosas. Necesitan sentirse seguros, quieren estar con sus familias y, lo más importante de todo, necesitan ser niños y niñas.

Un desastre como este sobrecogería a cualquier país y Japón no es una excepción. El país necesitará muchos años para recuperarse del desastre y el trabajo que estamos realizando se centra y resulta vital porque permite que los niños puedan ser niños. A pesar del desastre.

Y esto es lo que hace que no sólo respondamos a las emergencia y las crisis que suceden en Libia, Kenia, Indonesia o Pakistán sino también a las que golpean Italia, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda.

Independientemente del lugar en el que se encuentren, los niños son siempre los más vulnerables frente a cualquier crisis. Demasiado a menudo, las operaciones de respuesta a una emergencia dejan de lado las necesidades específicas de los niños y niñas. En nuestro trabajo nos centramos precisamente en atender sus dificultades y en cubrir esta brecha.

Este desastre no afectará a los niños y niñas de Japón solamente hoy, en el presente, sino que permanecerá durante meses y años. Algunos niños llevarán consigo las cicatrices de esta experiencia durante décadas, cuando les toque ya vivir la vida adulta. Pero si podemos intervenir y ayudarles a sentirse seguros de nuevo, sus oportunidades para vivir una vida feliz se multiplicarán. Lo que hagamos ahora tendrá un impacto en el futuro.

El viernes, una niña de ocho años que jugaba en uno de los espacios seguros que hemos habilitado, quería hablar conmigo. Me contó que su color favorito es el amarillo y que de mayor quiere ser profesora de ingles. Su escuela es ahora un centro de evacuación y su casa ya no existe. No se puede dejar que su sueño se rompa.

Yo tengo dos hijos pequeños. Ellos no saben por que estoy lejos, ni siquiera entienden todavía a que me dedico. De hecho, mi hija solo sabe que Japón es el lugar de donde viene el sushi y que es “otra tierra”. Mi hijo me tira besos a través de la pantalla del ordenador durante mis llamadas por Skype.

Dentro de un tiempo volveré a casa y mis hijos recibirán un abrazo enorme, jugaremos en el salon o saldremos al parque con la bici.

Ahora mismo en Japón, hay 100.000 niños y niñas que no pueden disfrutar de esa suerte de cotidianeidad. Esforzarnos para que la recuperen resume, en dos palabras, mi trabajo allí.

“Hay muchos niños que están peor que yo”. Riku, 12 años.

16 de Marzo de 2011 | 6:04 pm

A pesar de llevar ropa preparada para la lluvia, capas y capas de ropa abrigada, calcetines gordos y guantes, hoy es el día más frío que he sentido en muchos años. Para llegar a los niños y las familias en esta parte de la zona devastado tuvimos que andar muchas horas por el barro, subir por las colinas sobre los restos y restos que dejó el tsunami y recorrer muchos kilómetros hasta llegar al punto más lejano de la costa este de Japón.

Antes de que me acuséis de insistir demasiado en el frío que hace, dejadme apuntar algo. Llamo la atención sobre las gélidas temperaturas aquí para resaltar que los niños y niñas sin más opciones que permanecer refugiados en las escuelas y hospitales de la zona encuentran el calor en las pequeñas lámparas de queroseno. Y la imagen de esta situación es, cuanto menos, devastadora. La imagen con la que me encontré hoy en Ishinomaki. Podéis ver las fotos de la ciudad aquí .

Aquí conocí a Asato, de 8 años, y a Karen, de 6, y también a sus padres Koichi y Rumi apiñados todos juntos en una clase del segundo piso de esta escuela primaria con apenas unas mantas y una pequeña estufa para calentarse. Por la ventana se veía caer la nieve. Hace un frió atroz, pero la temperatura a la que llega esta vieja clase por la noche…en fin, os lo podéis imaginar.

En la misma clase conocí a Riku, de 12 años, un joven elocuente y seguro que me emocionó con sus palabras de apoyo al resto de los niños afectados. Sentados en el suelo empezó a contarme lo importante que es que el resto del mundo no se olvide de ellos. Pero puso especial énfasis en decirme, y le cito textualmente: “hay muchos niños que están peor que yo. Y tenéis que ayudarles primero. Necesitan la ayuda más que yo.”

El desastre de Japón y la cobertura de los medios

14 de Marzo de 2011 | 7:44 pm

Son las 8:00 horas de esta tarde de lunes. Son ya unas cuantas horas en pie: hoy me levanté a las 4:00 de la mañana y apenas he dormido 90 minutos en las últimas 36 horas. Como no podía ser de otro modo, estoy agotado.

Mi día empezó muy pronto con un taxi hacia Tokio tratando de encontrar una zona portuaria donde los medios han establecido los satélites que permiten hacer entrevistas en directo con los trabajadores humanitarios que estamos trabajando en la emergencia del Japón.

Hace mucho frío y me han invitado a participar en un programa de la televisión australiana para hablar sobre la respuesta que estamos ofreciendo tras el terremoto y el tsunami. Una entrevista de cuatro minutos con la que iniciaba un largo día de entrevistas para televisiones y periódicos de todo el mundo.

De hecho, la demanda de entrevistas no ha cesado. Mientras escribo este post, mi compañero Stephen McDolald, que lidera el equipo aquí en Japón, está participando en una entrevista conjunta con más trabajadores humanitarios para la BBC. Lleva 90 minutos al teléfono.

La lección está clara: nunca subestimes el apetito insaciable de los medios para informar sobre historias de desastres desde cualquier ángulo concebible.

Y no cabe duda que la triple tragedia de desastre, tsunami y explosión nuclear convierte a la actual crisis en Japón una increíble historia sobre la que contar y contar.

Pero desde las organizaciones de ayuda sabemos muy bien que el interés de los medios por cubrir las crisis humanitarias tiene una vida limitada. En algunos casos, como el de Japón, que ocupa un puesto de importancia en el orden mundial, el interés puede mantenerse durante más tiempo. Sin embargo, la agenda manda y los desastres de este tipo desaparecen de los primeros puestos de la agenda casi tan bruscamente como llegan. Nuestra labor es atender a los niños y niñas afectadas, tratar de garantizar que se encuentran junto a sus familias, que recuperan la normalidad, que reconstruyen sus vidas…pero para eso, resulta imprescindible que la atención de la sociedad mundial siga también pendiente de ellos.

Emergencia en Japón: lo que más preocupa a los niños es no saber qué ha ocurrido con sus amigos

13 de Marzo de 2011 | 12:54 pm

Nuestro compañero de comunicación Ian Woolverton forma parte del equipo de emergencias de Save the Children. Desde Japón nos escribe sensaciones de lo que está viendo en la zona afectada por el terremoto, el tsunami y ahora por el accidente nuclear.

Bien, hemos llegado a la ciudad de Sendai. Hemos visitado muchos centros de evacuación uno de los cuáles solía ser una escuela primaria y ahora alberga a más de 400 familias. He hablado con algunas de ellas…familias cuyos hogares han quedado parcial o totalmente destruidos por las olas del tsunami. También me he encontrado con familias que empezaban a tratar de rescatar lo que podían de sus hogares.

Ahora mismo acabamos de llegar a un centro en el que enseguida empezaremos a establecer espacios seguros. Estamos logrando excelente cooperación y coordinación con las autoridades locales, lo que nos está facilitando hacer nuestro trabajo y llegar a los niños y niñas más vulnerables. Una madre me insistía en que lo que necesitaban ahora los niños y las niñas eras juegos para olvidarse de lo que está pasando. La misma madre que me lo decía no podia disimular en tremendo estrés y pánico que el terremoto le había ocasionado.  Es difícil disimular cuando todavía sientes el temblor en tu cuerpo.

Nos aseguraremos de que los niños y las niñas se reunen con sus familias, algo fundamental en nuestro trabajo de emergencias. Luego llega el momento de tratar de ofrecerles la sensación de normalidad. Si se logra normalizar el ambiente de un niño en estas circustancias, se podrán evitar traumas psicológicos a largo plazo. Queremos dar a los niños y las niñas un espacio seguro en el que jugar y tratar de evitar el trauma. Los niños con los que he hablando están deseando ir a la escuela para estar con sus amigos y amigas. Esa es una de las cosas que más les preocupa: no saben si les ha ocurrido algo a sus amigos.