Acababa de unirme al equipo de Save the Children cuando de pronto me topé de bruces con la palabra: resiliencia. Entonces –y después de asegurarme con la RAE de lo que estábamos hablando- no tenía idea de que acabaría entendiendo que hay pocas palabras que encierren tanta fuerza.
Resiliencia se refiere a la “capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”. De resiliencia hablamos mucho en la última de las jornadas sobre participación que organizaron mis compañeros de Barcelona. La Doctora en Psicólogía Noemi Pereda nos habló en su intervención de la victimología del desarrollo que explica que “los niños y los adolescentes son víctimas del maltrato y de la violencia en mayor medida que los adultos, por su dependencia y falta de autonomía”. Sucede que cuando todavía eres niño, ese maltrato provoca “alteraciones en tu sistema de creencia frente a la vida”. ¿En qué creer si los adultos desmoronan todo aquello en lo que creías?
Noemí nos explicó que la terapia que tiene que recibir un niño que ha sido víctima de violencia para poder rehacer su vida – y con ella, de nuevo, su sistema de creencias- debe tener en cuenta su propia cultura. Siempre.
Siguiendo con vidas rehechas, en la mesa explicaron que no sería hasta 1996, con la publicación del Informe Machel -sobre las repercusiones de los conflictos armados en los niños- cuando el mundo se plantearía la necesidad de que niños y niñas soldado recibiesen apoyo para reinsertarse. En aquel informe, Graça Machel señalaba “que la forma en que los niños víctimas de conflictos armados afrontan y reaccionan a los acontecimientos estresantes vividos puede variar significativamente de una cultura a otra y, aunque puede haber algunos síntomas “universales”, la forma en que cada cultura los expresa y les da significado es distinta”.
“La danza, el teatro, el arte son fundamentales pero está claro que el que habla, el que comparte sus sentimientos, su rabia, su miedo…tiene muchas más posibilidades de recuperase”, explicaba Chema Caballero que también estuvo allí con nosotros. Chema, sabe muy bien de lo que habla. Este misionero javeriano lleva más de media vida dedicado a la reinserción de los ex niños soldado en Sierra Leona y esa media vida en contacto con esa realidad le permite a uno hablar con conocimiento de causa y sin peros que valgan. Chema emocionó hablando de situaciones límite en las que ningún ser humano debería encontrarse nunca. Y mucho menos un niño. Pero también nos contó historias de niños y niñas, hoy ya adultos, que han logrado rehacer sus vidas y siguen hoy tratando de ser felices.
Antes de la intervención de Chema y de Noemí, Omar Sally Dia, desde Mauritania, nos habló de la situación de los niños talibés, forzados a mendigar para costearse su estancia en la madraza o escuela coránica y, muy a menudo, maltratados por los marabouts, responsables de su educación religiosa. Si la realidad de estos niños es difícil de conocer en países como Senegal, donde se estima que existen más de 100.000, todavía resulta más difícil encontrar información sobre su situación en Mauritania donde apenas existen cifras y donde se suma la complejidad característica del país. De esta realidad trataré de profundizar en los próximos días porque merece una atención especial y la intervención de Omar fue muy clarificadora. Faltó tiempo para todas las preguntas que el público tenía para él.
Participar desde el corazón
De nuevo por la tarde volvimos a la cuestión que nos ocupada, la participación. En uno de los talleres en los que estuve, el de Participación de niños, niñas y adolescentes en Promoción de la Cultura de la Paz, escuché muchas cosas inspiradoras. Empezando por la frase “cada uno tiene que participar en aquello en lo que se sienta implicado”. Lo contaba una representante de la Red Juvenil de Acción Contra Minas de Colombia, formada por jóvenes que buscan un cambio positivo que ayude a minimizar el impacto de las minas antipersonas en su país. Gran iniciativa la suya y sí, desde el corazón.
Desde el corazón se habló mucho y emocionar emocionó ver a la gente compartir sus experiencias con esa ilusión, con esas ganas. Ganas de cambiar el mundo.
Muchas gracias a todas ellas por dos días muy reconfortes y también a los voluntarios y voluntarias que estuvieron allí ayudando en todo. Aquí os dejo una foto de algunos de ellos y ellas. Con sonrisa grande



