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Ciudad Cero. Recordando a Ángel González

21 de Septiembre de 2012 | 11:07 am

Este post ha sido escrito por Natalia Quiroga, coordinadora de contenidos online.

Este año se cumplen 75 años del bombardeo de Guernika. Atroz suceso de nuestra historia que por edad no me tocó vivir pero que, por memoria histórica, tuve la suerte de estudiar desde el colegio. Y digo suerte porque solo recordando y analizando los errores que la humanidad ha cometido seremos capaces de crear un mundo mejor. El mundo que nos merecemos.

Con motivo de este aniversario, nuestra compañera Eva Silván, Delegada en Euskadi, participaba ayer en la inauguración en el Museo de la Paz de Gernika de Bizkaia de nuestra exposición “Prohibido Volar”, una recopilación de imágenes de 16 de los mejores fotoperiodistas en conflictos (entre ellos, Gervasio Sánchez, que esta semana recibía nuestro Premio Save the Children 2012).

A parte de la exposición –que recopilamos hace unos años-  existe un libro con las imágenes y con textos de muy diversos escritores, periodistas, directores de cine, etc. Y también poetas como Ángel González, quizás uno de los mejores poetas de la poesía reciente.

Comparto –hoy que hacía mucho ya que nos escribía en el blog- el poema que Ángel nos cedió para el libro y para la exposición.

Ciudad Cero

Una revolución.
Luego una guerra.
En aquellos dos años —que eran
la quinta parte de toda mi vida—,
ya había experimentado sensaciones distintas.
Imaginé más tarde
lo que es la lucha en calidad de hombre.
Pero como tal niño,
la guerra, para mí, era tan sólo:
suspensión de las clases escolares,
Isabelita en bragas en el sótano,
cementerios de coches, pisos
abandonados, hambre indefinible,
sangre descubierta
en la tierra o las losas de la calle,
un terror que duraba
lo que el frágil rumor de los cristales
después de la explosión,
y el casi incomprensible
dolor de los adultos,
sus lágrimas, su miedo,
su ira sofocada,
que, por algún resquicio,
entraban en mi alma
para desvanecerse luego, pronto,
ante uno de los muchos
prodigios cotidianos: el hallazgo
de una bala aún caliente,
el incendio
de un edificio próximo,
los restos de un saqueo
—papeles y retratos
en medio de la calle…
Todo pasó,
todo es borroso ahora, todo
menos eso que apenas percibía
en aquel tiempo
y que, años más tarde,
resurgió en mi interior, ya para siempre:
este miedo difuso,
esta ira repentina,
estas imprevisibles
y verdaderas ganas de llorar.

Las buenas noticias y los malos recuerdos. La caída de Ratko Mladic.

27 de Mayo de 2011 | 10:45 am

Hay días que te despiertas con buenas noticias que, sin embargo, tienen que ver con otras que fueron horribles. Desde Serbia recibimos la noticia de que han detenido a Ratko Mladic, acusado del genocidio de Srebrenica y el asedio de Sarajevo.

Una buena noticia –por fin se hará justicia con uno de los prófugos más perseguidos en todo el mundo- que deriva de una noticia horrible – su principal implicación en uno de los genocidios más horribles de nuestra historia reciente-.

En esta mañana de buenas noticias y malos recuerdos, pienso especialmente en Zlata, a la que tuve la suerte de conocer hace dos años cuando nos acompañó para contar su experiencia durante la guerra de los Balcanes en el acto “Yo fui un niño de la guerra”.

Zlata era una niña cuando llegó la guerra a su país, Bosnia, y una niña era cuando escribió su diario. El día a día del conflicto. “Cada niño que sobrevive a la guerra tiene dos historias: una de la guerra y otra de sus consecuencias”, nos contaba en la carta abierta que escribía justo antes de llegar a Madrid.

Conocerla y escucharla fue una gran experiencia. Por eso hoy, por encima de las buenas noticias y los malos recuerdos, he pensado en ella. Y que mejor pensamiento que aquel que se comparte.

Jugar y violencia: palabras distintas que la realidad a veces acerca

3 de Marzo de 2011 | 1:00 pm

En un momento me acerco al Diccionario de la Lengua Española y en el buscador apunto la palabra jugar. La primera definición que aparece -la número uno, la principal- es sencilla pero preciosa: hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse. Es curioso comprobar que cuando avanzas en las siguientes y llegas a la definición número 17, la interpretación es muy distinta y te topas de bruces con la siguiente: manejar un arma.

Los juegos con los que somos alegres, con los que nos entretenemos, van cambiando a lo largo del tiempo, se quedan obsoletos, desaparecen, se renuevan o incluso vuelven a ponerse de moda 30 años después de cuando surgieron. Lo que siempre trascienden en ellos es el reflejo de la sociedad que los ampara, la cultura, los modos de mirar la vida. Porque como dijo alguien una vez, no debemos olvidar que somos -y también lo que creamos – lo que son nuestras circunstancias.

Volviendo al paralelismo entre la definición número 1 y la número 17 de la misma palabra –jugar- me remito casi inconscientemente a la noticia que aparecía esta semana sobre un video en el que un grupo de niños y niñas jugaban a que cometían un atentando suicida y que ha recorrido Pakistán en las últimas semanas. No se sabe a ciencia cierta donde fue grabado pero se cree que puede ser en una zona fronteriza entre Pakistán y Afganistán, donde las acciones de las milicias talibanes han teñido la realidad del color de la violencia.  “Cuanto más fuerte sea la exposición a la violencia, más se interioriza un patrón y un modelo de relaciones humanas equivocado”, comentaba nuestra compañera Yolanda.

Después de ver el vídeo y contextualizar la noticia a un lugar en el que la palabra conflicto lleva enquistada más de 10 años, no puedes evitar sentir que este mundo puede mover a su antojo la realidad de la infancia –como la palabra jugar- del puesto número uno a casi en el último. Puede ser la etapa en la que jugar sea un fiel reflejo de la alegría o puede que las guerras, los conflictos y otros males endémicos consigan que ni los juegos ni la alegría de ser niños estén libres de la palabra violencia.