El 28 de septiembre fui una chica con suerte. Al día siguiente celebrábamos los Premios Save the Children y, de todos los invitados, a mi me tocó acompañar todo el día a Sebastiao Salgado. Para nada es esto un intento de desmerecer al resto, pero es que las fotos de Salgado están dentro de mi imaginario desde hace ya mucho tiempo.
Con él y su mujer Laila estuve durante las distintas entrevistas que le hicieron a lo largo del día. Escuchando las mismas historias, distintos detalles. Siempre me gustó escuchar a la gente hablar de su vida -supongo que más si es gente que admiras- especialmente cuando el acento va encima de los pequeños detalles. De todo lo que escuché aquel día, me quedo con aquello que me hizo emocionarme un poco y que supongo que surge de la empatía de sentirte en una situación similar pero distinta: la de tener cerca a alguien con una situación especial que te hace ver la vida con todo el sentido.
Aquí os dejo la entrevista que el periodista Antonio Lucas realizaba para el suplemento cultural de El Mundo.

Por dentro de la cabeza pelada, al fondo del striptease del cráneo, Sebastião Salgado guarda imponentes imágenes del infierno. Escenas sobrecogedoras habitadas por la crujiente hermandad del hambre. Argumentos de belleza allí donde resulta imposible encontrar nada. Escenas de gente atareada en su propia agonía…
Cosas así. Es un retratista de esa otra galaxia violenta y densísima donde cae de golpe la miseria. Pero si le oyeses hablar sabrías que todo eso también es la vida, su otro esplendor, literalmente su otro esplendor. Hace un rato que echamos las palabras por la borda de las bocas en la terraza de su habitación de hotel, al lado de un jacuzzi en erupción que le da a este ático de lujo una música de arrayán mezclada con los bocinazos del tráfico que asciende de la Castellana. Sebastião Salgado mira desde el fondo de unos ojos azules como de monje luciferino.
Se ha calzado una gorra de béisbol contra el aire minucioso de Madrid. Tiene las manos amplias, que mueve según crece la inflación del relato. Y el relato son sus experiencias, sumanera de ver todo esto. Su defensa de los parias.
Dice Ernesto Sábato que «el mundo nada puede hacer ante un hombre que canta su miseria». Y por aquí empezamos a soltar hilo.
– Es que yo no trabajo la miseria…
– Pero la refleja.
– Sí, claro… ¿Y a qué llamamos miseria?
Es un problema de interpretación. En las sociedades occidentales la gente tiene cierta calidad de vida, pero está muy sola. Eso también es miserable. Mira: hace unas semanas, en el edificio donde tengo el estudio, en París, murió una anciana y tardaron 15 días en darse cuenta. Eso es miseria. Puedes no tener zapatos y tener una dignidad absoluta. Hemos creado un rótulo excluyente con el concepto de miseria. Somos ricos porque vivimos bien; los otros son miserables porque no viven como nosotros… Es un error.
La vida detrás de un objetivo y de un viajar sin tregua
Habla un español con ráfagas de bossa nova. Abrasilerado, suave, acuático, con eses como géiseres. Es un tipo seguro de sí mismo. Un brasileño de la provincia de Minas Gerais parido en casa en 1944. Su padre era un modesto ganadero. En la adolescencia comenzó a tomar conciencia social. Se sospechaba miembro de la raza de los acusados en un país que por entonces mantenía insalvables desigualdades sociales. Estudió Económicas y se buscó un currito en la Organización Internacional del Café. Comenzó a viajar sin tregua. Entendió favorables las principales teorías marxistas. Y en la primera visita de trabajo a África, en 1971, descubrió una rara paz de hogar. Entonces se jodió el proyecto de economista e irrumpió el fotógrafo. Se curtió en los periódicos hasta que fichó por la agencia Magnum en 1979. La fortuna le hizo un traje el día en que lo situó al lado del pistolero que intentó acabar con Reagan en Washington, en 1981. Era el único reportero en el lugar. Y ese disparo le hizo millonario. Aunque el comentario no le mola.
–Me llamó The New York Times para que siguiera durante una semana a Reagan. Yo estaba en Australia. Era mi primer viaje a Washington y todo fue muy inesperado. Es cierto que las fotos me supusieron un gran beneficio económico y cierta fama, pero no quería quedarme en el tío del atentado a Reagan, así que decidí no volver a vender más esas imágenes. Están retiradas del mercado. Conservo en mi estudio la serie, que es muy interesante, pero no saldrá de ahí. Yo ya había trabajado en África, en Latinoamérica…Y aquella instantánea estaba devorando todo el trabajo anterior, el que en verdad me interesaba. Fue un riesgo grande para mi carrera.
Seguimos. En 1994 abandonó Magnum para establecerse en solitario con su propia agencia en París (Amazonas Images). Y allí gestiona ese éxito de sus instantáneas que algunos consideran pura hipocresía.
– Muchos han criticado mi trabajo por que extraigo imágenes bellas, extremadamente bonitas ante lo más horrible… Pero es que en cualquier lugar hay belleza. La dignidad es irrebatible hasta en los estados de máxima degradación. Y la dignidad es bella. Es patrimonio de todos, no sólo de los ricos occidentales. Lo esencial para nosotros también lo es para un joven de Ruanda. Pero sólo les estamos dejando los restos de lo que ya no queremos consumir. Es una atrocidad. Estamos reduciendo el espacio de los otros de un modo perverso. Yo lo he visto viviendo con ellos, implicándome en sus vidas. Era necesario para mí.
– ¿No hay en su trabajo algo de acusación?
– Yo no acuso a nadie. No busco que mis fotografías propicien mala conciencia sino que estimulen para tomar conciencia. El que se acerca a ellas no es culpable de nada, si lo pensara así lo único que provocaría es una necesidad de defensa en quien las mira… Y el propósito es intentar aportar algo para lograr un sistema más humano, de mayor respeto al individuo y a la Naturaleza.
– ¿Con sus fotos protesta?
– No está en mi propósito. Mi intención intención no es denunciar, sino mostrar. Dar información. No impongo nada, sencillamente lo dejo ver. Yo tampoco juzgo. No hay en mí ninguna militancia profética. Sólo es una forma de vida… Busco un equilibrio ético, una higiene del vivir. Vengo del sur de Brasil, de una región humilde. La pobreza también es parte de mi biografía íntima. Estudié economía como una posibilidad de actuar en favor de una vida mejor para todos. Creo en la redistribución de la riqueza. Y sé que es posible.
– ¿Seguro?
– Lula lo ha hecho en Brasil, donde en ocho años hemos pasado de un 8% de clase media a un 52%. Esa es la lucha. Su hazaña es uno de los más grandes sucesos de la historia de la izquierda en el último medio siglo. Ha humanizado el sistema. El progreso de Europa no sólo es obra de los europeos, sino de la transferencia de los derechos de muchos países del sur. Así se han creado tantas deformaciones en el mundo.
Ha pisado muchos de esos légamos: Ruanda, Tanzania, Zaire, Burundi, Sarajevo, Chiapas. Las costuras supurantes del planeta. A solas o colaborando con ONGs e instituciones como Save the Children, Médicos Sin Fronteras, ACNUR. Así nos hace ver que la luz también es un secreto de la basura, como dijo Galeano. Donde sólo es posible hallar desolación y amargura él busca dignidad y esperanza.
Trabaja en blanco y negro porque dice que en el gris están todos los colores del mundo. Pertenece a la última gran tribu del fotoperiodismo. Tiene una de las patas embarnecida con restos de metralla de una refriega angoleña. Y en este mediodía de bocinas, la gorrilla azul le otorga bonhomía de jubilata y disimula a ese tipo capaz de descompensarnos la mirada.
– Según envejezco tengo más esperanza. Y no creo que el cambio venga de ninguna revolución radical. Tengo más fe en la fuerza de la información libre, la mejora de las estructuras educativas y la cultura. Son las herramientas definitivas.
– ¿La vida le ha sido noble?
– Sin duda. Tengo una mujer que adoro y el privilegio de tener un hijo con Síndrome de Down que nos ha enseñado a ver las cosas de otro modo y entrar en un mundo de pureza que los normales desconocen. A mí lo queme asusta es una sociedad como la que tenemos, que reclama héroes constantemente. Y todo héroe encierra una injusticia.
En las ideas conserva un yodo balsámico. Una extraña bondad a pesar de haber cruzado tanto desastre. Y se quita la gorra. Y la calva espejea.