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África, sus mujeres y el Premio Nobel de la Paz

7 de Octubre de 2011 | 11:05 am

“Por su lucha no violenta por la seguridad de las mujeres y por los derechos de las mujeres para participar plenamente en las tareas de pacificación”. Tres mujeres, dos africanas y una de Oriente Medio,  se han llevado este año el reconocimiento del Premio Nobel de la Paz.

La yemení Tawakul Karman, es una política y activista a favor de los derechos humanos, líder del grupo de Mujeres Periodistas Sin Cadenas, creado en 2005. Desde Liberia Leymah Roberta Gbowee, dirigión el movimiento pacifista que logró poner fin a la segunda guerra civil en Liberia en 2003, que precisamente posibilitó la elección democrática de Johnson Sirleaf, actual presidenta de Liberia y la tercera mujer africana galardonada.

Hace unos años dediqué un tiempo a traducir el informe Donde empieza la Paz,  sobre la importancia y el papel de la educación en los procesos de paz de los países en conflicto. Johnson Sirleaf nos escribía el prefacio para el informe compartiendo la experiencia en primera persona de su país, Liberia.

Creo que hoy es un buen momento para compartir sus palabras y dar la enhorabuena a estas tres grandes mujeres.

“Sé muy bien cómo el veneno de la pobreza, la injusticia y la desigualdad pueden llevar a la guerra. Muchos han muerto –incluidos muchos niños- en los conflictos de los últimos años. Incluso cuando se firma un acuerdo de Paz, como en el caso de Liberia, los supervivientes continúan viviendo muchas veces con el horror de sus memorias y el legado de los agravios mantenidos durante tanto tiempo.

Resulta fácil sentir el desánimo en ocasiones, pensar que mi país y muchos otros que han sufrido las guerras no pueden lograr una paz duradera. Es comprensible perder la fe en la posibilidad de que exista una sociedad mejor. Es todavía mucho más difícil hacer frente a los grandes desafíos que nos esperan y tener el valor para enfrentarse a ellos.

Si algo puede lograr abrir nuestros ojos hacia un futuro mejor y más pacífico, es la educación. Yo misma he visto en Liberia cómo un buen profesor puede enseñar a un niño no sólo cómo se deletrean las palabras o cómo se suman los números, sino también enseñarle las posibilidades que puede tener en la vida. Todos nuestros niños y niñas tienen derecho a la educación, pero no a cualquier educación. Estamos ante una difícil elección: educar a los niños y niñas de manera que permanezcan los conflictos y la violencia que vemos alrededor del mundo, o dotar a nuestros niños y niñas de un ambiente seguro y positivo donde puedan aprender de la mejor manera.

La educación –la adecuación verdadera y de calidad- puede dar a los niños y niñas esperanza y oportunidades y ayudar a curarles las heridas provocadas por los traumas de la guerra. La escuela puede y debería ser un lugar para la paz. ¿Cómo lo podemos lograr y cuáles son las dificultades? Les animo a seguir leyendo. La educación de calidad resulta central para la paz y a su vez la paz debería estar en el centro de la educación. Se lo debemos a todos nuestros niños y niñas, para construir juntos una realidad.”


LaFoto: Solidaridad con mayúsculas

6 de Abril de 2011 | 9:42 am

En la foto se ve a mucha gente. Hay muchos más pero yo me refiero exactamente a 23 de las personas que hay en la foto, concretamente a la suma de 10+13.

La mitad de este número primo son de la familia de Alfred, la otra de Marie. Alfred y Marie apenas se conocían hace unos días pero la historia de sus vidas comparte un nexo de causalidades. Que no casualidades. Alfred es de Liberia y hace unos años la guerra es su país le empujó a buscar refugio en Costa de Marfil. “Allí me trataron muy bien”, nos cuenta. Marie es de Costa de Marfil y hace unos días huyó hacia Liberia con su marido y sus hijos. Entonces Alfred –que un día pudo regresar a Liberia con su familia- se encontró con Marie, recordó lo bien que se habían portado con él en el país vecino y decidió que donde caben 10, caben 23. Una historia de solidaridad, de esas que van con mayúsculas.

El resto de la historia, los detalles y los testimonios, los contábamos ayer.

Sin noticias de sus padres. Testimonios de un conflicto.

4 de Abril de 2011 | 12:42 pm

Una vez, de pequeña, me perdí. Quiero decir, de mis padres. No fue mucho tiempo (no debí de pasar más de 2 horas perdida) pero recuerdo exactamente la sensación de desesperanza que tenía. Aquello sucedió mucho antes incluso de haber entendido lo que las palabras esperanza y desesperanza significaban.

Supongo que la historia os sonará porque, al que más o al que menos, alguna vez os pasaría aquello de soltaros de la mano de vuestros padres y de repente perderles de vista. A ellos, sus manos, pero sobre todo sus voces.

Nos llega el testimonio de Landry, desde  Costa de Marfil, y con él he recuperado intacto aquel sentimiento de desesperanza. Salvando una distancia enorme e insalvable: Landry y sus hermanos pequeños perdieron de vista a sus padres en medio del caos de su huida. Huida del sonido de disparos, del verde militar de un grupo de hombres con armas a los que vio a través de la ventana de su clase. De huida de un conflicto que poco o nada tienen que ver ellos.

“Estaba en la escuela cuando escuchamos disparos. Todo el mundo se fue de la escuela y corrió para llegar a casa rápidamente. Busqué a mis padres pero estaban en la huerta. Cogí a mis dos hermanas pequeñas y a mi hermano y fui hasta allí para buscar a mis padres…. Pero todo el mundo corría de un lado a otro y nos perdimos. No pude encontrar a mis padres. Seguimos a un grupo de gente que no conocíamos. Caminamos todo el día, ninguno llevábamos zapatos, cruzamos un río en barca….Todos pasamos mucho miedo. Pasamos esa noche durmiendo en el bosque y allí había muchos niños llorando. Mis hermanos tienen todos menos de 10 años y estaban muy cansados. No comí nada durante dos días seguidos, sólo teníamos tres bananas y se las dí a mis hermanos.”

El testimonio de Landry nos llega a través de una compañera desde el campo de refugiados de Bahn, en el condado de Nimba, en Liberia. Allí está con sus dos hermanas y su hermano pequeño y con el sentimiento de desesperanza de no saber donde está la mano de sus padres. “Todavía no sé que les ha pasado a mis padres. Estoy muy preocupado”, comenta.

Familias de acogida para los niños y niñas refugiados

La historia de Fulgence se parece mucho a las de Landry. Tampoco sabe nada de sus padres desde enero, cuando salió huyendo con sus hermanos pequeños después de escuchar disparos. Como Landry, está muy preocupado por no saber donde están.

“Estábamos jugando al fútbol en el campo cuando vimos un grupo de soldados y empezamos a escuchar disparos. Cogí a mi hermano, Junio, y fui a buscar a mis padres pero no les encontré. Seguimos a un grupo de gente y caminamos durante todo el día. Llegamos a una ciudad y dormimos junto a la carretera. Al día siguiente seguimos caminando hasta que llegamos a una ciudad cerca de Liberia. Nadie nos cuidaba. No tengo miedo pero no sé donde están mis padres, no les veo desde hace tres meses y me preocupa pensar qué les puede haber pasado. Mi hermano pequeño no para de preguntar por ellos pero no le puedo decir nada. Mi hermano iba a la escuela en Costa de Marfil pero no ha vuelto desde enero. No quiero estar aquí. En casa, sé lo que tengo que hacer, pero aquí no me siento cómodo siendo un refugiado.”

Nuestros compañeros trabajando en el campo de refugiado han ubicado a Fulgence y su hermano en una familia de acogida. Christine es la mujer que pasa con ellos la mayor parte del tiempo y con ellos estará hasta que cese la violencia y puedan volver a su país, a Costa de Marfil. Entonces continuará la búsqueda de sus padres.