“Por su lucha no violenta por la seguridad de las mujeres y por los derechos de las mujeres para participar plenamente en las tareas de pacificación”. Tres mujeres, dos africanas y una de Oriente Medio, se han llevado este año el reconocimiento del Premio Nobel de la Paz.
La yemení Tawakul Karman, es una política y activista a favor de los derechos humanos, líder del grupo de Mujeres Periodistas Sin Cadenas, creado en 2005. Desde Liberia Leymah Roberta Gbowee, dirigión el movimiento pacifista que logró poner fin a la segunda guerra civil en Liberia en 2003, que precisamente posibilitó la elección democrática de Johnson Sirleaf, actual presidenta de Liberia y la tercera mujer africana galardonada.
Hace unos años dediqué un tiempo a traducir el informe Donde empieza la Paz, sobre la importancia y el papel de la educación en los procesos de paz de los países en conflicto. Johnson Sirleaf nos escribía el prefacio para el informe compartiendo la experiencia en primera persona de su país, Liberia.
Creo que hoy es un buen momento para compartir sus palabras y dar la enhorabuena a estas tres grandes mujeres.
“Sé muy bien cómo el veneno de la pobreza, la injusticia y la desigualdad pueden llevar a la guerra. Muchos han muerto –incluidos muchos niños- en los conflictos de los últimos años. Incluso cuando se firma un acuerdo de Paz, como en el caso de Liberia, los supervivientes continúan viviendo muchas veces con el horror de sus memorias y el legado de los agravios mantenidos durante tanto tiempo.
Resulta fácil sentir el desánimo en ocasiones, pensar que mi país y muchos otros que han sufrido las guerras no pueden lograr una paz duradera. Es comprensible perder la fe en la posibilidad de que exista una sociedad mejor. Es todavía mucho más difícil hacer frente a los grandes desafíos que nos esperan y tener el valor para enfrentarse a ellos.
Si algo puede lograr abrir nuestros ojos hacia un futuro mejor y más pacífico, es la educación. Yo misma he visto en Liberia cómo un buen profesor puede enseñar a un niño no sólo cómo se deletrean las palabras o cómo se suman los números, sino también enseñarle las posibilidades que puede tener en la vida. Todos nuestros niños y niñas tienen derecho a la educación, pero no a cualquier educación. Estamos ante una difícil elección: educar a los niños y niñas de manera que permanezcan los conflictos y la violencia que vemos alrededor del mundo, o dotar a nuestros niños y niñas de un ambiente seguro y positivo donde puedan aprender de la mejor manera.
La educación –la adecuación verdadera y de calidad- puede dar a los niños y niñas esperanza y oportunidades y ayudar a curarles las heridas provocadas por los traumas de la guerra. La escuela puede y debería ser un lugar para la paz. ¿Cómo lo podemos lograr y cuáles son las dificultades? Les animo a seguir leyendo. La educación de calidad resulta central para la paz y a su vez la paz debería estar en el centro de la educación. Se lo debemos a todos nuestros niños y niñas, para construir juntos una realidad.”



