En estos días convulsos llueven las historias reales. He estado leyendo lo que nos cuenta un compañero desde Egipto y no puedes evitar sentir que después del caos no siempre llega la calma. Para los niños y niñas que viven en las calles de El Cairo, la revolución les sorprendió sin ningún lugar donde refugiarse. Se estima que hay más de 50.000 niños y niñas viviendo en las calles de la capital egipcia aunque nadie puede confirmar la cifra exacta. Representan una generación perdida, apartada de servicios básicos como la educación y la salud.
Transcribo, apenas sin cortes, la historia de Abdulrahman que tiene 14 años y vive en un lugar casi impreciso a las afueras de El Cairo. Durante la conversación descansa en una unidad móvil de apoyo a los niños sin hogar, básicamente, un minibús reconvertido en refugio improvisado.
Su cara está marcada por un número impreciso de cicatrices y se intuye que sus manos llevan tiempo muy sucias. Concentrado en beber el zumo de naranja que le acaban de ofrecer en la unidad, explica la historia de cómo acabó en las calles del El Cairo.
Sus padres se mudaron a la capital cuando él era más pequeño, estableciéndose en el sur de la ciudad. Su padre solía pegarle y su madre no era capaz de defenderle. Cuando tenía 10 años, la violencia era tan fuerte y constante que Abdulrahman huyó del hogar familiar.
Cuatro años más tarde, se encuentra viviendo en las calle del distrito sur de El Cairo –tal vez no demasiado lejos de la que había sido la casa de sus padres- limpiando coches y vendiendo baratija barata en los semáforos para hacerse con algo de dinero. Lo justo para comer. Por la noche, se reúne con sus amigos, también en la calle, y se quedan despiertos -hablando, jugando o enredando- hasta las tres de la mañana. Entonces se va a dormir detrás del kiosko de un hombre al que conoce y que la ha dado permiso. Algo así como lo más cercano a un hogar que Abdulrahman ha sentido en los últimos cuatro años.
En este tiempo, la policía le ha arrestado en numerosas ocasiones –se encoje de hombros cuando le preguntan cuantas veces- e insiste en que la policía le tiene fichado sólo porque está en la calle. “Tengo mucho miedo a la policía, me detienen por pedir en la calle”, explica. “Siempre estoy temiendo que me arresten por nada”.
Durante los días que precedieron a la revolución, Abdulrahman participó en las protestas. “Era mi oportunidad para expresar lo que sentía hacia la situación general y hacia la policía”, comenta, añadiendo que todos los niños sin hogar en la zona se unieron a las protestas.
Abdulrahman vive sin ningún tipo de documentación. Su certificado de nacimiento se quedó con sus padres, que tal vez coincidiendo con su huída se separaron y viven ahora lejos de la zona. El certificado contiene su número de identidad egipcio, sin el cual no puede acceder a atención médica, educación pública u otros servicios básicos.
La realidad es que sin papeles está básicamente fuera de la sociedad egipcia. Y a pesar de ello, se ríe ante la pregunta de si volvería con su familia: “ni mi madre ni mi abuela quieren que esté con ellas”.
Abdulrahman es conocido entre los niños de la calle por lo bien que juega al fútbol. No duda un momento en demostrar su talento no sólo chutando el balón con maestría, sino invocando casi sin respirar y de carrerilla la lista de los mejores jugadores del mundo. Es curioso como se repiten una y otra vez los mismos lugares comunes del mundo futbolístico: para Abdulrahman, Messi del Barcelona es el mejor jugador del mundo y orgulloso muestra el número 10 de la camiseta que lleva puesta y que algún día tuvo un resplandeciente color naranja.
Pero las circunstancias que rodean la vida de Abdulrahman no pueden estar más lejos que las de su héroe. En los suburbios de esta zona en el sur de El Cairo, Barcelona parece una realidad que queda demasiado lejos.
