En un momento me acerco al Diccionario de la Lengua Española y en el buscador apunto la palabra jugar. La primera definición que aparece -la número uno, la principal- es sencilla pero preciosa: hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse. Es curioso comprobar que cuando avanzas en las siguientes y llegas a la definición número 17, la interpretación es muy distinta y te topas de bruces con la siguiente: manejar un arma.
Los juegos con los que somos alegres, con los que nos entretenemos, van cambiando a lo largo del tiempo, se quedan obsoletos, desaparecen, se renuevan o incluso vuelven a ponerse de moda 30 años después de cuando surgieron. Lo que siempre trascienden en ellos es el reflejo de la sociedad que los ampara, la cultura, los modos de mirar la vida. Porque como dijo alguien una vez, no debemos olvidar que somos -y también lo que creamos – lo que son nuestras circunstancias.
Volviendo al paralelismo entre la definición número 1 y la número 17 de la misma palabra –jugar- me remito casi inconscientemente a la noticia que aparecía esta semana sobre un video en el que un grupo de niños y niñas jugaban a que cometían un atentando suicida y que ha recorrido Pakistán en las últimas semanas. No se sabe a ciencia cierta donde fue grabado pero se cree que puede ser en una zona fronteriza entre Pakistán y Afganistán, donde las acciones de las milicias talibanes han teñido la realidad del color de la violencia. “Cuanto más fuerte sea la exposición a la violencia, más se interioriza un patrón y un modelo de relaciones humanas equivocado”, comentaba nuestra compañera Yolanda.
Después de ver el vídeo y contextualizar la noticia a un lugar en el que la palabra conflicto lleva enquistada más de 10 años, no puedes evitar sentir que este mundo puede mover a su antojo la realidad de la infancia –como la palabra jugar- del puesto número uno a casi en el último. Puede ser la etapa en la que jugar sea un fiel reflejo de la alegría o puede que las guerras, los conflictos y otros males endémicos consigan que ni los juegos ni la alegría de ser niños estén libres de la palabra violencia.


