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Jugar y violencia: palabras distintas que la realidad a veces acerca

3 de Marzo de 2011 | 1:00 pm

En un momento me acerco al Diccionario de la Lengua Española y en el buscador apunto la palabra jugar. La primera definición que aparece -la número uno, la principal- es sencilla pero preciosa: hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse. Es curioso comprobar que cuando avanzas en las siguientes y llegas a la definición número 17, la interpretación es muy distinta y te topas de bruces con la siguiente: manejar un arma.

Los juegos con los que somos alegres, con los que nos entretenemos, van cambiando a lo largo del tiempo, se quedan obsoletos, desaparecen, se renuevan o incluso vuelven a ponerse de moda 30 años después de cuando surgieron. Lo que siempre trascienden en ellos es el reflejo de la sociedad que los ampara, la cultura, los modos de mirar la vida. Porque como dijo alguien una vez, no debemos olvidar que somos -y también lo que creamos – lo que son nuestras circunstancias.

Volviendo al paralelismo entre la definición número 1 y la número 17 de la misma palabra –jugar- me remito casi inconscientemente a la noticia que aparecía esta semana sobre un video en el que un grupo de niños y niñas jugaban a que cometían un atentando suicida y que ha recorrido Pakistán en las últimas semanas. No se sabe a ciencia cierta donde fue grabado pero se cree que puede ser en una zona fronteriza entre Pakistán y Afganistán, donde las acciones de las milicias talibanes han teñido la realidad del color de la violencia.  “Cuanto más fuerte sea la exposición a la violencia, más se interioriza un patrón y un modelo de relaciones humanas equivocado”, comentaba nuestra compañera Yolanda.

Después de ver el vídeo y contextualizar la noticia a un lugar en el que la palabra conflicto lleva enquistada más de 10 años, no puedes evitar sentir que este mundo puede mover a su antojo la realidad de la infancia –como la palabra jugar- del puesto número uno a casi en el último. Puede ser la etapa en la que jugar sea un fiel reflejo de la alegría o puede que las guerras, los conflictos y otros males endémicos consigan que ni los juegos ni la alegría de ser niños estén libres de la palabra violencia.

Sobre empatizar o ponerse en el lugar del otro

20 de Agosto de 2010 | 2:24 pm

Siempre me gustaron las historias personales. Si por mi fuese, cambiaría el protocolo implícito al que –al menos en occidente- estamos aferrados, por otra batería de preguntas. En lugar del típico qué haces, a qué te dedicas, preguntaría un eres feliz, cuál fue la última vez que te emocionaste. A ese tipo de cambios en el protocolo me refiero.

Siempre me gustaron las historias y me interesaron mucho menos las cifras. Porque sí, soy consciente –y los medios nos lo recuerdan a diario- de la importancia de cuantificar, de hacernos una idea de la magnitud de un determinado hecho. Pero, ¿no nos olvidamos muchas veces de que la tragedia sólo lo es en cuanto que afectan a la persona, al ambiente que nos rodea? Al hablar de cifras, de dinero, de hogares destruidos, incluso del número personas afectas…puede entender que el suceso en cuestión ha sido espectacularmente grande. Lo entiendo, lo asimilo y trato de comparar. Pero empatizar – o ponerme en el lugar del otro, como diría Punset- sólo empatizo a través de la historia. Porque al escucharla, por un segundo, aunque sólo sea por un segundo, me pongo en el lugar del otro.

Nuestros compañeros de terreno nos envían periódicamente case estudies (o estudios de caso) desde cada emergencia. Hay un equipo de personas que, además de recopilar y redactar informes con todos lo datos sobre las cifras, los beneficiarios, los suministros, las distribuciones.. también recogen las historias. Una labor que exige mucho trabajo porque no puedes pretender que nadie te cuente su historia de buenas a primeras. Muchas veces significa coordinarlo muy bien con los compañeros que han estado trabajando con la comunidad; significa pasar mucho tiempo con los afectados hasta que se sientan con ánimo para hablar de su historia; significa gestionar todos los trámites para lograr autorizaciones de los niños y niñas menores de edad…Representa un trabajo largo y laborioso pero que no es nada comparado a la importancia que tiene el dar a conocer esas historias. Porque, para nosotros, para nuestros compañeros de terreno, las cifras son códigos pero lo único que nos importa son las personas. Y, por tanto, sus historias.

Por eso hoy, mientras traducía al castellano la historia de Olfata -que nuestro compañero nos enviaba esta mañana desde Pakistán- he entendido un poco más lo que está suponiendo la tragedia para las personas que viven en aquella zona del norte de Pakistán.