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Uganda gana la batalla al tétanos materno y neonatal

4 de Octubre de 2011 | 10:38 am

En el epistolario de las malas noticias, las que son buenas pero no encuentran espacio,  pasan muchas veces desapercibidas. El mes de julio pasado Uganda nos transmitía una de esas buenas noticias: el país superaba una gran batalla sanitaria al eliminar el ténanos materno y neonatal.

El tétanos es una infección potencialmente mortal, especialmente para los recién nacidos, que pueden contraerlo cuando el lugar donde llegan al mundo no está lo suficientemente limpio  o cuando se les corta el cordón umbilical con un bisturí que no ha sido previamente desinfectado. Cuando el tétanos se extiende, las tasas de mortalidad infantil aumentan inmediatamente, especialmente en países donde no cuentan con sistemas sanitarios fuertes y el acceso a un tratamiento médico avanzado es prácticamente imposible.

La protección frente al tétanos neonatal comienza mucho antes de que el propio bebe haya nacido. Las madres pueden vacunarse y recibir información sobre cuáles son las condiciones básicas en las que debe producirse el parto. En los últimos años se han producido grandes avances en la erradicación de la enfermedad: la Organización Mundial de la Salud estimaba que en 2008 (el último año para el que existen estadísticas sobre el tétano), murieron 59.000 recién nacidos a causa del tétanos, una reducción del 92% con respecto a la tasa de mortalidad neonatal que la enfermedad provocaba en los años 80. Sin embargo, la batalla continúa: todavía existen 39 países en los que la enfermedad no ha sido erradicada.

Para lograr acabar con el tétanos, el país ha intensificado sus esfuerzos en los últimos años. Entre el año 2002 y 2009, las intervenciones se focalizaron en 25 distritos de alto riesgo, donde más de 2 millones de mujeres y bebés recibieron 3 dosis de la vacuna del tétanos. En 2010 las autoridades sanitarias ugandeses informaban de que la enfermedad se había erradicado, un hecho que este año se confirmaba después de un estudio de verificación desarrollado por la OMS.

Las buenas noticias, las que encuentran espacio y las que no, no llegan solas. La iniciativa, el esfuerzo y el compromiso –de todas las partes, por supuesto- suelen tener bastante que ver con su llegada. Y en las batallas sanitarias como ésta, queda claro que las victorias, las buenas noticias, no fueron nunca cuestiones imposibles.

Porque siempre ganamos las personas

24 de Septiembre de 2011 | 9:59 am

De nuevo en Vallecas, de nuevo en la oficina. Atrás quedan los días en el terreno, sintiendo de cerca el trabajo constante y el papel profundamente determinante que ejercen los trabajadores sanitarios en países como Camboya. Países en los que la población rural vive en zonas remotas, donde acudir a consulta no queda a la vuelta de la esquina, donde las lluvias hacen el camino hacia la ayuda más largo y la falta de recursos, muchas veces, dejan a muchas personas sin apenas camino.

Como os hemos ido contando, mientras nosotros –yo y Adolfo, Adolfo y yo- estábamos allí, mis compañeros estaban en Nueva York, presionando a los gobiernos y la ONU por un mayor compromiso con los trabajadores sanitarios y, por tanto, con la supervivencia de los niños, las niñas y sus madres.

Y se han logrado avances. Allí en Nueva York, el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, presidía un evento sobre la estrategia global de salud materna e infantil, un marco de trabajo que se había lanzado un año antes desde la ONU para acelerar el progreso para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio 4 y 5, destinados a reducir la mortalidad de madres e hijos para el año 2015. No hemos llegado a cubrir todas las peticiones que nos hubieran gustado, pero en la Asamblea se alcanzaron 100 nuevos compromisos en una amplia esfera de sectores distintos que se traducen en que 44 de los 49 países con las peores tasas de mortalidad materno infantil se han sumado con fuerza a los compromisos.

Porque no se trata solamente de que los países del norte destinen dinero a la salud materno infantil de los países de sur. Sin el compromiso y la toma de decisiones de los gobiernos en los países receptores, el dinero no sirve para nada. Por eso es destacable señalar los objetivos marcados, entre muchos otros, por países como Bangladesh, Etiopía, Nepal o República Democrática del Congo.

Bangladesh se ha comprometido a doblar el porcentaje de nacimientos atendidos por un trabajador sanitario cualificado para el año 2015 así como a ofrecer formación para más de 3.000 matronas; además, va a reforzar el personal en los centros sanitarios de distrito para que cuenten con matronas 24 horas al día, incluyendo atención obstetricia de emergencia.

Etiopía incrementará de un 18% a un 60% la proporción de nacimientos atendidos por profesionales cualificados

Nepal formará y utilizará a más de 10.000 nuevas asistentas al parto y financiara servicios gratuitos de salud materna entre la población a la que es más difícil de llegar.

Por su parte, la República Democrática del Congo se compromete a reducir la mortalidad materna en un 20% para el año 2015 y ofrecerá atención obstetricia y acceso gratuito a la secciones de cesárea.

Invertir en los trabajadores sanitarios es invertir en personas

Si una matrona trabaja en un país en el que no existen sistema de referencia de pacientes, en el que nunca sabe si va a recibir su salarios, si su propia seguridad va a estar protegida…no sorprende que esa matrona abandone el sistema bien hacia otro país, bien hacia un sector privado financiado, muchas veces, por inversores extranjeros.

Y sin embargo, y a pesar de las circunstancias, muchas de las matronas que viven esta situación permanecen en sus puestos de trabajo. Por eso, por ellas y todos los trabajadores sanitarios, necesitamos ahora seguir adelante con el trabajo a nivel de país para reforzar el compromiso político manifestado y concretarlo en acción y hechos. Se necesitan más trabajadores sanitarios y mucho más apoyo para los que ya están trabajando.

Como señalaba ayer un completo post en el blog sobre desarrollo en el diario británico The Guardian, todos estos compromisos suponen una reordenación de los fondos públicos hacia la mano de obra, hacia los trabajadores, después de décadas dominadas por una ideología pro mercado y una enorme carencia de inversión en los profesionales. En el pasado más reciente, y a nivel general, “los países han tendido a equilibrar los presupuestos recortando puestos de trabajo entre los funcionarios sin tener en cuenta que una mano de obra completa y sana es una condición indispensable para el crecimiento económico”, apunta en su post el periodista Jonathan Glennie.

Desde Save the Children creemos que somos las personas las que podemos cambiar el mundo. Por eso, terminada esta semana de campaña, nos queda mucho por hacer en el apoyo a todas estas personas que cada día salvan millones de vidas, los trabajadores sanitarios.

Ser niño hoy en Camboya

18 de Septiembre de 2011 | 8:50 pm

Supongo que, como a una, a cualquiera se le hace difícil estar aquí en Camboya y no sentir una especie de escalofrío aterrador ante cualquier mención, recuerdo o referencia a la época de barbarie por la que, no hace tanto tiempo, pasó este país.

Supongo también que el escalofrío se hace mucho más intenso si te pones a investigar sobre como fue esa época para los niños y niñas que, alejados de sus padres y madres, fueron forzados a dejar de ser lo que eran: niños.  En el libro “Children of Cambodia´s killing fields”, Dith Pran,el mismo periodista en cuya historia se basa la película “Los gritos del silencio”, recoge toda una serie de testimonios de los supervivientes que dejaron de ser niños durante el holocausto camboyano, la época de opresión entre 1975 y 1979 en la que el régimen de los Jemeres Rojos, dirigidos por un sanguinario Pol Pot, provocaban un genocidio que acabaría con cerca de una tercera parte de toda la población del país. Una de las barbaridades más horribles de las que ha sido capaz el ser humano.

Y cuando digo que dejaron de ser niños y niñas no es solo por el hecho de que, como el resto de la población, se les envío a campos de trabajo con jornadas de 14 horas; porque todos fueron separados de sus padres y madres, de sus amigos; tampoco es solo porque, como dice el libro, se les forzase a borrar de su cabeza el concepto de familia y cualquier sentimiento relacionado con el amor hacia ella…dejaron de ser niños y niñas fundamentalmente porque se les negó su existencia.

Ser niño hoy en Camboya

La realidad ha cambiado mucho y hoy, más de 30 años después, los niños y niñas de Camboya son lo que les corresponder ser: niños (solo hay que ver la fuerza de sus sonrisas).  Sin embargo, y como siempre, la infancia sigue siendo el sector más vulnerable también aquí, en Camboya. Muchos niños y niñas viven hoy sin sus padres por razones como el VIH que ha dejado huérfanos a más de 140.000 niños y niñas, según cifras del año pasado.

Camboya cuenta con la tasa de mortalidad de menores de 5 años más elevada de toda la región del sudeste asiático. Además, como nos contaban nuestros compañeros al llegar a la oficina, existe un gravísimo problema de desnutrición infantil, con magnitudes que alcanzan el 45% de los niños y niñas del país. Sin duda la pobreza, que afecta a más de una tercera parte de la población y que azota especialmente a las zonas rurales, responde a la principal causa de esta terrible realidad.

La falta de protección es otro de los problemas que afectan a los niños y niñas de Camboya.  Más de 1.5 millón de niños y niñas camboyanos menores de 14 años se ven forzados a trabajar, muy a menudo en los que se consideran trabajos peligrosos para su propia salud. El índice de abusos sexuales y violaciones a menores en Camboya no sólo continúa siendo muy alto, sino que sigue aumentando y la incidencia del matrimonio infantil y la trata de niñas para la explotación sexual (dentro y fuera del país) sigue siendo una de las principales preocupaciones.

Con todo y sopesando con perspectiva la mirada al terrible pasado en el que los niños dejaron de ser niños y a un presente en el que, pudiendo serlos, los niños viven todavía amenazados por una vulnerabilidad exagerada…no puedo evitar sentir de nuevo un escalofrío. Y, por supuesto,  las ganas de trabajar, colaborar, gritar, denunciar… para que, en cualquier parte, ser niño signifique siempre lo mismo.

La suerte de encontrar una trabajadora sanitaria en mi vida

17 de Septiembre de 2011 | 5:39 am

Ahora que para ti son las 5 de la mañana en España, se me hacen las 10 aquí en Camboya. Más de 30.000 kilómetros y apenas 5 horas de diferencia. Qué largas son las distancias y qué corto se hace el tiempo.

Ahora que son las 10 y que sigo leyendo sobre la situación de los trabajadores sanitarios en el mundo y el papel que desempeñan en nuestra salud, no puedo evitar pensar en nuestra historia. La mía y la de mi padre. O mi mejor amigo, como éramos antes. Me pregunto si es verdad que, como con los maestros de la escuela, todos tenemos una historia de algún médico o médica, enfermero o enfermera, matrona o practicante (siempre me pareció muy extraño que algo tan raro como un “practicante” viniese  todos los días a casa para poner una inyección a mi abuela) que en algún momento marcó nuestra vida . No me hace falta pensar demasiado, la historia se escribe en tiempo presente y primera persona del plural.

Hace 3 años la vida nos dio una vuelta de tuerca. No se si un golpe a traición, pero el ictus que mi padre sufría aquel día de agosto, fue un gran golpe que cambió nuestras vidas. A sus 58 años era pura vida en ebullición constante, juventud en la sangre y para mí, la persona en la que se reflejaban todas mis alegrías.

Un mes en coma y sin dar respuesta. Pocas esperanzas y apenas la ligera promesa de los médicos de que, de despertarse, lo más probable sería que nunca podría volver a reconocernos. Las promesas pudieron superarse y nada más despertarse, mi padre –que siempre fue de no callarse- pronunció nuestro nombre. Hoy las cosas siguen siendo difíciles. Ya no camina, ya no tiene independencia y la vida –aunque entre sonrisas- ya nunca será la misma.

Desde el primer momento que mi padre volvió a casa, la enfermera que venía todos los días –y que ahora sigue viniendo casi todas las semanas- fue como un paraguas de plomo en medio de una tormenta profunda. Tormenta constante de lluvia muy, muy fría. La manera en que cuidaba a mi padre, el modo en que tranquilizaba a mi madre, la calma que todavía hoy nos trae, sus sonrisas, su compromiso, sus ganas. Su ayuda. Porque las cosas muchas veces no cambian pero la ayuda de alguien a quien necesitas todos los días, esa es la que puede hacer que, sin cambiar del todo, las cosas sean muy distintas.

Por eso, si alguien me pregunta qué es eso de trabajador sanitario, de ese papel que estos días estamos tratando de defender, en la respuesta entra un respeto profundo hacia su ayuda. La que me toca en mi historia y, por supuesto, la que supone para millones de niños y niñas, mujeres para ser madre, hombres que ya fueron padres, ancianos que siguen siendo abuelos. Para todos –como diría aquel refresco de cuyo nombre no quise acordarme- y por ellos hoy, que ya son más de las 10, quería acordarme.

De revoluciones, salud y pies descalzos

16 de Septiembre de 2011 | 5:16 pm

Para todo hay definiciones como para todo hay una historia. Y con la historia las revoluciones, el progreso. Sin ellas, supongo que no seríamos lo que somos ni hubiésemos sido lo que creímos ser.

Estos días tratamos de hacer ruido sobre la historia de personas imprescindibles en la vida de ti, de mi, de todos y todas nosotros. Los trabajadores sanitarios, profesionales que van desde médicos, enfermeras, trabajadores sanitarios comunitarios, matronas…y para los que su labor fundamental radica en atender y mejorar la salud de las personas. De ti, de mí, de ellas. De nosotros.

La revolución de los médicos descalzos

Por lo que supusieron de revolución hoy más que nunca me parece importante resaltar –y por qué no, hasta entronar- el papel de los trabajadores sanitarios locales, los de la propia comunidad. Personas  que hacen posible que millones de niños, mujeres, hombres, ancianos..de las zonas rurales de todo el mundo, puedan acceder a la atención sanitaria que precisan. Puedan disfrutar de un derecho tan fundamental como es su propia salud.

Los trabajadores sanitarios locales o comunitarios no surgen de manera casual. En la China de finales de los años 40 ya se habían llevado a cabo intentos de tratar de llevar a las zonas rurales la atención de la que solo disfrutaba la élite de las zonas urbanas, pero sería en el año 1965 cuando un discurso del propio dirigente Mao Zedong sobre la sanidad y la necesidad de su restructuración para poder llegar a las zonas más remotas, logró que el concepto y la profesión se institucionalizara.

Nacían entonces los denominados “médicos descalzos”, campesinos que recibían formación sanitaria básica y que atenderían a los miembros de sus comunidades en aquellas zonas rurales donde los médicos más formados nunca se establecerían. Parte del éxito que obtuvo este sistema se basaba en que los trabajadores eran escogidos por los propios miembros de la comunidad. Entre sus tareas se encontraban la promoción de una higiene básica, la atención preventiva de la salud, planificación familiar y el tratamiento de las enfermedades tan comunes y mortales como la diarrea (que hoy sigue siendo una de las principales causas de mortalidad infantil).

Este sistema representó por su importante impacto una fuerte inspiración para la Organización Mundial de la Salud, que en 1978 en Kazajistán adoptaba unánimemente la Declaración de Alma Ata en la que se reconocía su labor como todo un progreso en la ideología internacional de la salud. Por primera vez en la historia se contaba con las comunidades locales para participar en la decisión de prioridades en atención médica, exigiendo un énfasis en atención médica primaria y medicina preventiva.

El próximo martes la ONU celebra su Asamblea General y allí se revisarán también las vías para poder alcanzar los Obejtivos de Desarrollo del Milenio relativos a la salud materno-infantil. Allí estaremos, junto con un montón de organizaciones, para reclamar el papel que los trabajadores sanitarios y, en concreto, los de la propia comunidad, tienen en la supervivencia de los bebés y de sus madres.

¿Nos acompañáis?

La revolución y la realidad de los niños de la calle en El Cairo

25 de Febrero de 2011 | 3:51 pm

En estos días convulsos llueven las historias reales. He estado leyendo lo que nos cuenta un compañero desde Egipto y no puedes evitar sentir que después del caos no siempre llega la calma. Para los niños y niñas que viven en las calles de El Cairo, la revolución les sorprendió sin ningún lugar donde refugiarse. Se estima que hay más de 50.000 niños y niñas viviendo en las calles de la capital egipcia aunque nadie puede confirmar la cifra exacta. Representan una generación perdida, apartada de servicios básicos como la educación y la salud.

Transcribo, apenas sin cortes, la historia de Abdulrahman que tiene 14 años y vive en un lugar casi impreciso a las afueras de El Cairo. Durante la conversación descansa en una unidad móvil de apoyo a los niños sin hogar, básicamente, un minibús reconvertido en refugio improvisado.

Su cara está marcada por un número impreciso de cicatrices y se intuye que sus manos llevan tiempo muy sucias. Concentrado en beber el zumo de naranja que le acaban de ofrecer en la unidad, explica la historia de cómo acabó en las calles del El Cairo.

Sus padres se mudaron a la capital cuando él era más pequeño, estableciéndose en el sur de la ciudad. Su padre solía pegarle y su madre no era capaz de defenderle. Cuando tenía 10 años, la violencia era tan fuerte y constante que Abdulrahman huyó del hogar familiar.

Cuatro años más tarde, se encuentra viviendo en las calle del distrito sur de El Cairo –tal vez no demasiado lejos de la que había sido la casa de sus padres- limpiando coches y vendiendo baratija barata en los semáforos para hacerse con algo de dinero. Lo justo para comer. Por la noche, se reúne con sus amigos, también en la calle, y se quedan despiertos -hablando, jugando o enredando- hasta las tres de la mañana. Entonces se va a dormir detrás del kiosko de un hombre al que conoce y que la ha dado permiso. Algo así como lo más cercano a un hogar que Abdulrahman ha sentido en los últimos cuatro años.

En este tiempo, la policía le ha arrestado en numerosas ocasiones –se encoje de hombros cuando le preguntan cuantas veces- e insiste en que la policía le tiene fichado sólo porque está en la calle. “Tengo mucho miedo a la policía, me detienen por pedir en la calle”, explica. “Siempre estoy temiendo que me arresten por nada”.

Durante los días que precedieron a la revolución, Abdulrahman participó en las protestas. “Era mi oportunidad para expresar lo que sentía hacia la situación general y hacia la policía”, comenta, añadiendo que todos los niños sin hogar en la zona se unieron a las protestas.

Abdulrahman vive sin ningún tipo de documentación. Su certificado de nacimiento se quedó con sus  padres, que tal vez coincidiendo con su huída se separaron y viven ahora lejos de la zona. El certificado contiene su número de identidad egipcio, sin el cual no puede acceder a atención médica, educación pública u otros servicios básicos.

La realidad es que sin papeles está básicamente fuera de la sociedad egipcia. Y a pesar de ello, se ríe ante la pregunta de si volvería con su familia: “ni mi madre ni mi abuela quieren que esté con ellas”.

Abdulrahman es conocido entre los niños de la calle por lo bien que juega al fútbol. No duda un momento en demostrar su talento no sólo chutando el balón con maestría, sino invocando casi sin respirar y  de carrerilla la lista de los mejores jugadores del mundo. Es curioso como se repiten una y otra vez los mismos lugares comunes del mundo futbolístico: para Abdulrahman, Messi del Barcelona es el mejor jugador del mundo y orgulloso muestra el número 10 de la camiseta que lleva puesta y que algún día tuvo un resplandeciente color naranja.

Pero las circunstancias que rodean la vida de Abdulrahman no pueden estar más lejos que las de su héroe. En los suburbios de esta zona en el sur de El Cairo, Barcelona parece una realidad que queda demasiado lejos.

Pensando en Sierra Leona, con gafas o sin sombrero

10 de Agosto de 2010 | 1:33 pm

Desde que Sierra Leona anunciase la gratuidad de la atención sanitaria para madres,  niños y niñas menores de cinco años , he estado expectante ante todo el proceso.

Desde hace mucho tiempo he tratado de quitarme las “gafas”, el “sombrero”… y toda clase de artilugio psicológico que me envuelve de esta visión de europea, a la hora de observar la realidad africana. Es difícil. Especialmente cuando te das cuenta de que durante toda tu vida, las imágenes que te han llegado de África han estado siempre cargadas por el dramatismo, el fatalismo, el pesimismo…Y digo la mayor parte porque realmente lo han sido, lo que no quiere decir que no haya sido capaz también de apreciar todo lo contrario. Las sonrisas, la alegría, la fuerza.

Como a mí, la iniciativa de Sierra Leona ha despertado un gran interés entre mucha gente que cree en el continente  y que también lucha por huir de la imagen de África con la que nos cargan continuamente.

Estaba yo disfrutando de esta emoción cuando casualmente – y de verdad, que fue casual- me encuentro en la oficina con nuestra compañera Amie Lompri Koroma, la persona que desde Sierra Leona se ocupa de los programas de salud y que está participando muy activamente en el proceso por el que está pasando su país.

Hace unos días me escribía con ella para preguntar como va el proceso allí. Además de los informes que nos llegan desde el país, siempre he creído que el comentario personal vale más que las mil palabras escritas de un informe.

Todavía no existen datos oficiales que certifiquen el incremento en el uso de la atención sanitaria pero para finales de este mes deberíamos disponer de las cifras que apoyen evidente y masivo incremento en el uso de los servicios de salud materno infantil. Amie me comentaba que la semana pasada se reunía con el Dr SAS Kargbo, Director de los Servicios de Salud Reproductiva del Ministerio de Salud y que ha dirigido la introducción de la nueva medida. El DR Karggo, “un hombre valiente, persuasivo e inspirador”. Amie tuvo la oportunidad de preguntar al Dr Kargbo una pregunta a la que Amie ha tenido que responder muchas veces: ¿por qué centrarse en la retirada de las tasas de usuario? El doctor Kargbo ofreció un par de buenas respuestas:

“ En primer lugar, el Indice de Desarrollo Humano de la ONU , que situó a Sierra Leona en el último lugar alentó al propio gobierno a hacer algo importante para mejorar la salud materna e infantil. Aunque la provisión de servicios sanitarios era baja, la demanda de esos servicios era todavía más baja – las madres embarazadas y los padres de los pequeños, simplemente no acudían a los centros. Una encuesta gubernamental mostraba que el coste de las tasas era la principal barrera, mucho más importante que otras dificultades como el transporte o la calidad del servicio.”

“El otro punto importante es que la iniciativa no es un cambio de política aislado. El gobierno reconoció que precisaba usar esta oportunidad para mejorar el sistema sanitario para incremento de la demanda que la retirada de las tasas iba a suponer. Partes de todo un mismo proceso has sido los subgrupos – aparte de grupo de trabajo principal – que se han creado en recursos humanos (los bajísimos salarios y pagados con muy poca frecuencia obligando al personal médico a emplear el dinero de los usuarios como único ingreso),  suministro de medicamentos (se han establecido sistemas de seguimiento) y comunicación (asegurando que la población conoce sus derechos y pueda exigir responsabilidad a los que ofrecen los servicios).”

Amie se quedó especialmente feliz con una frase del Dr Dargbo: “no hay problemas, no hay retos, sólo oportunidades”.

Y yo sigo atenta, alerta y con mucho optimismo – con gafas o sin sombrero.