Supongo que, como a una, a cualquiera se le hace difícil estar aquí en Camboya y no sentir una especie de escalofrío aterrador ante cualquier mención, recuerdo o referencia a la época de barbarie por la que, no hace tanto tiempo, pasó este país.
Supongo también que el escalofrío se hace mucho más intenso si te pones a investigar sobre como fue esa época para los niños y niñas que, alejados de sus padres y madres, fueron forzados a dejar de ser lo que eran: niños. En el libro “Children of Cambodia´s killing fields”, Dith Pran,el mismo periodista en cuya historia se basa la película “Los gritos del silencio”, recoge toda una serie de testimonios de los supervivientes que dejaron de ser niños durante el holocausto camboyano, la época de opresión entre 1975 y 1979 en la que el régimen de los Jemeres Rojos, dirigidos por un sanguinario Pol Pot, provocaban un genocidio que acabaría con cerca de una tercera parte de toda la población del país. Una de las barbaridades más horribles de las que ha sido capaz el ser humano.
Y cuando digo que dejaron de ser niños y niñas no es solo por el hecho de que, como el resto de la población, se les envío a campos de trabajo con jornadas de 14 horas; porque todos fueron separados de sus padres y madres, de sus amigos; tampoco es solo porque, como dice el libro, se les forzase a borrar de su cabeza el concepto de familia y cualquier sentimiento relacionado con el amor hacia ella…dejaron de ser niños y niñas fundamentalmente porque se les negó su existencia.
Ser niño hoy en Camboya
La realidad ha cambiado mucho y hoy, más de 30 años después, los niños y niñas de Camboya son lo que les corresponder ser: niños (solo hay que ver la fuerza de sus sonrisas). Sin embargo, y como siempre, la infancia sigue siendo el sector más vulnerable también aquí, en Camboya. Muchos niños y niñas viven hoy sin sus padres por razones como el VIH que ha dejado huérfanos a más de 140.000 niños y niñas, según cifras del año pasado.
Camboya cuenta con la tasa de mortalidad de menores de 5 años más elevada de toda la región del sudeste asiático. Además, como nos contaban nuestros compañeros al llegar a la oficina, existe un gravísimo problema de desnutrición infantil, con magnitudes que alcanzan el 45% de los niños y niñas del país. Sin duda la pobreza, que afecta a más de una tercera parte de la población y que azota especialmente a las zonas rurales, responde a la principal causa de esta terrible realidad.
La falta de protección es otro de los problemas que afectan a los niños y niñas de Camboya. Más de 1.5 millón de niños y niñas camboyanos menores de 14 años se ven forzados a trabajar, muy a menudo en los que se consideran trabajos peligrosos para su propia salud. El índice de abusos sexuales y violaciones a menores en Camboya no sólo continúa siendo muy alto, sino que sigue aumentando y la incidencia del matrimonio infantil y la trata de niñas para la explotación sexual (dentro y fuera del país) sigue siendo una de las principales preocupaciones.
Con todo y sopesando con perspectiva la mirada al terrible pasado en el que los niños dejaron de ser niños y a un presente en el que, pudiendo serlos, los niños viven todavía amenazados por una vulnerabilidad exagerada…no puedo evitar sentir de nuevo un escalofrío. Y, por supuesto, las ganas de trabajar, colaborar, gritar, denunciar… para que, en cualquier parte, ser niño signifique siempre lo mismo.

